La defensa de los derechos temporales de la Santa Sede
Durante el siglo XVIII, el papado ejercía simultáneamente una autoridad espiritual sobre la Iglesia y una soberanía temporal sobre los Estados Pontificios. Esta doble condición provocaba conflictos con los monarcas absolutistas, que aspiraban a controlar los nombramientos episcopales, los beneficios eclesiásticos y la administración de la Iglesia dentro de sus territorios.
Inocencio XIII tuvo que afrontar esta tensión desde el inicio de su pontificado. En 1721 invistió al emperador Carlos VI con el Reino de Sicilia y recibió su juramento de fidelidad. La ceremonia reflejaba una concepción todavía vigente de la soberanía pontificia sobre determinados territorios y dignidades feudales.
La relación con la corte imperial se deterioró poco después. Cuando Carlos VI concedió al infante español don Carlos los ducados de Parma y Piacenza, el papa protestó porque consideraba que ambos territorios dependían de la soberanía pontificia. Las protestas no produjeron resultados prácticos, una muestra de la pérdida de capacidad política del papado frente a las grandes monarquías europeas.
La documentación jurídica pontificia recoge también la investidura del emperador Carlos VI con el Reino de Sicilia y Jerusalén y con los territorios situados al sur del estrecho de Mesina.
Francia, España y Austria
La política de Inocencio XIII no puede entenderse solo como resultado de sus preferencias personales. Cada decisión pontificia estaba condicionada por la presión diplomática de Francia, España y Austria, potencias que defendían sus intereses mediante embajadores, alianzas dinásticas y amenazas de intervención militar.
Francia intentaba reforzar la autonomía de su Iglesia mediante el galicanismo, doctrina que ampliaba la autoridad del monarca y de la jerarquía nacional frente a Roma. España, bajo Felipe V, defendía prerrogativas semejantes en materia de disciplina eclesiástica y administración de beneficios. Austria, por su parte, utilizaba su posición imperial para ampliar el control sobre Italia y sobre los territorios vinculados históricamente a la Santa Sede.
La decisión de elevar al cardenalato a Guillaume Dubois, primer ministro francés, muestra hasta qué punto la diplomacia podía condicionar las decisiones romanas. Inocencio XIII cedió a la presión francesa, aunque exhortó al ministro a abandonar su conducta moral, exhortación que no obtuvo fruto.
Con España, el pontífice promulgó en marzo de 1723 una bula destinada a corregir numerosos abusos en los reinos españoles. Felipe V colaboró en su aplicación, lo que permitió una cooperación temporal entre la Corona y la Santa Sede, aunque no eliminó las tensiones de fondo sobre la jurisdicción eclesiástica.
La cuestión de Sicilia y Cerdeña
La disputa sobre Sicilia y Cerdeña formó parte de un conflicto más amplio acerca de la investidura de los obispos y de la jurisdicción eclesiástica. Las monarquías pretendían ejercer un control cada vez mayor sobre los nombramientos y sobre los asuntos internos de la Iglesia. El pontificado de Inocencio XIII intentó preservar los derechos de la Santa Sede, pero tuvo que actuar en un escenario político dominado por las cortes borbónicas y por el Imperio.
Este enfrentamiento revela la transición entre dos modelos. Por una parte, persistía la idea medieval de la autoridad pontificia sobre determinados reinos y beneficios. Por otra, las monarquías absolutas imponían una concepción territorial de la soberanía, según la cual el rey debía controlar la vida religiosa dentro de sus dominios.