La expresión «siglo oscuro» designa habitualmente el periodo de crisis que afectó al papado entre los siglos IX y X, especialmente desde las luchas posteriores a Formoso hasta la reforma eclesiástica del siglo XI. La fórmula posee utilidad descriptiva, pero también puede inducir a simplificaciones. No toda la vida de la Iglesia romana quedó reducida a corrupción, violencia o intriga, ni todos los pontífices de ese periodo tuvieron el mismo perfil.
El pontificado de Bonifacio VI pertenece a una fase particularmente turbulenta por varias razones:
- La fragmentación del poder carolingio.
- La rivalidad entre los príncipes italianos.
- La presión de los duques de Spoleto sobre Roma.
- La intervención de la aristocracia urbana en las elecciones pontificias.
- La utilización de procesos eclesiásticos para deslegitimar a los adversarios.
- La incertidumbre sobre la relación entre deposición disciplinaria y validez sacramental.
La historiografía debe evitar convertir la expresión «siglo oscuro» en un juicio global sobre la Iglesia de la época. Resulta más exacto hablar de una crisis de gobierno, legitimidad y memoria institucional que afectó especialmente a la sede romana.
Liutprando de Cremona como testigo
Liutprando de Cremona constituye una fuente fundamental para el conocimiento de la Italia de los siglos X y principios del XI. Escribió la Antapodosis, la Historia de Otón y la Relación de la embajada a Constantinopla. Sus obras ofrecen información valiosa sobre la política italiana y las relaciones entre el papado, el Imperio y las aristocracias locales.
Sin embargo, Liutprando no fue un cronista neutral. Mantuvo una estrecha vinculación con Otón I y defendió de manera intensa la política imperial. Sus relatos condenan con dureza a los romanos y a sus adversarios políticos, por lo que contienen exageraciones, juicios partidistas y una retórica moralizante. Además, nació a comienzos del siglo X, después del pontificado de Bonifacio VI, de modo que no constituye un testigo directo de su elección ni de su muerte.
Por ello, la información de Liutprando resulta especialmente útil para comprender el clima político y la memoria posterior del papado, pero no debe emplearse de manera aislada para reconstruir los acontecimientos de abril de 896. El historiador debe contrastar sus afirmaciones con actas sinodales, catálogos pontificios, documentos diplomáticos y otras tradiciones narrativas.