El quietismo de Miguel de Molinos
El quietismo fue una corriente espiritual del siglo XVII que concedía un lugar central a la pasividad interior y a la absoluta indiferencia de la voluntad. En sus formas más radicales, defendía que el alma debía abandonar incluso la preocupación por su progreso espiritual, su salvación o su condenación.
La doctrina vinculada a Miguel de Molinos sostenía que la perfección exigía apartar todo amor propio y alcanzar un estado de quietud absoluta, sin deseo de recompensa ni temor al castigo. También tendía a considerar impropias las peticiones concretas a Dios y a recomendar una actitud meramente pasiva ante las tentaciones.
Inocencio XI había condenado en 1687 sesenta y ocho proposiciones relacionadas con esta doctrina. Inocencio XII continuó la vigilancia doctrinal sobre las corrientes místicas y recibió posteriormente a Pietro Matteo Petrucci, antiguo cardenal y obispo de Jesi, como visitador apostólico después de que este hubiera renunciado a su diócesis.
Fénelon y el semiquietismo
La controversia que afectó directamente al pontificado de Inocencio XII no consistió en una simple repetición del quietismo de Molinos. La posición de François de Fénelon recibió habitualmente el nombre de semiquietismo, porque presentaba una doctrina menos extrema en sus principios y consecuencias.
Fénelon defendía la posibilidad de un amor de Dios completamente puro y desinteresado, sin referencia al premio ni al castigo. También describía estados de indiferencia santa, abandono de uno mismo y contemplación elevada. Su intención consistía en explicar las etapas superiores de la vida espiritual y distinguirlas de formas imperfectas de amor religioso.
Bossuet, por el contrario, combatió esas formulaciones por considerar que podían poner en peligro la esperanza cristiana y la orientación moral de la vida espiritual. La disputa entre ambos no enfrentó simplemente a un defensor de la fe con un negador de la doctrina católica: enfrentó dos interpretaciones de la mística, de la caridad perfecta y de la relación entre el amor desinteresado y la esperanza de la salvación.
La diferencia entre Fénelon y Molinos resulta decisiva. Molinos había llevado la pasividad y la indiferencia hasta conclusiones incompatibles con la oración, la esperanza y la responsabilidad moral. Fénelon empleó un lenguaje más matizado y pretendió permanecer dentro de la tradición mística católica, aunque sus proposiciones podían recibir una interpretación contraria a la doctrina católica.
Condena de las Máximas de los santos
Fénelon presentó a la Santa Sede su obra Explicación de las máximas de los santos sobre la vida interior para que Roma juzgase su contenido. Tras un examen prolongado, que duró más de dos años y comprendió numerosas sesiones, Inocencio XII condenó el 12 de marzo de 1699 veintitrés proposiciones extraídas de la obra. Las censuras calificaron esas proposiciones, según los casos, de temerarias, escandalosas, malsonantes, ofensivas para los oídos piadosos, perniciosas en la práctica o erróneas.
La constitución pontificia condenó y prohibió el libro porque podía inducir a los fieles a errores ya rechazados por la Iglesia. El documento incluyó entre las proposiciones condenadas la afirmación de que existe en esta vida un estado habitual de amor de Dios completamente puro, sin temor al castigo ni deseo de recompensa.
Fénelon aceptó inmediatamente la decisión romana y publicó una retractación pastoral. Afirmó que aceptaba el juicio de Roma respecto de las veintitrés proposiciones y del libro entero, sin reserva. Su sumisión fue considerada por muchos contemporáneos como un acto ejemplar de obediencia eclesial.
La esperanza cristiana
La condena no significó que la Iglesia rechazase el amor desinteresado a Dios ni la contemplación mística. El problema residía en presentar la perfección cristiana como incompatible con la esperanza sobrenatural.
La tradición católica distingue entre la caridad, por la que el cristiano ama a Dios por sí mismo, y la esperanza, por la que desea a Dios como bien supremo y confía en sus promesas. La esperanza no constituye una imperfección moral, aunque la caridad posea una primacía superior en la vida teologal. Por ello, la espiritualidad cristiana no puede exigir al creyente que abandone el deseo de la salvación o la confianza en Dios.