Origen de la influencia aristocrática
La familia Crescentii, o Crescencios, constituyó una de las principales fuerzas políticas de Roma durante los siglos X y comienzos del XI. Su influencia nació en el contexto de la debilidad del poder imperial y de la creciente autonomía de la aristocracia romana. Los Crescentii no actuaban solo como una familia noble más: controlaban amplios sectores de la administración urbana y podían influir decisivamente en la elección de los papas.
El linaje estaba relacionado con la familia de Teofilacto, alto dignatario de la administración pontificia, y con Teodora, figura de enorme poder en la Roma de comienzos del siglo X. Teofilacto ejerció los cargos de cónsul y senador de los romanos. Sus descendientes participaron durante décadas en la política romana y en las disputas por el control de la sede apostólica.
Crescentio el Viejo
El principal protector de Bonifacio VII fue Crescentio el Viejo, hijo de Teodora y hermano del papa Juan XIII. Crescentio apareció como dirigente de la oposición romana al control imperial y encabezó la revuelta que depuso a Benedicto VI en 974.
Su actuación combinaba intereses políticos y familiares. La aristocracia romana defendía una mayor autonomía frente al emperador, pero también buscaba convertir esa autonomía en capacidad efectiva para designar al papa y controlar el Gobierno de Roma. La elección de Bonifacio VII respondió a ese programa de resistencia al poder imperial.
La relación entre Crescentio y Bonifacio no fue meramente circunstancial. Crescentio facilitó la primera ascensión del antipapa y, después, probablemente participó en las condiciones que permitieron su restauración tras la muerte de Otón II. La cronología exacta de sus últimos años no resulta completamente uniforme en las fuentes: algunas tradiciones sitúan su muerte en 984 y otras no permiten fijar con seguridad si su actividad en favor del regreso de Bonifacio tuvo lugar antes o después de su retiro monástico.
Continuidad del poder crescentiano
La muerte de Crescentio el Viejo no acabó con la influencia de la familia. Su hijo, también llamado Crescentio, asumió posteriormente el liderazgo político de Roma tras la muerte de Bonifacio VII. La aristocracia crescentiana continuó ejerciendo poder sobre la ciudad y condicionando las relaciones entre el papado, la nobleza romana y el Imperio.
A finales del siglo X, la autoridad pontificia necesitó de nuevo la protección imperial. En 996, el emperador Otón III entró en Roma, apoyó la elección de Gregorio V y puso fin al dominio de Crescentio el Joven, que fue sitiado en el castillo de Sant’Angelo y decapitado.
La rivalidad entre los Crescentii y el poder imperial anticipó otras luchas nobiliarias que marcarían Roma durante el siglo XI. Más adelante, los condes de Tusculum disputarían a los Crescentii la supremacía política y llegarían a promover varios pontificados vinculados a su propia familia.