Restauraciones y obras en Roma
La tradición atribuida al Liber Pontificalis relaciona a Donus con varias obras de restauración y embellecimiento de edificios eclesiásticos romanos. Entre ellas figura la pavimentación con grandes bloques de mármol blanco del atrio situado delante de la basílica de San Pedro.
También restauró la iglesia de Santa Eufemia, situada en la vía Apia, y reparó la basílica de San Pablo Extramuros. Una interpretación transmitida por el historiador Louis Duchesne identifica esta última obra con una pequeña iglesia situada en el camino hacia San Pablo, vinculada por la tradición al lugar donde los apóstoles Pedro y Pablo se habrían separado antes de dirigirse a su martirio.
Estas actuaciones no deben entenderse solo como proyectos ornamentales. En la Roma del siglo VII, los edificios de culto constituían espacios litúrgicos, centros de asistencia y lugares de memoria apostólica. Su conservación exigía administrar terrenos, rentas, objetos litúrgicos y recursos destinados a reparaciones.
Administración de los bienes de la Iglesia
La administración patrimonial formaba parte de las responsabilidades pastorales de los obispos y de los responsables eclesiásticos. La correspondencia de Gregorio Magno muestra que los bienes de la Iglesia podían emplearse para atender necesidades graves, incluida la liberación de personas cautivas. El papa autorizó en un caso la venta de plata e incluso de vasos sagrados cuando la urgencia de rescatar cautivos lo exigía.
Esta práctica revela una concepción de los bienes eclesiásticos como recursos destinados al culto y a la misión, pero también al auxilio de los necesitados. La administración debía evitar tanto la venta irreflexiva de objetos sagrados como la conservación de propiedades a costa de abandonar a personas en una situación extrema.
Dentro de este marco, las restauraciones promovidas por Donus reflejan la gestión de un patrimonio eclesial complejo. La pavimentación del atrio de San Pedro y la reparación de basílicas requerían organizar recursos materiales, trabajadores y responsables locales. Al mismo tiempo, la Iglesia debía mantener sus actividades litúrgicas, sus comunidades monásticas y su atención a los pobres.