La elección de Félix al pontificado tuvo lugar en un momento delicado para la Iglesia en Roma. El 18 de mayo de 526, el Papa Juan I murió en prisión en Rávena, víctima de las sospechas del rey godo arriano Teodorico2,3. Ante esta situación, el clero y los laicos romanos cedieron a la influencia de Teodorico, quien propuso al cardenal-presbítero Félix de Samnio, hijo de Castorio, como sucesor de Juan I2,4. Félix fue consagrado obispo de Roma el 12 de julio de 5262,1.
A pesar de las circunstancias de su elección, Félix IV aprovechó el favor del que gozaba en la corte de Teodorico para promover los intereses de la Iglesia romana y desempeñó sus funciones de manera digna2. Poco después de su ascenso, el 30 de agosto de 526, Teodorico murió. Su nieto Atalarico, siendo menor de edad, dejó el gobierno en manos de su madre Amalasunta, quien estaba favorablemente dispuesta hacia los católicos2.

