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Papa Félix I

Félix I fue el vigésimo sexto papa de la Iglesia católica y obispo de Roma entre los años 269 y 274, durante el pontificado del emperador Aureliano. Su gobierno tuvo lugar en una etapa de intensos debates sobre la identidad de Jesucristo, la unidad de Dios y la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La tradición litúrgica lo veneró como santo, aunque la atribución de un martirio carece de apoyo en los testimonios romanos más antiguos.1

Pope Felix I
Ver información de la imagenEsta ilustración es de Las Vidas y los Tiempos de los Papas de Chevalier Artaud de Montor, Nueva York: The Catholic Publication Society of America, 1911. Fue publicada originalmente en 1842, c. 2013. https://archive.org/details/livesofpopes01artauoft, Artaud de Montor (1772-1849), Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Félix I
CategoríaPersona
DescripciónPontificado bajo el emperador Aureliano, marcado por intensos debates trinitarios y cristológicos
Cargo EclesiásticoObispo de Roma
Fecha de Muerte274-12-30
Fecha de Celebración30 de diciembre
Fin del Pontificado30 de diciembre de 274
Importancia EclesialDefendió la unidad de Dios y la plena divinidad e humanidad de Cristo
Importancia HistóricaMantuvo la continuidad de la sede romana y participó en la comunicación doctrinal con Oriente
Inicio del Pontificado5 de enero de 269
Lugar de SepulturaCementerio de Calixto, Roma
TipoPapa

Tabla de contenido

Biografía

Elección y pontificado

Félix sucedió al papa Dionisio a comienzos del año 269. Las listas antiguas sitúan su pontificado entre el 5 de enero de 269 y el 30 de diciembre de 274, aunque la documentación del siglo III no permite reconstruir con absoluta precisión todos los acontecimientos de su vida.2

Su pontificado coincidió con el reinado de Aureliano y con un periodo de reorganización de las comunidades cristianas después de las controversias doctrinales y las dificultades asociadas a las persecuciones anteriores. La Iglesia romana tuvo que mantener la comunión con otras sedes episcopales mientras afrontaba interpretaciones divergentes sobre la Trinidad y la persona de Cristo.

La información biográfica directa sobre Félix I resulta escasa. Las noticias más fiables proceden de los calendarios funerarios romanos y de algunos testimonios doctrinales transmitidos posteriormente. Las biografías medievales ampliaron esos datos con episodios que mezclaron a Félix I con otros personajes llamados Félix.

Contexto doctrinal

Las controversias sobre la Trinidad

Durante la segunda mitad del siglo III, las Iglesias cristianas defendían simultáneamente dos verdades fundamentales:

  • Existe un solo Dios.
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aparecen diferenciados en la revelación cristiana.

La dificultad consistía en expresar ambas afirmaciones sin caer en dos errores opuestos. Por una parte, el modalismo, asociado a Sabelio, identificaba prácticamente al Padre y al Hijo, eliminando la distinción personal. Por otra, ciertas formulaciones podían entenderse como una división de la divinidad en tres realidades independientes.

El papa Dionisio, predecesor de Félix, rechazó tanto la división de la Trinidad en tres dioses como la reducción del Hijo al Padre. En una carta dirigida a la Iglesia de Alejandría sostuvo que el Verbo permanece unido a Dios y que la Trinidad debe entenderse dentro de la unidad divina. También rechazó la idea de que el Hijo fuese una criatura, porque, en tal caso, habría existido un momento en que el Hijo no existía.3

Este marco doctrinal ayuda a comprender la importancia atribuida a la actividad de Félix I, aunque no permita atribuirle con seguridad todas las formulaciones que los autores posteriores pusieron bajo su nombre.

Pablo de Samosata

En el año 268, un sínodo celebrado en Antioquía depuso a Pablo de Samosata, obispo de aquella ciudad, por sus enseñanzas sobre la Trinidad y sobre la identidad de Cristo. La noticia del sínodo llegó a Roma durante el pontificado de Dionisio o en el periodo inmediatamente posterior. Félix recibió probablemente una comunicación relacionada con este conflicto y respondió a las Iglesias orientales.1

La cuestión tenía gran importancia. Pablo de Samosata utilizaba un lenguaje que sus adversarios consideraban incompatible con la plena divinidad del Hijo. La intervención romana formaba parte de la comunicación entre las principales sedes episcopales, mediante la cual los obispos examinaban conjuntamente las controversias que afectaban a la fe común.

Correspondencia con Oriente

La carta dirigida a Alejandría

Un fragmento atribuido a Félix I procede de una carta dirigida a Máximo, obispo de Alejandría, y al clero alejandrino. El texto expone la fe en la encarnación del Verbo y afirma que Jesucristo nació de la Virgen María, que es el Hijo eterno y el Verbo de Dios, y que no constituye un hombre separado posteriormente asumido por el Hijo.4

La formulación central puede resumirse así:

El Hijo eterno de Dios, siendo Dios perfecto, llegó a ser también hombre perfecto al encarnarse de la Virgen.4

Esta afirmación protege la unidad del sujeto de la encarnación: quien nace de María es el mismo Hijo eterno de Dios. El texto no presenta a Jesucristo como una persona humana independiente unida exteriormente al Verbo, sino como un único sujeto divino que asumió verdaderamente la naturaleza humana.

Importancia para la terminología trinitaria prenicena

La correspondencia entre Roma y las Iglesias orientales contribuyó a consolidar un vocabulario teológico común antes del Concilio de Nicea. En Occidente, la tradición latina hablaba de una sustancia y de tres personas; en Oriente, la reflexión griega utilizaba términos como ousía-esencia o sustancia- e hypóstasis-realidad subsistente o persona-, aunque su significado todavía no había quedado fijado de manera uniforme.

La teología latina anterior a Nicea había defendido la unidad de sustancia del Padre y del Hijo. Tertuliano y Novaciano, por ejemplo, emplearon expresiones que distinguían a las personas sin dividir la esencia divina. La tradición occidental conservó así la fórmula de tres personas y una esencia divina, mientras las Iglesias orientales desarrollaban progresivamente su propio lenguaje.5

La correspondencia vinculada a Félix I debe situarse dentro de este proceso de clarificación. Su valor histórico no depende únicamente de que cada frase conservada proceda literalmente de su pluma, sino también del hecho de que refleja una preocupación doctrinal característica de las relaciones entre Roma, Alejandría y Antioquía: confesar la plena divinidad de Cristo sin dividir la unidad de Dios.

Autenticidad problemática del fragmento

La carta atribuida a Félix fue citada posteriormente en el contexto del Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431. Sin embargo, historiadores y especialistas consideraron que el documento transmitido había sufrido interpolaciones o incluso que constituía una composición posterior relacionada con el apolinarismo. El fragmento insiste especialmente en la unidad entre el Hijo de Dios y el hombre Jesucristo, una cuestión que adquirió una importancia decisiva en las controversias cristológicas del siglo IV.1

Por tanto, conviene distinguir dos aspectos:

  1. La doctrina expresada en el fragmento coincide en gran medida con la fe católica sobre la encarnación: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
  2. La atribución literal a Félix I permanece discutida, porque el documento llegó a la antigüedad tardía mediante una transmisión que pudo incorporar modificaciones doctrinales.

La prudencia histórica impide utilizar el fragmento como una transcripción segura de una carta original del siglo III. Aun así, el texto conserva interés para estudiar la evolución de la cristología y la recepción posterior de la autoridad doctrinal de los obispos de Roma.

Enseñanza cristológica atribuida a Félix I

La fórmula vinculada a Félix I contiene varios elementos esenciales de la doctrina católica:

Jesucristo es el Hijo eterno

El texto llama a Cristo Hijo eterno y Verbo de Dios. Esta expresión excluye la idea de que el Hijo comenzara a existir en el tiempo o fuese una criatura superior. La doctrina de la eternidad del Verbo ya ocupaba un lugar central en las controversias del siglo III. El papa Dionisio había rechazado expresamente la tesis de que el Hijo fuese una obra creada.3

Jesucristo nació realmente de María

La referencia al nacimiento de Jesucristo de la Virgen María afirma la realidad histórica de la encarnación. Cristo no habría adoptado solo una apariencia humana ni habría sido un ser celestial sin verdadera humanidad.

Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre

El fragmento atribuido a Félix confiesa que Cristo es Dios perfecto y hombre perfecto. Esta expresión anticipa el lenguaje que la Iglesia desarrollaría con mayor precisión en los concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia.

La doctrina católica posterior expresará esta verdad afirmando que Jesucristo es una sola Persona divina con dos naturalezas, divina y humana. El fragmento no ofrece todavía la terminología técnica completa de Calcedonia, pero manifiesta una preocupación teológica concordante con ella: evitar la separación entre el Hijo eterno y el hombre nacido de María.

Sepultura y memoria litúrgica

El Depositio episcoporum

El testimonio romano más relevante para conocer la muerte y sepultura de Félix I es el Depositio episcoporum, un calendario funerario del siglo IV. Este documento incluye a Félix entre los obispos de Roma y sitúa su sepultura el 30 de diciembre en el cementerio de Calixto, junto a la vía Apia.1

La inclusión de Félix en la lista de obispos, y no en la relación de mártires, posee un valor histórico especial. El documento distingue entre la memoria litúrgica de los obispos fallecidos y la de quienes murieron violentamente por la fe. Esa diferencia aconseja no presentar a Félix I como mártir con certeza histórica.

La basílica de la vía Aurelia

El Liber Pontificalis atribuye a Félix la construcción de una basílica en la vía Aurelia. La misma tradición afirma que recibió sepultura allí. Sin embargo, esta segunda afirmación entra en conflicto con el Depositio episcoporum, que sitúa su tumba en el cementerio de Calixto.1

La discrepancia probablemente nació de la existencia de un mártir romano llamado Félix enterrado en la vía Aurelia. La proximidad onomástica y la asociación de una iglesia con la tumba de aquel mártir favorecieron la posterior confusión entre el papa Félix I y el mártir Félix.

La cuestión del martirio

Una atribución tardía

Algunas tradiciones presentan a Félix I como papa y mártir. El Liber Pontificalis recoge esta caracterización, y el fragmento doctrinal transmitido bajo su nombre también lo llama mártir. No obstante, los testimonios antiguos más fiables no documentan una ejecución ni incluyen al papa en la lista romana de mártires.1

La ausencia de una noticia contemporánea sobre su martirio no demuestra por sí sola que muriera en circunstancias pacíficas, pero sí impide afirmarlo como un hecho establecido. La historiografía debe diferenciar entre:

  • Félix I, obispo de Roma, enterrado según el calendario romano en el cementerio de Calixto.
  • Félix, mártir romano, venerado en relación con la vía Aurelia.
  • Félix II, personaje distinto, vinculado a la crisis del papa Liberio en el siglo IV.

Confusiones en los martirologios

Los martirologios antiguos y medievales transmitieron con frecuencia tradiciones que mezclaban nombres, fechas y lugares de sepultura. En el caso de Félix, la confusión se agravó al intercambiarse posteriormente las historias de Félix I, Félix II y otros mártires romanos del mismo nombre.

La tradición hagiográfica llegó a presentar como mártir al papa Félix I, aunque el Depositio episcoporum lo registra entre los obispos fallecidos y fija su entierro el 30 de diciembre. La fecha del 30 de mayo, conservada en algunos martirologios, probablemente procede de una lectura equivocada de una abreviatura latina: iun. por ian., es decir, junio por enero.1

La crítica histórica debe evitar atribuir automáticamente el martirio a todos los papas del siglo III. La veneración litúrgica de un pontífice como santo y la existencia de una tradición posterior sobre su martirio no equivalen necesariamente a una prueba documental de ejecución.

El decreto sobre la celebración junto a las tumbas de los mártires

El Liber Pontificalis atribuye también a Félix I una disposición según la cual la misa debía celebrarse sobre las tumbas de los mártires: «Hic constituit supra memorias martyrum missas celebrare».1

La tradición refleja una práctica cristiana romana vinculada a la celebración de la Eucaristía cerca de los sepulcros de los mártires. En las catacumbas existían altares próximos a las tumbas, y las comunidades conmemoraban solemnemente a los mártires en el aniversario de su sepultura.

Sin embargo, el carácter jurídico del supuesto decreto resulta incierto. El compilador del Liber Pontificalis pudo atribuir formalmente a Félix una costumbre ya existente en su época. La práctica de celebrar junto a las tumbas de los mártires no necesita, por tanto, entenderse como una innovación legislativa personal del papa.

Félix I y la consolidación de la autoridad romana

El pontificado de Félix I pertenece a una época en la que la Iglesia todavía no contaba con las definiciones conciliares posteriores sobre la Trinidad y la cristología. Roma ejercía su autoridad mediante la comunión episcopal, el intercambio de cartas y la recepción de informes sinodales procedentes de Oriente.

La relación con Alejandría y Antioquía muestra que el obispo de Roma participaba en la defensa de la fe común y en la búsqueda de fórmulas capaces de preservar simultáneamente:

  • La unicidad de Dios.
  • La distinción entre Padre, Hijo y Espíritu Santo.
  • La eternidad del Verbo.
  • La verdadera encarnación del Hijo.
  • La unidad personal de Jesucristo.

Esta labor no produjo todavía una terminología plenamente estabilizada. La expresión latina una sustancia y tres personas alcanzaría una formulación más desarrollada en siglos posteriores. Los textos occidentales del siglo IV muestran precisamente el esfuerzo por expresar una sola divinidad, un solo poder y una sola sustancia en tres personas.6

Distinción respecto de Félix II y Félix III

Félix II

Félix II no fue el mismo pontífice que Félix I. Fue un archidiácono romano que ocupó la sede de Roma durante el exilio del papa Liberio, entre los años 355 y 358, con apoyo del emperador Constancio II. La tradición posterior confundió sus papeles respectivos y llegó a presentar a Félix II como defensor legítimo de la fe y como santo.7

La Iglesia católica incluye actualmente a Félix II entre los antipapas, no entre los pontífices legítimos de Roma.8

Félix III

Félix III fue papa entre los años 483 y 492, más de dos siglos después de Félix I. Su pontificado estuvo marcado por el conflicto con el patriarca Acacio de Constantinopla y por el llamado cisma acaciano.9

La numeración de los papas llamados Félix refleja la antigua confusión entre Félix I y Félix II. Durante siglos, algunos catálogos contaron a Félix II como papa legítimo y llamaron Félix III al pontífice del siglo V. La revisión histórica moderna distingue al antipapa Félix II y conserva la numeración Félix III para el papa del siglo V.8

Culto y festividad

Félix I recibe culto como santo en la tradición católica. La fecha litúrgica tradicionalmente asociada a su memoria fue durante mucho tiempo el 30 de mayo, pero la evidencia del Depositio episcoporum favorece el 30 de diciembre, aniversario de su sepultura en el cementerio de Calixto.1

La variación de fechas procede probablemente de errores de transmisión y de la confusión con otros personajes llamados Félix. La memoria litúrgica debe distinguir al papa Félix I del mártir romano de la vía Aurelia y del antipapa Félix II.

Valoración histórica

La figura de Félix I ocupa un lugar discreto, pero significativo, en la historia de la Iglesia del siglo III. No dejó una obra literaria conservada con plena seguridad, y las noticias biográficas posteriores mezclaron datos de distintas personas. Con todo, su pontificado pertenece a una etapa decisiva para la formulación de la fe cristiana sobre la Trinidad y la encarnación.

Su importancia histórica puede resumirse en cuatro aspectos:

  • Mantuvo la continuidad de la sede romana después del pontificado de Dionisio.
  • Participó en la comunicación doctrinal con Oriente, especialmente en relación con Alejandría y Antioquía.
  • La tradición vinculada a su nombre defendió la plena divinidad y humanidad de Cristo.
  • Su memoria sufrió una notable contaminación hagiográfica y onomástica, sobre todo por la confusión con mártires romanos y con Félix II.

La investigación histórica distingue, por tanto, entre el Félix I documentado como obispo de Roma y el personaje martirial elaborado por tradiciones posteriores. El dato más firme conserva su sepultura el 30 de diciembre en el cementerio de Calixto, mientras que el martirio no cuenta con confirmación contemporánea suficiente.

Citas y referencias

  1. Papa San Félix I. Enciclopedia Católica, Papa San Félix I (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9
  2. Papa n.o 26: San Félix I, Magisterium AI. Breve historia de los papas de la Iglesia Católica, Papa 26 (2024).
  3. Papa Dionisio. Epístola I (Papa Dionisio), 1 (268). 2
  4. Papa Félix I. Fragmentum Confessionis fidei (Papa Félix I), 1 (274). 2
  5. Padres de la Iglesia. Enciclopedia Católica, Padres de la Iglesia (1913).
  6. C. Basevi. La humanidad y la divinidad de Cristo: las controversias cristológicas del siglo IV y las cartas sinodales, 29 (1979).
  7. Félix II. Enciclopedia Católica, Félix II (1913).
  8. San Lupo, obispo de Troyes (a. D. 478), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Tomo III, 211 (1990). 2
  9. Papa San Félix III. Enciclopedia Católica, Papa San Félix III (1913).
Modificado el 2 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.12Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/3nm1vttk5

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