La tradición medieval y moderna
La condena de Honorio fue conocida por teólogos católicos y por autores contrarios a las prerrogativas doctrinales del papa. Algunos la utilizaron como argumento para afirmar que un pontífice podía caer en herejía incluso al ejercer públicamente su cargo.
Otros teólogos católicos defendieron a Honorio mediante varias explicaciones: algunos pusieron en duda la integridad de las actas conciliares; otros sostuvieron que el Concilio había interpretado mal sus cartas; y otros admitieron una condena válida por negligencia, pero no por una definición doctrinal formal. Roberto Belarmino recogió estas posiciones y defendió que las cartas podían entenderse en sentido ortodoxo, aunque reconoció la fuerza histórica de los argumentos contrarios.
Belarmino también consideró posible que un concilio general errase en una cuestión histórica o factual sin errar al definir un dogma. Según esta interpretación, los padres conciliares podían haber juzgado equivocadamente el sentido de las cartas de Honorio, aun manteniendo intacta la autoridad del Concilio en la definición de la doctrina sobre Cristo.
El contexto del Concilio Vaticano I
Durante la preparación y recepción de la doctrina sobre la infalibilidad papal, el caso de Honorio volvió a ocupar un lugar central. Los adversarios de la definición vaticana lo presentaron como prueba de que un papa había enseñado una herejía y había sido condenado por un concilio ecuménico.
La respuesta católica distinguió entre la persona del pontífice y el ejercicio infalible de su oficio. La condena de Honorio no afectó a una definición solemne dirigida a toda la Iglesia, sino a cartas que no pretendían definir la fe. Además, la explicación de León II puso el acento en la falta de vigilancia y en la permisividad ante el error, no necesariamente en una definición papal formal de la herejía.
La recepción teológica posterior también observó que el propio III Concilio de Constantinopla elogió la enseñanza del papa Agatón como expresión de la fe apostólica. El Concilio podía, por tanto, condenar a Honorio por su actuación concreta y recibir al mismo tiempo otra enseñanza pontificia como conforme con la tradición de Pedro.
La controversia ayudó a precisar una cuestión fundamental: la infalibilidad pertenece a determinados actos doctrinales del papa, no a toda palabra, decisión o intervención de un pontífice. El caso de Honorio constituye precisamente uno de los ejemplos históricos utilizados para establecer esa diferencia.