El Papa Eusebio mantuvo la postura tradicional de la Iglesia romana, que había sido adoptada tras las persecuciones de Decio (250-251 d.C.). Esta postura sostenía que los apóstatas no debían ser excluidos permanentemente de la comunión eclesiástica, pero su readmisión requería una penitencia adecuada. El epitafio de su tumba, encargado por el Papa Dámaso, señala que «Eusebio enseñó a los miserables a llorar sus crímenes» (Eusebius miseros docuit sua crimina flere).
Esta visión fue vigorosamente opuesta por una facción de cristianos en Roma, liderada por un hombre llamado Heraclio. Aunque no se ha determinado con certeza si Heraclio y sus seguidores abogaban por una interpretación más rigurosa (novacionista) o más indulgente de la ley, es más probable que representaran a un grupo de apóstatas y sus partidarios que exigían la restauración inmediata al cuerpo de la Iglesia sin la debida penitencia.
El conflicto resultante fue tan grave que el Papa Dámaso lo describió en términos muy enérgicos: «sedición, matanza, guerra, discordia, pleitos» (seditio, cœdes, bellum, discordia, lites). Es plausible que Heraclio y sus partidarios intentaran forzar su entrada a los servicios divinos, lo que fue resistido por los fieles leales a Eusebio.