El pontificado de Gregorio VI se enmarca en un período tumultuoso para la Sede Romana, caracterizado por la influencia de las facciones de la nobleza romana y la corrupción generalizada1. En 1045, el joven y disoluto Benedicto IX ocupaba la Cátedra de Pedro2,3. Deseando, según se dice, casarse y abandonar un cargo para el que no era apto, consultó a su padrino, Juan Graciano, arcipreste de San Juan «ad portam Latinam»2,4. Juan Graciano era un hombre de gran reputación por su rectitud de carácter2.
Convencido de que Benedicto IX podía renunciar, Juan Graciano le pagó una gran suma de dinero a cambio del papado2,4. Su motivación era liberar a la Sede de Roma de un pontífice tan indigno2. En buena fe y simplicidad, Juan Graciano pagó el dinero y fue reconocido como Papa, tomando el nombre de Gregorio VI2,4. Su ascenso fue incluso bien recibido por figuras estrictas como San Pedro Damián2.

