La concesión del edificio
La actuación más célebre de Bonifacio IV fue la transformación del Panteón en una iglesia cristiana. El edificio, levantado originalmente como templo romano y asociado al culto de varias divinidades, pasó a manos del papa por concesión del emperador Focas. Bonifacio lo dedicó a la Virgen María y a todos los mártires.,
La consagración tuvo lugar tradicionalmente el 13 de mayo de 609, aunque la fecha exacta presenta cierta incertidumbre cronológica. El nuevo templo recibió el título de Santa Maria ad Martyres, conocido también como Santa Maria Rotonda por la planta circular del edificio.,
Según una antigua tradición recogida por la historiografía eclesiástica, el papa hizo trasladar desde las catacumbas numerosos restos de mártires, que quedaron depositados bajo el altar mayor. La tradición habla de veintiocho carros de reliquias, aunque la cifra pertenece al relato tradicional y no permite reconstruir con precisión el proceso material de la dedicación.
Un proceso gradual de cristianización
La conversión del Panteón no debe interpretarse como un acontecimiento aislado capaz de explicar por sí solo la supervivencia del edificio ni como el comienzo absoluto de la cristianización de los templos antiguos. La transformación de espacios paganos en iglesias formó parte de un proceso gradual, distinto según las ciudades, los edificios y las circunstancias políticas.
En Roma, muchas estructuras antiguas perdieron su función cultual original antes de recibir un uso cristiano. Algunos edificios fueron abandonados, otros quedaron integrados en nuevas construcciones y unos pocos recibieron una dedicación eclesial formal. El Panteón constituye un caso particularmente significativo porque conservó buena parte de su estructura y adquirió una nueva identidad litúrgica sin desaparecer físicamente.
La dedicación a María y a los mártires expresó una lectura cristiana del espacio romano: el edificio dejó de estar vinculado a los dioses tradicionales y pasó a funcionar como lugar de memoria de la Iglesia, de celebración eucarística y de veneración de los santos. La tradición posterior relacionó esta dedicación con la expansión de la fiesta de Todos los Santos en Occidente, aunque la evolución de esa celebración fue progresiva y no dependió solo de un acto pontificio aislado.