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Papa Gregorio XI

Gregorio XI fue papa entre 1370 y 1378 y el último pontífice del período aviñonés. Su pontificado culminó con el regreso definitivo de la sede papal a Roma en 1377, aunque murió al año siguiente, antes de consolidar la reconciliación política y administrativa entre el papado, la ciudad romana y los territorios pontificios. Tras su muerte comenzó el Gran Cisma de Occidente, una crisis de legitimidad que dividió a la cristiandad latina y puso a prueba la estructura jerárquica de la Iglesia.1,2

Papa Gregorius Undecimus
Ver información de la imagenRetrato del papa Gregorio XI, c. 1850. Original Алигиери, Henri Auguste César Serrur, CC BY-SA 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Gregorio XI
CategoríaPersona
Nombre Completo
  • Pierre Roger de Beaufort
  • Gregorio XI
TítuloPapa
Fecha de Nacimiento1331
Lugar de NacimientoCastillo de Maumont, Diócesis de Limoges
Fecha de Muerte1378-03-27
Lugar de MuerteRoma
Duraciónaprox. 7 años
Fin del Pontificado27 de marzo de 1378
Inicio del Pontificado30 de diciembre de 1370
Lugar de SepulturaIglesia de Santa María la Nueva, cerca del Capitolio
Personas relacionadas
  • Urbano V
  • Urbano VI
TipoPapa

Tabla de contenido

Biografía

Origen y formación

Gregorio XI nació en 1331 en el castillo de Maumont, dentro de la diócesis de Limoges. Su nombre de nacimiento era Pierre Roger de Beaufort. Pertenecía a una familia estrechamente vinculada al papado: era sobrino del papa Clemente VI, quien favoreció decisivamente su carrera eclesiástica. Clemente VI le concedió numerosos beneficios y lo creó cardenal diácono en 1348, cuando Pierre Roger apenas tenía dieciocho años.1

Como cardenal estudió en la Universidad de Perugia, donde adquirió una sólida formación en derecho canónico y teología. La tradición historiográfica lo presenta como un hombre de carácter humilde, de vida sobria y de notable pureza moral. Su preparación jurídica resultaría especialmente útil durante un pontificado marcado por conflictos territoriales, disputas jurisdiccionales y complejas negociaciones diplomáticas.1

La dignidad cardenalicia no convirtió a Gregorio en un simple representante de los intereses franceses. Aunque su trayectoria estaba ligada a la corte pontificia de Aviñón y a un colegio cardenalicio mayoritariamente francés, también conocía los problemas internos de la Iglesia y comprendía el desgaste que la prolongada ausencia del papa provocaba en Roma y en los Estados Pontificios.

Elección y ordenación sacerdotal

Tras la muerte de Urbano V, los cardenales eligieron por unanimidad a Pierre Roger de Beaufort como papa en Aviñón el 30 de diciembre de 1370. Adoptó el nombre de Gregorio XI. Todavía no había recibido la ordenación sacerdotal, por lo que fue ordenado sacerdote el 4 de enero de 1371 y coronado al día siguiente.1,3

Su pontificado duró poco más de siete años. Durante ese tiempo intentó atender simultáneamente los problemas internacionales de la Iglesia, la defensa de los territorios pontificios, la reforma eclesiástica y la cuestión decisiva de la residencia papal.

El contexto del pontificado

Gregorio XI heredó una Iglesia afectada por varias tensiones acumuladas:

  • La permanencia de la corte pontificia en Aviñón.
  • La pérdida de autoridad papal en amplias zonas de Italia.
  • La rivalidad entre monarquías europeas.
  • Las guerras y compañías mercenarias que devastaban territorios cristianos.
  • El deterioro de la disciplina eclesiástica.
  • La resistencia de ciudades italianas al fortalecimiento del poder temporal del papa.

La llamada cautividad aviñonesa no constituyó una prisión formal de los pontífices, pero sí expresó una dependencia política y cultural cada vez mayor respecto de Francia. Durante décadas, la curia se había desarrollado en un ambiente predominantemente francés, mientras Roma sufría la ausencia prolongada de sus obispos y soberanos temporales. Esta situación alimentó la percepción de que el papado había perdido parte de su universalidad y de su independencia.4

Aviñón había adquirido una administración compleja y centralizada. La ciudad albergaba la corte papal, funcionarios, banqueros, comerciantes y agentes encargados de gestionar los recursos de la Iglesia. La centralización permitía controlar con mayor eficacia los beneficios eclesiásticos y las finanzas pontificias, pero también alejaba la curia de Roma y de los territorios italianos sometidos a la autoridad papal.5

Actividad diplomática

Conflictos entre las monarquías europeas

Al comienzo de su pontificado, Gregorio XI intentó reconciliar a los reyes de Francia e Inglaterra, enfrentados en el largo conflicto conocido como la guerra de los Cien Años. La iniciativa fracasó, porque los intereses dinásticos y territoriales de ambas monarquías impedían una solución estable.1,2

El papa obtuvo mejores resultados en la pacificación de otros reinos. Intervino en los asuntos de Castilla, Aragón, Navarra, Sicilia y Nápoles, donde las alianzas cambiantes y las disputas sucesorias amenazaban la estabilidad política de la cristiandad occidental. También promovió proyectos de unión entre las Iglesias griega y latina y apoyó la idea de una nueva cruzada, aunque aquellas iniciativas no alcanzaron resultados duraderos.1

Reforma de la Iglesia

Gregorio XI manifestó preocupación por la disciplina del clero, la residencia de los beneficiados y la corrección de abusos administrativos. Entre las disposiciones atribuidas a su pontificado figuran normas sobre la obligación de residencia de prelados, abades y titulares de beneficios, así como medidas contra prácticas que perjudicaban los bienes y la libertad de la Iglesia.6

Su gobierno también abordó cuestiones relativas a las órdenes religiosas, a la autoridad de sus superiores y a la protección de los bienes eclesiásticos. Estas iniciativas reflejan el esfuerzo del pontífice por reforzar la disciplina institucional en una época en la que la administración pontificia afrontaba fuertes críticas.

La piedad personal de Gregorio XI no debe confundirse con la eficacia política de todas sus decisiones. El papa podía mantener una vida religiosa sincera y, al mismo tiempo, actuar bajo presiones militares, financieras y diplomáticas que condicionaban su gobierno. La complejidad de su pontificado nace precisamente de esa tensión entre la conciencia pastoral del pontífice y las exigencias del poder temporal.

La guerra contra Bernabé Visconti

El conflicto con Milán

Uno de los principales problemas italianos fue la expansión de Bernabé Visconti, señor de Milán y adversario declarado del papado. En 1371 ocupó Reggio y otros territorios feudatarios de la Santa Sede. Gregorio XI intentó primero resolver el conflicto por medios diplomáticos, pero las negociaciones fracasaron. El papa excomulgó a Visconti y, en 1372, declaró la guerra contra él.1

Bernabé respondió con una actitud desafiante. Según el relato tradicional, obligó a los legados que le llevaron la bula de excomunión a comerse el pergamino y los insultó públicamente. El episodio simboliza la debilidad de la autoridad pontificia frente a los grandes poderes italianos y muestra hasta qué punto las sanciones espirituales necesitaban el respaldo de una fuerza política y militar efectiva.

La guerra comenzó favorablemente para Visconti. Gregorio XI buscó entonces aliados entre el emperador, la reina de Nápoles y el rey de Hungría. También contrató al condotiero inglés John Hawkwood, jefe de una compañía militar mercenaria. La presión conjunta obligó finalmente a Bernabé a solicitar la paz, aunque una tregua de 1374 dejó al papado en una posición menos firme de la esperada.1

El papel de Florencia

Florencia temía que el fortalecimiento del poder pontificio redujera su influencia en la Italia central. En julio de 1375 se alió con Bernabé Visconti y favoreció la agitación contra los representantes papales. La oposición no respondía solo a motivos religiosos: también expresaba el rechazo de las ciudades italianas a una administración territorial que percibían como extranjera, fiscalmente exigente y poco sensible a sus intereses locales.1

La rebelión se extendió por el Patrimonio de San Pedro, territorio que comprendía amplias zonas de los Estados Pontificios. La insurrección puso de manifiesto que la autoridad papal no dependía solo de la legitimidad espiritual del pontífice. También requería funcionarios aceptados por la población, una administración eficaz y una presencia política capaz de equilibrar las ambiciones de las ciudades y de los señores locales.

Gregorio XI respondió con severidad contra Florencia. Impuso a la ciudad el entredicho, excomulgó a sus habitantes y declaró fuera de la ley a la población y a sus bienes. Las sanciones provocaron graves pérdidas económicas, pero no detuvieron inmediatamente la resistencia florentina.1

El centralismo de Aviñón y el descontento en los Estados Pontificios

Una administración eficaz, pero distante

El papado de Aviñón desarrolló una maquinaria administrativa más centralizada que la de épocas anteriores. La curia organizaba la recaudación, la provisión de beneficios y la gestión de los asuntos eclesiásticos desde una corte estable. Aviñón se convirtió en un centro internacional de intercambio económico y financiero, vinculado a banqueros italianos y a comerciantes de distintas regiones europeas.5

Este sistema ofrecía ventajas administrativas, pero generaba una distancia creciente entre el centro de decisión y las comunidades italianas. Muchos cargos de legados y gobernadores recayeron en franceses que desconocían las costumbres locales y despertaban desconfianza. La percepción de que el papa gobernaba Italia mediante funcionarios extranjeros alimentó el resentimiento de ciudades, nobles y comunidades sometidas a la jurisdicción pontificia.1

El malestar en los territorios pontificios

El descontento en los Estados Pontificios no nació exclusivamente de la ausencia física del papa. También influyeron la fiscalidad, la competencia entre jurisdicciones, la violencia de los grupos armados y la oposición de las ciudades a una autoridad central más intensa. La centralización aviñonesa intentaba reforzar la unidad del gobierno pontificio, pero en Italia podía interpretarse como una forma de control externo.

La rebelión que alcanzó al Patrimonio de San Pedro mostró los límites de aquel modelo. La curia podía dictar normas desde Aviñón, pero necesitaba gobernadores capaces de aplicarlas en territorios atravesados por rivalidades locales. La administración pontificia afrontaba así una contradicción: cuanto más intentaba uniformar el gobierno, más resistencia podía suscitar entre comunidades acostumbradas a amplios márgenes de autonomía.

Gregorio XI heredó este problema y tuvo que afrontarlo mientras combatía a Milán y negociaba con las monarquías europeas. Su decisión de regresar a Roma respondió también a la necesidad de recuperar una presencia directa en el centro histórico y político del papado.

Santa Catalina de Siena y el regreso a Roma

La intervención de Catalina

Santa Catalina de Siena desempeñó un papel relevante en la exhortación al regreso del papa. Visitó Aviñón para interceder por Florencia y defendió con insistencia la vuelta de Gregorio XI a Roma. Su actuación combinó la preocupación por la paz de Italia con una visión espiritual de la misión pontificia.1,4

La mediación de Catalina no produjo inicialmente la reconciliación entre Florencia y el papa. Los florentinos mantuvieron su resistencia y las condiciones pontificias resultaron demasiado severas para alcanzar un acuerdo inmediato. Sin embargo, la santa continuó animando a Gregorio XI a cumplir su propósito de regresar a la Ciudad Santa.4

La relación entre ambos permite distinguir dos dimensiones del pontificado. Catalina apelaba a la responsabilidad espiritual del papa y a la necesidad de restaurar la unidad de la Iglesia; Gregorio XI debía, además, calcular los riesgos militares, diplomáticos y administrativos de abandonar Aviñón. Su decisión final no surgió de una sola causa, sino de la convergencia entre convicciones religiosas, necesidades políticas y la crisis de autoridad en Italia.

El viaje de 1376

Gregorio XI abandonó Aviñón el 13 de septiembre de 1376. Embarcó en Marsella el 2 de octubre y viajó por Génova hasta Corneto, donde llegó el 6 de diciembre. El traslado representó un giro decisivo en la historia del papado.1

El regreso resultó difícil. El rey de Francia y la mayoría de los cardenales franceses se opusieron a la marcha, porque temían perder influencia sobre la curia y consideraban insegura la situación italiana. La resistencia del colegio cardenalicio reflejaba la división existente entre la identidad universal del papado y los vínculos políticos que la corte de Aviñón había consolidado durante décadas.

Gregorio XI entró en Roma en 1377. Su retorno fue definitivo, aunque la administración pontificia todavía carecía de estabilidad. La ciudad estaba debilitada por la larga ausencia de los papas y los territorios pontificios continuaban afectados por rebeliones y conflictos militares.

Último año y muerte

Durante los meses que pasó en Roma, Gregorio XI intentó restaurar la autoridad papal y organizar el gobierno de la Iglesia desde su sede tradicional. Sin embargo, no logró resolver todos los conflictos italianos ni eliminar las tensiones entre los cardenales franceses e italianos.

Murió en Roma el 27 de marzo de 1378 y fue sepultado en la iglesia de Santa María la Nueva, cerca del Capitolio.3

Su muerte abrió una elección especialmente delicada. La población romana exigía un papa italiano o, al menos, un pontífice que mantuviera la sede en Roma. Los cardenales afrontaban también la presión de las facciones políticas y el temor a que el papado regresara a Aviñón. Estas circunstancias condicionaron el cónclave que eligió a Bartolomeo Prignano, arzobispo de Bari, con el nombre de Urbano VI.

El Gran Cisma de Occidente

Una crisis de legitimidad

El Gran Cisma de Occidente comenzó tras la muerte de Gregorio XI en 1378. Los cardenales eligieron a Urbano VI en Roma, pero parte del colegio cardenalicio declaró posteriormente inválida aquella elección y escogió en Fondi a Roberto de Ginebra, que adoptó el nombre de Clemente VII. Clemente estableció su residencia en Aviñón y la cristiandad latina quedó dividida entre dos obediencias.7

El cisma no fue un simple malentendido ni una disputa personal entre candidatos. Constituyó una crisis de legitimidad: distintos grupos de cardenales, monarcas, obispos, teólogos y fieles debían determinar cuál de los dos pontífices poseía la autoridad legítima sobre la Iglesia. La división afectó a la percepción misma de la estructura jerárquica de la Iglesia, porque la obediencia al papa constituía un elemento esencial del orden eclesial.

Los partidarios de Roma defendían la validez de la elección de Urbano VI y consideraban que las dificultades posteriores del pontífice no anulaban su legitimidad. Los partidarios de Aviñón sostenían que la elección romana había quedado viciada por la presión popular y el miedo de los cardenales. La controversia produjo una división duradera entre reinos y diócesis.7

La división de los santos y los teólogos

La crisis no enfrentó solo a gobernantes y cardenales. También dividió a santos, religiosos, juristas y teólogos. Santa Catalina de Siena defendió a Urbano VI, mientras que otras figuras espirituales apoyaron la obediencia aviñonesa. Del mismo modo, los especialistas en derecho canónico y los teólogos no adoptaron una posición unánime.7

Esta diversidad demuestra la gravedad objetiva del problema. La santidad personal no eliminó la dificultad histórica de identificar al pontífice legítimo, y la competencia jurídica tampoco ofreció una respuesta universalmente aceptada. El cisma puso de manifiesto que la continuidad institucional de la Iglesia podía verse sometida a enormes presiones cuando la elección papal quedaba vinculada a rivalidades nacionales y a la lucha por la sede pontificia.

Personalidad y valoración histórica

Gregorio XI aparece como un pontífice formado en el ambiente intelectual y administrativo de Aviñón, pero consciente de la necesidad de devolver el papado a Roma. Su piedad personal y su preocupación por la reforma eclesiástica coexistieron con decisiones duras en materia política, como el entredicho contra Florencia y la guerra contra Bernabé Visconti.

La valoración de su pontificado exige evitar dos simplificaciones. Gregorio XI no fue solo un papa francés sometido a los intereses de su entorno, pero tampoco pudo gobernar como si la política europea y las luchas italianas no condicionaran sus decisiones. Su gobierno estuvo marcado por la tensión entre:

  • La universalidad espiritual del papado y su dimensión territorial.
  • La centralización administrativa de Aviñón y la necesidad de presencia en Roma.
  • La reforma de la Iglesia y las exigencias militares.
  • La piedad personal del pontífice y la razón de Estado.
  • La autoridad jerárquica del papa y la autonomía de las ciudades italianas.

Su regreso a Roma constituyó una decisión histórica de gran alcance. No resolvió por sí solo los problemas del papado, pero restableció la sede romana como centro efectivo de la vida pontificia. La posterior elección disputada de 1378 mostró que el traslado había terminado con la residencia aviñonesa, pero no con las divisiones políticas que la habían alimentado.

Legado

El principal legado de Gregorio XI fue el regreso definitivo del papado a Roma después de casi setenta años de residencia en Aviñón. Su decisión restauró el vínculo entre el obispo de Roma y su sede histórica, aunque llegó demasiado tarde para impedir la crisis sucesoria que estalló tras su muerte.2

También dejó una herencia ambivalente:

  1. Reforzó la idea de que Roma debía ser la sede ordinaria del papa.
  2. Intentó recuperar los territorios pontificios frente a los poderes italianos.
  3. Promovió la disciplina eclesiástica y la reforma de diversos abusos.
  4. Mantuvo iniciativas de paz, cruzada y unión con la Iglesia griega.
  5. Murió sin lograr una solución estable para los conflictos políticos que rodeaban al papado.

Gregorio XI fue, por tanto, el último papa de Aviñón y el pontífice que devolvió el papado a Roma. Su muerte abrió una de las crisis más graves de la historia de la Iglesia latina: el Gran Cisma de Occidente. La importancia de su pontificado no reside solo en el viaje de 1376-1377, sino en la transformación de las relaciones entre la autoridad espiritual del papa, el gobierno de los Estados Pontificios y las grandes potencias europeas.

Citas y referencias

  1. Papa Gregorio XI. Enciclopedia Católica, Papa Gregorio XI (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
  2. Papa n.o 201: Gregorio XI, Magisterio IA. Breve Historia de los Papas de la Iglesia Católica, Papa 201 (2024). 2 3
  3. Gregorio XI, Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomo IV, 537 (1859). 2
  4. Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Volumen II, 200 (1990). 2 3
  5. Aviñón. Enciclopedia Católica, Aviñón (1913). 2
  6. Gregorio XI, Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomo IV, 795 (1859).
  7. Cisma de Occidente. Enciclopedia Católica, Cisma de Occidente (1913). 2 3
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