El problema sacramental
El principal acontecimiento del pontificado de Esteban fue la disputa sobre el bautismo administrado por herejes y cismáticos. La cuestión afectaba a los cristianos que abandonaban una comunidad separada y solicitaban su incorporación a la Iglesia católica.
La discusión no consistía solo en decidir una norma disciplinar. En el fondo, planteaba preguntas sobre la naturaleza de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo fuera de la comunión católica, la autoridad del ministro y la eficacia objetiva de los sacramentos. También obligaba a precisar si un sacramento dependía de la pertenencia eclesial y de la dignidad del ministro o, por el contrario, de la acción de Cristo y de la forma sacramental empleada.
En algunas Iglesias de África y de Asia Menor había arraigado la práctica de bautizar de nuevo a quienes procedían de grupos considerados heréticos. La tradición africana relacionaba esta práctica con sínodos celebrados a comienzos del siglo III, mientras que en Asia Menor la vinculaba al sínodo de Iconio.
La postura de Esteban I
Esteban sostuvo que el bautismo conferido fuera de la Iglesia podía ser válido cuando utilizaba correctamente la fórmula trinitaria y cumplía las condiciones esenciales del sacramento. Por ello rechazó el rebautismo de quienes habían recibido un bautismo válido antes de entrar en la plena comunión católica.
El papa defendía que la Iglesia debía conservar la tradición recibida y que no correspondía repetir un sacramento ya conferido. Para los convertidos procedentes de grupos heréticos, prescribía la imposición de manos como signo de penitencia y reconciliación, no como repetición del bautismo.
La lógica de su posición atribuía la eficacia del bautismo a Cristo y a la majestad de su nombre, no a la santidad personal del ministro. Aunque la formulación teológica posterior -según la cual Cristo es el verdadero autor de los sacramentos- todavía no había alcanzado su desarrollo clásico, la postura de Esteban apuntaba en esa dirección.
La postura de san Cipriano
San Cipriano defendía la necesidad de bautizar a quienes procedían de comunidades heréticas o cismáticas. Su argumento partía de una comprensión estrecha de la unidad de la Iglesia: fuera de la Iglesia no existiría el Espíritu Santo en plenitud ni, por tanto, el bautismo auténticamente eclesial.
En el concilio celebrado en Cartago, Cipriano afirmó que los herejes que entraban en la Iglesia debían recibir el bautismo y la santificación propios de la Iglesia. Sin embargo, también pidió que cada obispo expusiera libremente su parecer y rechazó cualquier imposición tiránica sobre los demás obispos.
Cipriano no negaba la importancia de la unidad, pero entendía que la unidad visible de la Iglesia exigía la comunión con la Iglesia católica y que un ministro separado de ella no podía conferir válidamente el bautismo. Su razonamiento vinculaba estrechamente la validez sacramental con la pertenencia eclesial y con la acción del Espíritu Santo dentro de la Iglesia.
La ruptura de la concordia
La disputa alcanzó un tono extraordinariamente duro. Cipriano criticó con severidad la decisión de Esteban y acusó su postura de ignorancia y obstinación. Firmiliano de Cesarea, obispo de Capadocia, apoyó a Cipriano y respondió también con gran violencia verbal contra el obispo de Roma.
Esteban, por su parte, exigió obediencia a su decisión y rompió temporalmente las relaciones con los representantes enviados por el concilio africano. Las delegaciones africanas no recibieron audiencia ni hospitalidad en Roma.
La controversia no terminó mediante una definición conciliar universal durante la vida de Esteban. Tras su muerte, la tensión disminuyó durante el pontificado de Sixto II, que mantuvo relaciones con Cipriano y favoreció una actitud más pacífica.