Nombramiento del cardenal legado
La principal cuestión política del pontificado fue la pérdida de autoridad pontificia en los territorios italianos. Durante la residencia de los papas en Aviñón, diversas ciudades y señoríos de los Estados Pontificios habían quedado bajo el control de familias locales, tiranos urbanos y jefes militares. La distancia entre Aviñón e Italia impedía al papa ejercer una soberanía efectiva.
Para resolver la situación, Inocencio VI nombró en 1353 al cardenal castellano Gil de Albornoz legado y vicario general de los Estados Pontificios, otorgándole poderes extraordinarios. Albornoz había sido arzobispo de Toledo, jurista, reformador y hombre de experiencia militar. Había abandonado Castilla tras enfrentarse con Pedro I y encontró refugio en la corte pontificia de Aviñón, donde fue creado cardenal por Clemente VI.
Campañas militares y diplomacia
Albornoz llegó a Italia en 1353 al frente de un pequeño ejército de mercenarios. Su estrategia combinó la fuerza militar con pactos políticos y negociaciones con las ciudades. Antes de iniciar sus operaciones obtuvo apoyos de autoridades y ciudades influyentes, entre ellas Milán, Pisa, Florencia y Siena.
Su primer gran adversario fue Giovanni di Vico, prefecto de Roma y señor de Viterbo, que controlaba amplias zonas pertenecientes a la Iglesia. Albornoz lo derrotó en la batalla de Orvieto, el 10 de marzo de 1354. El acuerdo posterior de Montefiascone permitió la sumisión de Giovanni di Vico, aunque el cardenal le concedió condiciones relativamente favorables para consolidar el resultado y evitar una nueva rebelión. Inocencio VI mostró inicialmente su descontento, pero Albornoz defendió la prudencia diplomática como medio para alcanzar una victoria duradera.
El papa también había enviado a Italia a Cola di Rienzi, antiguo tribuno de Roma. Albornoz desconfiaba de su carácter visionario y lo retuvo durante un tiempo en Perugia. Más tarde, ante las peticiones de los romanos, lo nombró senador de Roma. Rienzi entró en la ciudad el 1 de agosto de 1354 y recibió inicialmente el apoyo popular, aunque su trayectoria política terminaría de forma violenta.
Las Constituciones Egidianas
La restauración territorial exigía algo más que victorias militares. Albornoz reorganizó las provincias pontificias mediante un conjunto de normas conocido como Constituciones Egidianas, llamado así por la forma latina de su nombre, Aegidius. Este ordenamiento reguló la administración de los territorios recuperados y reforzó la autoridad de los legados y gobernadores papales.
Las Constituciones Egidianas permanecieron vigentes en los Estados Pontificios hasta 1816, lo que muestra la importancia institucional de la obra de Albornoz. Su labor no solo devolvió territorios a la obediencia pontificia: proporcionó una estructura política capaz de mantener, al menos parcialmente, la soberanía de la Santa Sede durante los siglos siguientes.
Importancia histórica
La intervención de Albornoz resultó decisiva para la supervivencia temporal del poder pontificio. Un papado instalado en Aviñón, sin control real de sus territorios italianos, habría dependido todavía más de alianzas extranjeras y de la protección francesa. La recuperación de los Estados Pontificios permitió a la Santa Sede conservar una base territorial propia y defender su autonomía política.
El resultado no fue definitivo. Las revueltas, las rivalidades entre ciudades y los cambios de alianzas continuaron afectando a los territorios pontificios. Sin embargo, Albornoz restauró en buena medida la autoridad papal en las posesiones hereditarias de la Iglesia, aunque la plena consolidación de esa dominación no llegaría hasta después del Cisma de Occidente.