El pontificado de San Esteban I comenzó el 12 de mayo de 254 y concluyó el 2 de agosto de 2571,2. Era de origen romano, hijo de Jovius2. Antes de ascender al papado, se desempeñó como archidiácono, y se cree que San Lucio I, previendo su propio martirio, le confió el cuidado de la Iglesia2. Su liderazgo se produjo en un momento de intensos debates teológicos y amenazas externas para la Iglesia1.
El Debate sobre el Bautismo Herético
Uno de los aspectos más significativos del pontificado de Esteban I fue su postura inquebrantable sobre la validez del bautismo administrado por herejes1,2. En un período en que muchos, incluyendo a San Cipriano de Cartago y obispos de África y Asia, abogaban por el rebautismo de aquellos que regresaban a la Iglesia desde sectas heréticas, Esteban I mantuvo la posición romana1,2. Sostenía que si el bautismo se realizaba con la fórmula trinitaria correcta, era válido y no requería ser repetido, independientemente de quién lo administrara1. Esta postura fue fundamental para la defensa de la unidad de la Iglesia y la autoridad de la Sede Romana1.
El historiador de la Iglesia, el arzobispo Benson de Canterbury, señaló que en esta controversia, Esteban «triunfó, y en él triunfó la Iglesia de Roma, como merecía»2.
Controversias con Obispos
Además del debate sobre el bautismo, Esteban I estuvo involucrado en otras controversias eclesiásticas:
Marciano de Arlés: Faustino, obispo de Lyon, instó a Esteban a tomar medidas contra Marciano, obispo de Arlés, quien, siguiendo las doctrinas de Novato, negaba la comunión a los lapsi penitentes (aquellos que habían apostatado durante la persecución y deseaban regresar a la Iglesia)2,3. Aunque Esteban inicialmente no actuó, se cree que finalmente depuso a Marciano tras una carta de San Cipriano2.
Basílides y Marcial: Los obispos españoles Basílides y Marcial, que habían negado la fe y fueron condenados por sus provincias, apelaron a Roma. Esteban I, engañado por su relato, intentó su restauración. Sin embargo, un sínodo de obispos africanos convocado por San Cipriano reafirmó la condena de Basílides y Marcial, explicando que Esteban había actuado así porque, «situado a distancia e ignorante de los verdaderos hechos del caso», había sido engañado2.

