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Papa Esteban I

Esteban I fue obispo de Roma entre los años 254 y 257, durante una etapa marcada por las persecuciones del Imperio romano y por una intensa controversia sobre el bautismo administrado fuera de la comunión católica. Su pontificado defendió la validez del bautismo conferido con la fórmula trinitaria y contribuyó a consolidar la autoridad doctrinal de la Sede Romana, aunque su relación con otros obispos estuvo marcada por fuertes tensiones.

Pope Stephen I
Ver información de la imagenEsta ilustración proviene de The Lives and Times of the Popes de Chevalier Artaud de Montor, Nueva York: The Catholic Publication Society of America, 1911. Fue publicada originalmente en 1842, c. 2013. https://archive.org/details/livesofpopes01artauoft, Artaud de Montor (1772-1849), Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Esteban I
CategoríaPersona
DescripciónValidez del bautismo con fórmula trinitaria aun fuera de la comunión
Fecha de Muerte257-08-02
Lugar de MuerteCatacumbas, cementerio de San Calixto, Vía Apia, Roma
NacionalidadRomano
Contexto HistóricoPersecuciones del Imperio romano bajo Valeriano; controversia con Cipriano de Cartago sobre el bautismo de herejes
Enseñanzas
  • Validez del bautismo con fórmula trinitaria aun fuera de la comunión
  • rechazo al rebautismo
Fecha de Celebración2 de agosto
Fin del Pontificado2 de agosto de 257
ImportanciaConsolidó la autoridad doctrinal de la Sede Romana y sentó bases para la doctrina del bautismo válido
Inicio del Pontificado254
Lugar de SepulturaCementerio de San Calixto, Vía Apia, Roma
TipoPapa

Tabla de contenido

Vida y elección

Origen romano

Las fuentes antiguas presentan a Esteban como un cristiano de origen romano. El Liber Pontificalis lo identifica como hijo de Julio, mientras que otras tradiciones lo relacionan con la comunidad clerical de Roma y con el pontificado de Lucio I.1,2

Esteban pertenecía probablemente al clero romano antes de acceder al episcopado. La tradición recogida por el Liber Pontificalis afirma que Lucio I, antes de su muerte, confió a Esteban el cuidado de la Iglesia de Roma.1

Pontificado

Esteban fue elegido obispo de Roma en el año 254, después de Lucio I. Las fuentes antiguas ofrecen fechas ligeramente diferentes para su elección y para el inicio exacto de su episcopado; la cronología más extendida sitúa su pontificado entre 254 y el 2 de agosto de 257.1,2

Su gobierno coincidió con una época de consolidación institucional de las comunidades cristianas. Roma mantenía relaciones regulares con numerosas Iglesias locales, aunque la administración eclesiástica todavía no presentaba la estructura centralizada de épocas posteriores. La unidad se articulaba principalmente mediante la comunión episcopal, el intercambio de cartas, la recepción mutua de ministros y la coincidencia en la fe y en la disciplina.

La Iglesia del siglo III y la comunión eclesial

Iglesias locales y unidad de la Iglesia

Durante el siglo III, cada Iglesia local poseía un obispo con autoridad ordinaria sobre su comunidad. Los obispos reunían sínodos regionales, examinaban casos disciplinares y mantenían correspondencia con otras sedes. La Iglesia universal no funcionaba todavía como una administración uniformemente centralizada, pero las comunidades locales entendían que formaban un único cuerpo.

La comunión tenía una dimensión concreta: implicaba reconocer la legitimidad de un obispo, mantener relaciones sacramentales con su Iglesia y aceptar la profesión común de la fe. Una ruptura de la comunión no constituía solo una disputa administrativa, sino una herida en la unidad visible de la Iglesia.

San Cipriano de Cartago expresó esta convicción al relacionar la unidad eclesial con la figura de Pedro y con la existencia de una sola Iglesia, un solo bautismo y una sola fe. Al mismo tiempo, defendió la igualdad fundamental de los obispos y rechazó que uno de ellos pudiera presentarse como «obispo de los obispos».3

La posición de Roma

La controversia entre Esteban y Cipriano muestra una situación compleja. Roma poseía una autoridad singular por su tradición apostólica y por su vinculación con Pedro y Pablo, pero las Iglesias locales conservaban un amplio margen para deliberar y aplicar la disciplina. El conflicto no puede describirse sin más como un enfrentamiento entre una Iglesia plenamente centralizada y unas Iglesias subordinadas, porque esa estructura administrativa todavía no existía en su forma posterior.

Esteban exigía el respeto de una tradición que consideraba romana y apostólica. Cipriano, por su parte, defendía la responsabilidad propia de cada obispo y la autoridad de los concilios regionales. La controversia puso de manifiesto que la primacía romana y la colegialidad episcopal ya formaban parte de la vida de la Iglesia, aunque su relación práctica todavía no estuviera definida mediante formulaciones jurídicas posteriores.

La controversia sobre el bautismo de los herejes

El problema sacramental

El principal acontecimiento del pontificado de Esteban fue la disputa sobre el bautismo administrado por herejes y cismáticos. La cuestión afectaba a los cristianos que abandonaban una comunidad separada y solicitaban su incorporación a la Iglesia católica.

La discusión no consistía solo en decidir una norma disciplinar. En el fondo, planteaba preguntas sobre la naturaleza de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo fuera de la comunión católica, la autoridad del ministro y la eficacia objetiva de los sacramentos. También obligaba a precisar si un sacramento dependía de la pertenencia eclesial y de la dignidad del ministro o, por el contrario, de la acción de Cristo y de la forma sacramental empleada.

En algunas Iglesias de África y de Asia Menor había arraigado la práctica de bautizar de nuevo a quienes procedían de grupos considerados heréticos. La tradición africana relacionaba esta práctica con sínodos celebrados a comienzos del siglo III, mientras que en Asia Menor la vinculaba al sínodo de Iconio.4

La postura de Esteban I

Esteban sostuvo que el bautismo conferido fuera de la Iglesia podía ser válido cuando utilizaba correctamente la fórmula trinitaria y cumplía las condiciones esenciales del sacramento. Por ello rechazó el rebautismo de quienes habían recibido un bautismo válido antes de entrar en la plena comunión católica.

El papa defendía que la Iglesia debía conservar la tradición recibida y que no correspondía repetir un sacramento ya conferido. Para los convertidos procedentes de grupos heréticos, prescribía la imposición de manos como signo de penitencia y reconciliación, no como repetición del bautismo.4

La lógica de su posición atribuía la eficacia del bautismo a Cristo y a la majestad de su nombre, no a la santidad personal del ministro. Aunque la formulación teológica posterior -según la cual Cristo es el verdadero autor de los sacramentos- todavía no había alcanzado su desarrollo clásico, la postura de Esteban apuntaba en esa dirección.5

La postura de san Cipriano

San Cipriano defendía la necesidad de bautizar a quienes procedían de comunidades heréticas o cismáticas. Su argumento partía de una comprensión estrecha de la unidad de la Iglesia: fuera de la Iglesia no existiría el Espíritu Santo en plenitud ni, por tanto, el bautismo auténticamente eclesial.

En el concilio celebrado en Cartago, Cipriano afirmó que los herejes que entraban en la Iglesia debían recibir el bautismo y la santificación propios de la Iglesia. Sin embargo, también pidió que cada obispo expusiera libremente su parecer y rechazó cualquier imposición tiránica sobre los demás obispos.6

Cipriano no negaba la importancia de la unidad, pero entendía que la unidad visible de la Iglesia exigía la comunión con la Iglesia católica y que un ministro separado de ella no podía conferir válidamente el bautismo. Su razonamiento vinculaba estrechamente la validez sacramental con la pertenencia eclesial y con la acción del Espíritu Santo dentro de la Iglesia.7

La ruptura de la concordia

La disputa alcanzó un tono extraordinariamente duro. Cipriano criticó con severidad la decisión de Esteban y acusó su postura de ignorancia y obstinación. Firmiliano de Cesarea, obispo de Capadocia, apoyó a Cipriano y respondió también con gran violencia verbal contra el obispo de Roma.5

Esteban, por su parte, exigió obediencia a su decisión y rompió temporalmente las relaciones con los representantes enviados por el concilio africano. Las delegaciones africanas no recibieron audiencia ni hospitalidad en Roma.5

La controversia no terminó mediante una definición conciliar universal durante la vida de Esteban. Tras su muerte, la tensión disminuyó durante el pontificado de Sixto II, que mantuvo relaciones con Cipriano y favoreció una actitud más pacífica.5

Otros asuntos del pontificado

Marciano de Arlés

Esteban intervino también en el caso de Marciano, obispo de Arlés. Marciano estaba relacionado con posiciones próximas al movimiento de Novaciano y negaba la comunión a los lapsi, es decir, a los cristianos que habían renunciado públicamente a la fe durante la persecución y que después buscaban la reconciliación.

Faustino, obispo de Lyon, pidió a Esteban que actuara contra Marciano. Los obispos galos solicitaron posteriormente la ayuda de Cipriano, quien escribió al papa para que condenara a Marciano y promoviera la elección de otro obispo. La tradición histórica posterior considera probable que Esteban acabara actuando conforme a esa petición, aunque la documentación conservada no describe el desenlace con detalle.1

Basilides y Marcial en Hispania

El pontificado de Esteban estuvo relacionado también con el caso de los obispos hispanos Basilides y Marcial. Ambos habían sido considerados libeláticos, porque durante la persecución habían obtenido certificados que simulaban su sacrificio a los dioses o su renuncia al cristianismo.

Los obispos de su provincia los habían condenado, pero Basilides y Marcial apelaron a Roma. Esteban intentó favorecer su restauración, aparentemente porque recibió una información incompleta o engañosa sobre el caso. Los obispos africanos revisaron después la situación y mantuvieron la condena, explicando que el papa había actuado desde la distancia y sin conocer todos los hechos.1

Este episodio refleja tanto la autoridad de Roma para recibir apelaciones como las dificultades prácticas que surgían cuando una sede lejana debía juzgar un conflicto local con información limitada. También muestra que la intervención romana no eliminaba automáticamente el papel de los obispos de la provincia.

Esteban I y la autoridad de la Sede Romana

Tradición apostólica

Esteban defendió su postura bautismal apelando a la tradición antigua. Su argumento no consistía solo en presentar una opinión personal, sino en afirmar que Roma conservaba una práctica recibida desde los orígenes de la Iglesia. La posición romana contra el rebautismo fue considerada posteriormente una defensa de la tradición apostólica frente a una innovación disciplinar africana.4

El conflicto también reforzó la conciencia de que la Iglesia de Roma ocupaba una posición singular en la comunión católica. Esteban invocó la autoridad vinculada a los apóstoles Pedro y Pablo como fundamento de la precedencia romana.

Primacía y límites históricos

La actuación de Esteban no equivale todavía al ejercicio de la autoridad papal tal como aparecerá en la legislación y en la teología medievales. El siglo III carecía de una estructura jurídica centralizada capaz de imponer de manera uniforme las decisiones romanas en todas las regiones.

Roma, sin embargo, no era una Iglesia local más. Sus decisiones poseían un peso especial, sus cartas podían influir en Iglesias lejanas y su tradición era invocada en controversias que afectaban a toda la Iglesia. La reacción de Cipriano muestra precisamente la importancia de Roma: aunque rechazó la imposición de Esteban, consideró necesario responder a su decisión y movilizar a otras Iglesias.

La controversia revela así una tensión fecunda entre dos principios: la responsabilidad propia de cada obispo en su Iglesia y la función de la Sede Romana como centro de referencia para la comunión universal.

El martirio de Esteban I

Tradición hagiográfica

El Liber Pontificalis afirma que Esteban murió decapitado mientras estaba sentado en su sede, en las catacumbas, durante la persecución de Valeriano, el 2 de agosto de 257. También atribuye a su pontificado determinadas ordenaciones del clero romano y sitúa su sepultura en el cementerio de Calixto, junto a la vía Apia.2

La tradición litúrgica y hagiográfica veneró a Esteban como mártir. La narración de su muerte contribuyó a presentar su pontificado como un testimonio heroico de la fe y de la defensa de la tradición romana.

Testimonio histórico contemporáneo

El testimonio contemporáneo ofrece un cuadro más prudente. Las cartas conservadas de san Cipriano documentan ampliamente la controversia bautismal, la dureza del conflicto y la muerte de Esteban, pero no proporcionan una narración detallada de su ejecución ni confirman directamente el relato del Liber Pontificalis.5

La tradición romana más antigua parece haber conservado inicialmente el recuerdo de Esteban como alguien que murió en paz. La persecución de Valeriano comenzó en el mismo periodo, y una passio difundida posteriormente favoreció su veneración como mártir. Por esta razón, la identificación de Esteban como mártir cuenta con una tradición litúrgica firme, aunque los historiadores han considerado difícil demostrar con certeza los detalles concretos de su muerte violenta.8

Conviene distinguir, por tanto, entre la memoria hagiográfica, que transmite el culto y el ejemplo espiritual del santo, y el testimonio histórico contemporáneo, que conserva principalmente la correspondencia de Cipriano y otros obispos. El Liber Pontificalis resulta valioso para conocer la tradición romana posterior, pero no posee el mismo valor que una carta contemporánea para reconstruir las circunstancias exactas del martirio.

Sepultura y culto

La tradición sitúa la sepultura de Esteban en el cementerio de San Calixto, en la vía Apia. Más tarde, el papa Pablo I trasladó sus restos a un monasterio dedicado a su memoria.1

La Iglesia católica lo reconoce como san Esteban I y celebra su memoria litúrgica el 2 de agosto. Su culto quedó unido a la defensa de la unidad de la Iglesia, a la conservación de la tradición apostólica y al testimonio de los pastores de Roma durante las persecuciones.

Importancia doctrinal e histórica

La validez del bautismo

La posición defendida por Esteban terminó imponiéndose en la Iglesia católica: cuando existe la intención adecuada y se utiliza la forma bautismal válida, el bautismo no debe repetirse porque el ministro pertenezca a una comunidad separada. La recepción del convertido requiere, según el caso, profesión de fe, penitencia y reconciliación, pero no un segundo bautismo.4

Este principio protege dos verdades fundamentales: la unicidad del bautismo cristiano y la primacía de Cristo en la acción sacramental. El sacramento no depende simplemente de la santidad personal del ministro, aunque la comunión eclesial y la legítima celebración sigan teniendo una importancia esencial.

La unidad visible de la Iglesia

La controversia también mostró que la unidad no podía reducirse a una uniformidad administrativa. Cipriano insistía en la comunión de los obispos y en la igualdad de su responsabilidad pastoral; Esteban defendía la tradición romana y la autoridad de su sede.

La solución posterior de la Iglesia integró ambos aspectos: la Iglesia es una en la fe, en los sacramentos y en la comunión jerárquica, pero esa unidad no elimina la responsabilidad propia de los obispos ni la legítima diversidad de las Iglesias locales.

Valoración histórica

El pontificado de Esteban I fue breve, pero tuvo consecuencias duraderas. Su defensa del bautismo conferido fuera de la Iglesia católica contribuyó a una comprensión más precisa de la eficacia sacramental y preparó el desarrollo doctrinal posterior.

Su gobierno también ofrece un testimonio temprano sobre la relación entre la Sede Romana y las Iglesias locales. Roma ejercía una autoridad especial, aunque todavía dentro de una estructura basada principalmente en la comunión, la correspondencia y los sínodos regionales. La disputa con Cipriano no fue un simple conflicto personal: enfrentó dos modos de comprender la Iglesia, la autoridad episcopal y la acción del Espíritu Santo en los sacramentos.

La memoria de Esteban permanece vinculada a tres rasgos principales: la defensa de la tradición, la afirmación de la unidad eclesial y la controversia sobre la validez del bautismo de los herejes. Su figura pertenece a una etapa decisiva de la historia de la Iglesia, cuando las comunidades cristianas empezaban a formular con mayor precisión la relación entre la comunión universal, la autoridad de Roma y la responsabilidad de cada obispo.

Citas y referencias

  1. Papa San Esteban I. Catholic Encyclopedia, Papa San Esteban I (1913). 2 3 4 5 6
  2. S. Cornelio, Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomo I, 41 (1857). 2 3
  3. Sobre la unidad de la Iglesia, San Cipriano de Cartago. Los tratados de San Cipriano - Tratado I, 4 (251).
  4. Bautismo. Catholic Encyclopedia, Bautismo (1913). 2 3 4
  5. San Cipriano de Cartago. Catholic Encyclopedia, San Cipriano de Cartago (1913). 2 3 4 5
  6. El séptimo concilio de Cartago bajo Cipriano. - Sobre el bautismo de los herejes. El juicio de ochenta y siete obispos sobre el bautismo de los herejes, San Cipriano de Cartago. Sobre el Bautismo de los herejes, 1 (256).
  7. Gianfranco Ghirlanda. El origen y el ejercicio del poder de gobierno de los obispos. Una cuestión de 2000 años, 2017, Número 4, pp. 537-631, 44 (2017).
  8. San Esteban I, papa (257 d.C.), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Volumen III, 253 (1990).
Modificado el 4 de septiembre de 2026 • FideScore™ 8.85 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/6tzznn056

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