La elección de Eugenio II tuvo lugar el 6 de junio de 824, tras la muerte del Papa Pascual I1. Este período estuvo marcado por una intensa lucha de poder entre la nobleza romana y el papado. Pascual I había intentado frenar el creciente poder de los nobles, quienes, en respuesta, buscaron el apoyo del Imperio Franco1. A la muerte de Pascual I, la nobleza romana se esforzó por asegurar la elección de un candidato afín a sus intereses, logrando la consagración de Eugenio, quien era arcipreste de Santa Sabina en el Aventino1. Esta elección fue un triunfo para los francos, y el emperador Luis el Piadoso envió a su hijo Lotario a Roma para consolidar la influencia franca1.
Una de las consecuencias de esta influencia fue la promulgación de la Constitutio Romana en 824, un acuerdo entre el Papa y el Emperador1. Esta constitución, compuesta por nueve artículos, buscaba fortalecer las pretensiones imperiales en Roma, al tiempo que controlaba el poder de la nobleza1. Entre sus disposiciones, se establecía la inviolabilidad de aquellos bajo la protección especial del Papa o del Emperador, la obediencia al Papa y sus funcionarios, y la protección de los bienes de la Iglesia1. También decretaba que solo aquellos a quienes se les había otorgado el derecho por Esteban IV en 769 podían participar en las elecciones papales1. Un punto crucial fue la estipulación de que el Papa electo no podía ser consagrado sin la presencia de los enviados del emperador, y el pueblo debía jurar obediencia a los emperadores Luis y Lotario, salvando su fidelidad al Papa1.

