El ascenso de Clemente II al papado tuvo lugar en un momento de profunda crisis para la Iglesia en Roma2. En el otoño de 1046, la situación era deplorable, con tres pretendientes rivales al papado ocupando las basílicas de San Pedro, Letrán y Santa María la Mayor2. Estos eran Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI2.
Los Papas Rivales
Benedicto IX y Silvestre III representaban facciones de la nobleza romana, cuya rivalidad había sumido a la Sede Apostólica en el caos2.
Gregorio VI había adquirido el papado de Benedicto IX mediante un acuerdo en el que Benedicto renunciaría a la tiara a cambio de dinero2,3. Aunque esta medida buscaba liberar a la Iglesia del yugo de la Casa de Tusculum y del escándalo de la vida disoluta de Benedicto, la transacción tenía la apariencia de simonía, lo que generaba dudas sobre la validez del título de Gregorio2,4. El propio Gregorio, considerado «simple» e «iletrado», admitió el tráfico ilícito en su elección, aunque afirmó que sus intenciones eran buenas5,6.
Intervención del Emperador Enrique III
Ante esta situación, el rey Enrique III de Alemania cruzó los Alpes con un ejército en 1046, con el doble propósito de recibir la corona imperial y restaurar el orden en la península italiana2. Enrique III, un férreo opositor de la simonía, se reunió con Gregorio VI en Piacenza2. Se decidió convocar un sínodo en Sutri, cerca de Roma, para abordar la cuestión papal2,3,7.

