Poppo, nativo de Baviera, fue obispo de Brixen, en el Tirol, antes de su ascenso al papado1. Su nombramiento como pontífice se produjo en un contexto de gran inestabilidad en Roma. Tras la muerte del Papa Clemente II en julio de 1047, la facción tusculana, con el apoyo del margrave Bonifacio de Toscana, logró reinstaurar a Benedicto IX en la Sede de Pedro. Benedicto IX había sido depuesto previamente en el Sínodo de Sutri en 1046, junto con otros dos reclamantes al papado, para dar paso a Clemente II2,3.
En la Navidad de 1047, una delegación del pueblo romano informó al emperador Enrique III en Pölthe, Sajonia, sobre la muerte de Clemente II. Los enviados solicitaron al emperador, en su calidad de Patricio de los Romanos, que designara un sucesor digno. Sugirieron a Halinard, arzobispo de Lyon, debido a su dominio del italiano y su popularidad en Roma. Sin embargo, en enero de 1048, Enrique III optó por nombrar a Poppo, obispo de Brixen, y ordenó al margrave Bonifacio que lo escoltara a Roma1.
Bonifacio inicialmente se negó, alegando la presencia de Benedicto IX, pero la firme amenaza de Enrique III lo obligó a obedecer. Tras la expulsión de Benedicto IX, Poppo finalmente entró en la ciudad y fue entronizado en Letrán como Dámaso II el 17 de julio de 10481.

