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Papa Eugenio I

Eugenio I fue el 75.o papa de la Iglesia católica y ejerció el pontificado entre el 10 de agosto de 654 y el 2 de junio de 657. Su breve gobierno tuvo lugar durante una de las etapas más delicadas del siglo VII, marcada por la controversia monotelita, la presión política del Imperio bizantino y el conflicto entre la autoridad imperial y la libertad doctrinal de la Sede Apostólica. La Iglesia lo venera como santo.

Domenico di Bartolo, madonna della misericordia, 1444, 06(cropped)
Ver información de la imagenFresco retrato del Papa Eugenio IV en Santa Maria della Scala, c. 2017. File:Domenico_di_Bartolo,_madonna_della_misericordia,_1444,_06.jpg, Sailko, CC BY 3.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Eugenio I
CategoríaPersona
Lugar de NacimientoRoma
Fecha de Muerte657-06-02
Lugar de MuerteRoma
Fecha de Celebración2 de junio
Fin del Pontificado2 de junio de 657
Importancia HistóricaDefendió la doctrina de las dos voluntades de Cristo frente al monotelismo y a la presión imperial bizantina.
Inicio del Pontificado10 de agosto de 654
Lugar de SepulturaBasílica de San Pedro
TipoPapa

Tabla de contenido

Biografía

Origen y formación

Eugenio nació en Roma y pertenecía a la primera región eclesiástica de la ciudad. Su padre se llamaba Rufiniano. Desde joven formó parte del clero romano y adquirió fama por su mansedumbre, santidad y generosidad. Antes de su elección papal desempeñó diversos servicios eclesiásticos, aunque las noticias conservadas sobre su vida anterior resultan escasas.1

La tradición romana presentó a Eugenio como un pastor de carácter pacífico, pero también firme en la defensa de la fe. Su pontificado coincidió con una crisis en la que la moderación pastoral no podía confundirse con la aceptación de fórmulas teológicas ambiguas.

Elección pontificia

El papa Martín I había sido detenido por orden del emperador Constancio II en 653, trasladado a Constantinopla y condenado al exilio en Quersoneso, en Crimea. Durante la ausencia forzosa de Martín, la administración de la Iglesia romana quedó inicialmente en manos del arcipreste, el archidiácono y el primicerio de los notarios, conforme a una práctica habitual en los periodos de vacancia o ausencia del pontífice.1

Eugenio fue elegido papa el 10 de agosto de 654, aproximadamente un año después de la detención de Martín. Las circunstancias de la elección estuvieron condicionadas por la autoridad imperial. El poder bizantino podía esperar que el nuevo pontífice aceptara la política religiosa de Constantinopla; sin embargo, Eugenio no actuó como un instrumento del emperador. Martín I terminó aceptando su elección, aunque inicialmente aquella sucesión había planteado una situación canónica y política extraordinaria.1

La relación entre ambos pontífices no debe interpretarse como una simple rivalidad personal. Martín se encontraba deportado y sometido a una autoridad imperial que había intentado controlar la sucesión romana. Eugenio asumió la responsabilidad de gobernar la Iglesia en Roma mientras su predecesor permanecía cautivo.

El contexto político y eclesial del siglo VII

La tensión entre el Imperio y la Sede Apostólica

Durante el siglo VII, el papa de Roma vivía dentro de la esfera política del Imperio bizantino, pero la comunión con el emperador no significaba subordinación absoluta en materia doctrinal. El emperador ejercía una influencia considerable sobre las elecciones pontificias, la administración territorial y las relaciones con los patriarcados orientales. Al mismo tiempo, la Sede Apostólica defendía su responsabilidad propia en la custodia de la fe.

La controversia cristológica convirtió esa tensión en un conflicto abierto. Constancio II intentó preservar la unidad política del Imperio, amenazado por las conquistas musulmanas y por las divisiones religiosas, mediante una fórmula de compromiso y, posteriormente, mediante la prohibición de discutir el problema. El resultado consistió en una creciente intervención imperial en una cuestión que afectaba al núcleo de la doctrina sobre Cristo.2

La política imperial pretendía lograr una unidad religiosa capaz de sostener la unidad civil. Sin embargo, la unidad externa no podía obtenerse al precio de silenciar una cuestión dogmática fundamental. La experiencia de Eugenio I muestra que la cooperación entre la Iglesia y el poder político tenía límites: el emperador podía proteger o presionar a la Iglesia, pero no definir por decreto la doctrina cristológica.

La influencia del Typus imperial

En 648, Constancio II promulgó el Typus, un edicto imperial que prohibía hablar públicamente de una o de dos voluntades y de una o de dos operaciones en Cristo. El documento pretendía poner fin a las disputas mediante el silencio. En la práctica, impedía que la Iglesia examinara abiertamente una cuestión esencial para la fe.3

El Typus no constituía una definición teológica, sino una medida política y disciplinaria. Su finalidad inmediata consistía en contener el conflicto entre grupos religiosos y conservar la cohesión del Imperio. La medida reflejaba una concepción propia del gobierno bizantino: el emperador intentaba regular no sólo la vida civil, sino también la expresión pública de la doctrina cristiana.

Martín I había rechazado esa pretensión en el sínodo de Letrán de 649, que condenó la doctrina de una sola voluntad en Cristo y criticó el intento imperial de resolver una cuestión teológica mediante una disposición política.2 Eugenio heredó las consecuencias de aquel enfrentamiento y tuvo que actuar dentro del marco creado por el Typus.

La controversia monotelita

Naturaleza de la herejía

El monotelismo-del griego monos, «uno», y thelēma, «voluntad»- afirmaba que Cristo poseía una sola voluntad. La fórmula surgió en un contexto de búsqueda de reconciliación con comunidades monofisitas, que insistían en la unidad de Cristo y rechazaban cualquier formulación que pareciera dividirlo. Antes del monotelismo, algunos defensores de esta estrategia habían hablado también de una sola energía u operación en Cristo, doctrina conocida como monoenergismo.3

La controversia no trataba de saber si Cristo era una sola persona: la fe católica confiesa que Jesucristo es una única Persona divina. El problema consistía en determinar si esa Persona poseía íntegramente las dos naturalezas, divina y humana, con las facultades y operaciones propias de cada una.

Dos voluntades en la única Persona de Cristo

La doctrina católica enseña que Cristo posee:

  • Una voluntad divina, común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
  • Una voluntad humana, propia de su naturaleza humana verdadera y perfecta.

Estas dos voluntades no producen conflicto en Cristo. La voluntad humana de Jesús actúa siempre en plena conformidad con la voluntad divina, pero no desaparece ni queda absorbida. El Evangelio expresa esta relación en la oración de Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». La afirmación distingue la voluntad humana de Cristo de la voluntad del Padre, aunque manifiesta al mismo tiempo su perfecta obediencia.4

La definición dogmática posterior del III Concilio de Constantinopla enseñó que en Cristo existen «dos voluntades naturales y dos operaciones naturales», sin oposición entre ellas. La voluntad humana sigue libremente a la voluntad divina y queda ordenada a ella, no anulada por ella.5

Esta distinción resulta esencial. La voluntad humana no equivale al pecado, al desorden moral ni a la resistencia contra Dios. Cristo asumió una humanidad completa, pero sin pecado. Por tanto, poseyó una voluntad humana real, santa y perfectamente obediente. Negar esa voluntad habría significado negar la integridad de su humanidad y, en consecuencia, oscurecer la realidad de la encarnación.

La respuesta católica

El monotelismo intentaba proteger la unidad personal de Cristo, pero lo hacía sacrificando un elemento esencial de su humanidad. La doctrina católica mantiene simultáneamente dos verdades:

  1. Cristo es una sola Persona divina.
  2. Cristo posee dos naturalezas completas, divina y humana.

De esas dos naturalezas proceden dos voluntades y dos operaciones naturales. La unidad de la Persona no elimina la distinción de las naturalezas, del mismo modo que la distinción de las naturalezas no divide a Cristo en dos personas.5

El pontificado de Eugenio I

Primeras relaciones con Constantinopla

Una de las primeras decisiones de Eugenio consistió en enviar legados a Constantinopla para comunicar al emperador su elección y presentar una profesión de fe. La iniciativa buscaba mantener la comunicación institucional con el poder imperial sin abandonar la responsabilidad doctrinal del papa.1

El patriarca Pedro de Constantinopla entregó a los legados una carta sinodal redactada con un lenguaje deliberadamente ambiguo. El documento evitaba afirmar de forma clara si Cristo tenía una o dos voluntades y una o dos operaciones. La ambigüedad permitía conservar la paz externa y, al mismo tiempo, evitar una condena explícita de la política imperial.1

El rechazo romano de la carta patriarcal

Cuando la carta llegó a Roma, Eugenio permitió que su contenido fuera leído ante el clero y el pueblo en la basílica de Santa María la Mayor. Los romanos rechazaron con indignación la fórmula ambigua y exigieron al papa que no la aceptara. La protesta refleja la sensibilidad doctrinal de la comunidad romana, que consideraba insuficiente una declaración incapaz de confesar con claridad la fe sobre la humanidad de Cristo.1

Eugenio confirmó que no aceptaría el documento patriarcal en esas condiciones. La reacción romana tuvo consecuencias políticas. Los funcionarios bizantinos amenazaron con castigar al papa y a quienes habían rechazado la política imperial, del mismo modo que habían perseguido a Martín I.1

El episodio muestra la posición de Eugenio: mantuvo la comunicación con Constantinopla, pero no confundió el diálogo con la renuncia a la verdad doctrinal. Su pontificado siguió una línea de resistencia prudente, aunque inequívoca, frente a la presión del emperador.

La protección de la Iglesia romana

Eugenio gobernó una Iglesia todavía afectada por la persecución de Martín I y por la incertidumbre política. Su tarea no consistió únicamente en responder a las autoridades orientales. También tuvo que conservar la unidad de la comunidad romana, sostener la disciplina eclesiástica y continuar la vida ordinaria de la Iglesia.

Durante su pontificado consagró veintiún obispos destinados a diversas regiones. Este dato muestra que, a pesar de la brevedad de su gobierno y de la presión política, la actividad pastoral y administrativa de la Sede Apostólica continuó con normalidad.1

La amenaza imperial y la situación militar

La hostilidad de los círculos imperiales no llegó a transformarse en una nueva detención de Eugenio. La situación militar del Imperio contribuyó a limitar la capacidad de Constancio II para intervenir en Roma. Los musulmanes conquistaron Rodas en 654 y derrotaron a la flota imperial en la batalla de Fénix en 655. La presión militar redujo temporalmente la posibilidad de una represalia directa contra el papa.1

Este hecho no convierte la resistencia de Eugenio en una victoria política completa. La amenaza imperial permaneció vigente y la Iglesia romana continuó viviendo bajo una autoridad civil capaz de imponer el exilio, la detención y la violencia. El pontífice defendió la libertad doctrinal de Roma dentro de un espacio político estrecho.

Eugenio I y Martín I

La sucesión de Eugenio estuvo inseparablemente relacionada con el destino de Martín I. Martín había condenado la doctrina monotelita en el sínodo de Letrán y había rechazado la pretensión imperial de silenciar el debate. Por esa razón, fue arrestado, juzgado bajo acusaciones políticas y enviado al exilio.6

Martín murió en Quersoneso el 16 de septiembre de 655, víctima de la enfermedad, el hambre y las privaciones del exilio. Para entonces Eugenio ya había ocupado la sede romana desde hacía más de un año. Martín desconocía inicialmente que el clero romano había elegido a su sucesor.6

La aceptación posterior de Eugenio por parte de Martín evitó una ruptura formal entre ambos. La tradición eclesial interpretó esa actitud como una muestra de realismo pastoral: mientras el pontífice legítimo sufría cautiverio, la Iglesia necesitaba un obispo de Roma que ejerciera efectivamente el gobierno apostólico.

Relación con san Wilfrido

Durante el pontificado de Eugenio, el joven Wilfrido visitó Roma, probablemente hacia 654. Su propósito consistía en conocer los ritos eclesiásticos y monásticos practicados en la ciudad apostólica. El archidiácono Bonifacio lo presentó al papa, quien puso la mano sobre la cabeza del joven, oró por él y lo bendijo.1

Este encuentro ilustra la importancia de Roma como centro de referencia para las Iglesias de Occidente. Incluso en un periodo de crisis política y doctrinal, la Sede Apostólica conservaba una autoridad espiritual capaz de atraer a clérigos y monjes de lugares lejanos.

Muerte, sepultura y culto

Eugenio I murió en Roma el 2 de junio de 657, después de un pontificado de casi tres años. Recibió sepultura en la basílica de San Pedro. La Iglesia católica lo venera como santo y celebra su memoria litúrgica el 2 de junio.1

La tradición hagiográfica lo recuerda por su bondad personal, su atención pastoral y su firmeza ante la presión imperial. Su santidad no procede de una larga producción literaria ni de grandes reformas administrativas, sino de la fidelidad con que ejerció el ministerio petrino en una coyuntura marcada por la ambigüedad doctrinal y la coerción política.

Significado histórico y teológico

Defensa de la libertad doctrinal de la Iglesia

El pontificado de Eugenio I pertenece a una etapa en la que la autoridad imperial intentó imponer fórmulas de silencio para resolver controversias religiosas. El Typus pretendía impedir tanto la defensa de una voluntad como la defensa de dos voluntades en Cristo. Eugenio, al rechazar la carta ambigua del patriarca Pedro, sostuvo que la paz eclesial no podía descansar en una fórmula que ocultara la verdad cristológica.3

Su actuación expresa una convicción fundamental de la tradición católica: la autoridad civil no puede sustituir al magisterio de la Iglesia en la definición de la fe. El emperador podía favorecer la concordia y proteger el orden público, pero no tenía competencia para decidir qué formulación cristológica debía aceptar la Iglesia.

Integridad de la humanidad de Cristo

La controversia monotelita no constituía una discusión terminológica secundaria. La afirmación de dos voluntades en Cristo protegía la realidad de la encarnación. Si Cristo no poseyera una voluntad humana, su humanidad no sería completa y su obediencia, su oración y su sufrimiento redentor perderían su auténtico carácter humano.

La doctrina definida posteriormente en Constantinopla III confirmó la línea defendida por Roma: la voluntad humana de Cristo permanece distinta de la divina, pero actúa siempre en perfecta armonía con ella.5

Un pontificado entre la resistencia y la prudencia

Eugenio I no adoptó una política de ruptura inmediata con Constantinopla. Envió legados, comunicó su elección al emperador y mantuvo abiertos los canales institucionales. Sin embargo, rechazó el compromiso cuando la ambigüedad podía interpretarse como aceptación de la doctrina monotelita.

Su gobierno combinó prudencia diplomática y firmeza doctrinal. Esa combinación permitió a la Iglesia romana preservar la comunión y, al mismo tiempo, evitar una capitulación ante el programa religioso del emperador.

Valoración

Eugenio I fue un papa de pontificado breve, pero su importancia histórica supera la duración de su gobierno. Recibió una Iglesia herida por el cautiverio de Martín I y sometida a una intensa presión del Imperio bizantino. En ese contexto, mantuvo la defensa de la doctrina católica sobre las dos voluntades de Cristo y rechazó una solución basada en el silencio o la ambigüedad.

La posterior condena solemne del monotelismo por el III Concilio de Constantinopla confirmó la verdad que Eugenio había protegido en Roma: Jesucristo, una única Persona divina, posee plenamente la naturaleza divina y la naturaleza humana, con una voluntad divina y una voluntad humana perfectamente concordes. El papa Eugenio I permanece así como testimonio de la fidelidad de la Sede Apostólica frente a la presión política y de la inseparabilidad entre la verdad sobre Cristo y la libertad de la Iglesia para proclamarla.

Citas y referencias

  1. Papa San Eugenio I. Catholic Encyclopedia, Papa San Eugenio I (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. Constantinopla III, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Constantinopla III (2015). 2
  3. Monotelismo, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Monotelismo (2015). 2 3
  4. La encarnación. Catholic Encyclopedia, La Encarnación (1913).
  5. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 23 de marzo de 1988, 3 (1988). 2 3
  6. Martín I, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Martín I (2015). 2
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