Un evento de gran importancia durante el pontificado de Clemente VIII fue la Unión de Brest en 1595. Esta unión reunió a una parte significativa del clero y el pueblo ruteno con Roma.
Antecedentes y negociaciones
La Iglesia rutena del siglo XVI, que abarcaba lo que hoy son Ucrania y Bielorrusia, estaba debilitada por una jerarquía y un clero de bajo perfil, la falta de escuelas y la discriminación por parte de las autoridades de la Mancomunidad Polaco-Lituana, mayoritariamente católicas romanas. La crisis se manifestó en ataques protestantes y en la Contrarreforma, que afectaron el ethos religioso oriental. Figuras como el jesuita polaco Peter Skarga y el príncipe ruteno Konstantyn Ostroz’kyj promovieron la idea de una unión con Roma como antídoto a la fragmentación del mundo cristiano y a los problemas de la Iglesia rutena.
Tras una serie de sínodos importantes a finales del siglo XVI, durante los cuales se redactaron gradualmente 33 «Artículos de Unión», la jerarquía decidió romper con la tutela de Constantinopla y buscar la unión con Roma, a pesar de la oposición de Ostroz’kyj y las cofradías. Largas y difíciles negociaciones fueron necesarias para llevar a cabo esta determinación. Una nueva declaración de este tipo fue emitida en nombre de todos los obispos el 22 de junio de 1595.
La llegada a Roma y la proclamación de la Unión
Hacia finales de septiembre de 1595, se había avanzado lo suficiente como para que Cyril Terletski, obispo de Lutsk, e Hypatius Pociei, obispo de Vladimir, pudieran viajar a Roma como representantes de los demás obispos. Llevaron consigo un documento que establecía las condiciones bajo las cuales todos los obispos rutenos estaban dispuestos a abrazar la unidad de la Iglesia.
El Papa Clemente VIII los recibió con gran benevolencia y confió el documento a un comité de cardenales para su cuidadoso examen y aprobación. Las discusiones comenzaron de inmediato y finalmente alcanzaron el resultado deseado. La llegada de los obispos rutenos llenó de alegría a Clemente VIII y a la Curia romana. Los delegados fueron recibidos con grandes honores; el papa y los cardenales discutieron las condiciones de reunión propuestas por el episcopado ruteno y concedieron generosamente que se mantuviera la integridad del rito ruteno. También se acordó que el Filioque no se insertaría en el Credo de Nicea, aunque el clero ruteno profesaba y enseñaba la procesión del Espíritu Santo del Hijo. Los obispos pidieron ser dispensados de la obligación de introducir el Calendario Gregoriano para evitar el descontento popular y las disensiones, e insistieron en que el rey les concediera, por derecho, la dignidad de senadores. Clemente VIII accedió a todas estas solicitudes.
El 23 de diciembre de 1595, los emisarios fueron admitidos en presencia del sumo pontífice; leyeron la declaración de todos los obispos ante la ilustre asamblea y luego, en su propio nombre y en el de los demás obispos, hicieron una solemne profesión de fe y prometieron la debida obediencia y respeto. Ese mismo día, en la Sala de Constantino del Vaticano, se proclamó solemnemente y públicamente la unión de los rutenos con la Iglesia romana. El canónigo Wollowicz de Vilna leyó en ruteno y latín la carta del episcopado ruteno al papa, fechada el 12 de junio de 1595. El cardenal Silvio Antoniani agradeció al episcopado ruteno en nombre del papa y expresó su alegría por el feliz acontecimiento. Luego, Pociej, en su propio nombre y en el del episcopado ruteno, leyó en latín la fórmula de abjuración del Cisma Griego, y Terlecki la leyó en ruteno, tras lo cual firmaron. Clemente VIII les dirigió una alocución, expresando su alegría y prometiendo a los rutenos su apoyo.
Se acuñó una medalla para conmemorar el evento, con la inscripción: «Ruthenis receptis». El mismo día se publicó la bula «Magnus Dominus et laudabilis», anunciando al mundo católico el regreso de los rutenos a la unidad de la Iglesia romana. La bula relata los acontecimientos que llevaron a la unión, la llegada de Pociej y Terlecki a Roma, su abjuración y la concesión a los rutenos de que conservaran su propio rito, a excepción de aquellas costumbres que se opusieran a la pureza de la doctrina católica y fueran incompatibles con la comunión de la Iglesia romana. El 7 de febrero de 1596, Clemente VIII dirigió al episcopado ruteno el Breve «Benedictus sit Pastor ille bonus», ordenando la convocatoria de un sínodo en el que los obispos rutenos debían recitar la profesión de la fe católica. También se enviaron varias cartas al rey polaco, príncipes y magnates, exhortándolos a recibir a los rutenos bajo su protección. Otra bula, «Decet romanum pontificem», fechada el 23 de febrero de 1596, definió los derechos del episcopado ruteno y sus relaciones de sujeción a la Santa Sede.
El Sínodo de Brest y sus consecuencias
A principios de febrero de 1596, Terlecki y Pociej regresaron a su país, llegando a Lutsk en marzo y celebrando un solemne Te Deum por el éxito de su misión. Sin embargo, los enemigos de la unión, con su fanatismo religioso exacerbado, redoblaron su actividad. En la Dieta de Varsovia, que se inauguró en mayo de 1596, los diputados rutenos, liderados por el Príncipe de Ostrog, protestaron contra los obispos que habían firmado el decreto de unión y declararon que no lo aceptarían. Las comunidades ortodoxas de Vilna y Lemberg agitaron al pueblo contra los obispos unionistas.
En el Sínodo de Brest, celebrado del 6 al 10/16 al 20 de octubre de 1596, seis de los ocho jerarcas, incluido el Metropolitano Mykhailo Rahoza, ratificaron la unión. Sin embargo, Ostroz’kyj, Nikephorus (cuyos poderes estaban en duda al ser exarca del ya fallecido Jeremías) y los dos obispos restantes convocaron un contra-sínodo que rechazó el acuerdo. Las subsiguientes excomuniones recíprocas dividieron a la Iglesia rutena en ramas ortodoxas y uniatas. Los herederos directos de la Unión de Brest son los católicos griegos ucranianos (el término «uniata» ha adquirido una connotación negativa), que constituyen la Iglesia oriental más grande en comunión católica, y una pequeña comunidad de católicos bielorrusos.
El Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica para el Cuarto Centenario de la Unión de Brest (1995), destacó que esta unión «abrió una nueva página en la historia de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana» y que debe ser vista a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II,. Las Iglesias Católicas Orientales tienen un papel especial en la promoción de la unidad de todos los cristianos, especialmente los orientales, a través de la oración, el ejemplo de vida, la fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, un mayor conocimiento mutuo, la colaboración y una consideración fraterna.