Víctor II murió en 1057. El 2 de agosto de aquel año, Federico fue elegido papa y tomó el nombre de Esteban. La consagración tuvo lugar al día siguiente en la basílica de San Pedro. Algunos cómputos sitúan el inicio efectivo del pontificado el 2 de agosto y otros el 3 de agosto, según distingan entre la elección y la consagración.
La elección de Esteban X posee especial importancia dentro del proceso de emancipación de la Iglesia romana respecto de la tutela imperial. En el siglo XI, el emperador y otros soberanos cristianos intervenían con frecuencia en la designación de obispos, abades e incluso papas. Esta práctica respondía a la concepción política del orden imperial y feudal, pero comprometía la libertad espiritual de la Iglesia y favorecía la simonía.
La elección de Esteban X tuvo lugar sin una referencia directa a la emperatriz Inés, regente del Imperio durante la minoría de Enrique IV. Esteban envió a Hildebrando -el futuro Gregorio VII- para que obtuviera de la regente la aceptación de la elección. El hecho revela una tensión característica de la época: la Iglesia todavía necesitaba mantener relaciones diplomáticas con el Imperio, pero comenzaba a afirmar que la elección del papa no dependía jurídicamente de la voluntad imperial.
Autoridad imperial y libertad de la Iglesia
Durante la primera mitad del siglo XI, la intervención de los emperadores había contribuido a estabilizar el papado después de décadas de conflictos romanos. Enrique III promovió varios pontificados reformadores, entre ellos los de Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II. Sin embargo, la ayuda imperial llevaba consigo una concepción de autoridad que situaba los cargos eclesiásticos dentro del sistema político del Imperio.
La reforma del siglo XI no rechazaba la autoridad civil en cuanto tal. La Iglesia reconocía la legítima competencia de los gobernantes en el ámbito temporal. El conflicto surgía cuando el poder civil pretendía controlar la elección de ministros sagrados, administrar bienes eclesiásticos como si fueran propiedad privada o convertir los cargos pastorales en instrumentos de gobierno.
La experiencia de Esteban X muestra una etapa de transición. El nuevo papa no rompió con el Imperio, pero defendió con mayor claridad la autonomía de la Iglesia romana. Esta evolución desembocaría más tarde en la llamada Querella de las Investiduras, durante el pontificado de Gregorio VII y el reinado de Enrique IV.
La reforma posterior restableció progresivamente las elecciones canónicas de obispos y abades, reservando a los capítulos catedralicios y a las comunidades monásticas una función decisiva. El objetivo consistía en poner fin al nombramiento sistemático de cargos eclesiásticos por parte de autoridades seculares.