La política inicial de León III
El principal conflicto doctrinal del pontificado de Gregorio II fue la iconoclasia, es decir, la oposición a la veneración cristiana de las imágenes sagradas.
El emperador León III el Isáurico inició su política iconoclasta en un contexto marcado por las derrotas militares, el avance del islam y la presión de quienes acusaban a los cristianos de idolatría. En el año 726, León ordenó retirar la imagen de Cristo situada sobre la puerta de bronce del palacio imperial de Constantinopla. Poco después promulgó medidas contra las imágenes y contra su veneración.
La primera fase de la política imperial no presentó todavía toda la violencia y radicalidad que caracterizarían etapas posteriores. León intentó imponer una reforma religiosa desde el poder imperial, vinculada a razones de unidad política y de estrategia cultural frente a musulmanes y judíos. La cuestión no consistía solo en una disputa artística: el emperador pretendía determinar por decreto una materia que afectaba a la fe, al culto y a la tradición de la Iglesia.,
La respuesta de Gregorio II
Gregorio II rechazó el decreto imperial. Para el papa, el emperador no podía arrogarse simultáneamente la autoridad política y la potestad doctrinal de la Iglesia. León defendía su derecho a legislar en materia religiosa porque se consideraba emperador y sacerdote; Gregorio respondió que la dignidad imperial no convertía al soberano en juez supremo de la fe.
La defensa pontificia de las imágenes no fue una simple expresión de piedad popular. También constituyó una defensa de la soberanía propia de la Iglesia frente al cesaropapismo, entendido como la subordinación de la autoridad eclesial al poder civil. Gregorio protegía una distinción fundamental: el emperador podía gobernar los asuntos temporales, pero no podía imponer unilateralmente una doctrina ni transformar la tradición litúrgica mediante disposiciones administrativas.
La argumentación cristiana a favor de las imágenes partía de la Encarnación. El Hijo de Dios asumió una naturaleza humana visible; por ello, la representación de Cristo no pretendía reproducir su divinidad invisible, sino confesar que verdaderamente se hizo hombre. La veneración de una imagen no equivalía a adorar la madera o la pintura: el honor se dirigía a la persona representada, mientras que la adoración correspondía solo a Dios.
La radicalización posterior
La política de León III se endureció después de la rebelión de Hellas, levantada en defensa de las imágenes. La revuelta terminó derrotada en el año 727. En 730, el emperador promulgó un edicto más severo contra las imágenes y la persecución aumentó. La represión alcanzó a monjes y monasterios, con destrucción de comunidades, exilios, torturas y ejecuciones. La violencia iconoclasta llegó también a reliquias, sepulcros y prácticas de intercesión de los santos.
Esta evolución permite distinguir entre la primera intervención imperial, centrada en prohibiciones y medidas de control, y la radicalización posterior, que añadió destrucciones sistemáticas y persecución física. Gregorio II comenzó su resistencia ante la pretensión doctrinal del emperador; la intensificación de la política iconoclasta convirtió aquella controversia en una crisis abierta entre Roma y Constantinopla.