Naturaleza jurídica del acto
Celestino renunció al pontificado el 13 de diciembre de 1294, en Nápoles, después de aproximadamente cinco meses de gobierno. La renuncia no consistió simplemente en abandonar las obligaciones cotidianas ni en retirarse de la administración. El acto pretendía extinguir jurídicamente su condición de pontífice y permitir la elección de un sucesor.
La cuestión exigía distinguir entre la voluntad personal del papa y la potestad suprema de la Iglesia. Celestino podía manifestar libremente su intención de renunciar, pero la validez del acto requería claridad jurídica: debía quedar determinado que abandonaba realmente el oficio y que el Colegio de Cardenales podía proceder legítimamente a una nueva elección. La tradición canónica vinculada a su caso sostuvo que la renuncia papal podía realizarse de manera válida y libre.
Según el relato tradicional, antes de renunciar Celestino promulgó una disposición que declaraba lícita la renuncia del pontífice. Después presentó formalmente su dimisión ante los cardenales, quienes la aceptaron. La libertad del acto resultaba esencial: una renuncia obtenida por coacción no tendría la misma naturaleza que una decisión personal adoptada con conocimiento y voluntad.,
La renuncia no implicaba que los cardenales hubieran conferido la potestad pontificia a Celestino ni que pudieran disponer de ella como una autoridad superior. Los cardenales habían elegido al pontífice, pero la cuestión decisiva consistía en que el propio titular abandonase libremente el oficio. Solo después de esa renuncia podía iniciarse legítimamente el procedimiento para elegir otro papa.
Motivos de la renuncia
Celestino alegó su edad, su falta de conocimientos, su incapacidad para soportar la carga del gobierno, su insuficiente preparación y su deseo de volver a la vida solitaria. La declaración de renuncia presentó el pontificado como una responsabilidad que excedía sus fuerzas y su experiencia.,
La tradición hagiográfica interpreta su decisión como un acto de humildad y desprendimiento. Desde esta perspectiva, Celestino renunció para no aferrarse a un honor que consideraba superior a sus capacidades y para regresar a la vida de penitencia que había abandonado por obediencia.
El análisis histórico concede peso a esa motivación, pero añade otros factores. La desorganización del gobierno, la presión de las facciones políticas, la influencia del ambiente napolitano y la incapacidad del papa para desenvolverse en la Curia contribuyeron probablemente a su decisión. La explicación histórica no obliga a negar la sinceridad espiritual de Celestino; permite comprender que una decisión religiosa también podía responder a una crisis institucional concreta.
El papel del cardenal Gaetani
Benedetto Gaetani, cardenal jurista, desempeñó un papel relevante en las discusiones jurídicas relacionadas con la renuncia y fue elegido sucesor con el nombre de Bonifacio VIII. La tradición polémica sostuvo durante siglos que Gaetani había manipulado o presionado al anciano ermitaño para obtener el pontificado.
La historiografía crítica ha matizado esta interpretación. Bonifacio VIII tenía un claro interés en defender la validez de la renuncia, pues su propia legitimidad dependía de que Celestino hubiera abandonado libremente el oficio. Sin embargo, las noticias conservadas también apuntan a que la idea de renunciar nació en la mente del propio Celestino y que Gaetani actuó, como máximo, aconsejándole que estableciera previamente la legitimidad jurídica del acto.,
La hagiografía tradicional presenta a Celestino como un santo sencillo víctima de maniobras políticas. El análisis histórico crítico evita tanto convertir a Bonifacio en único responsable como idealizar la situación. Celestino poseía motivos propios para dimitir, pero la atmósfera política y la actuación de los cardenales influyeron en el desarrollo de los acontecimientos. Ninguna de las dos perspectivas permite reducir el episodio a una explicación puramente espiritual o puramente conspirativa.