El contexto imperial
Durante el pontificado de Juan II, el emperador Justiniano I gobernaba el Imperio romano de Oriente y preparaba su política de reconquista de los territorios occidentales. El emperador deseaba consolidar la unidad religiosa del Imperio y superar las divisiones que habían seguido al Concilio de Calcedonia, celebrado en 451.
La cuestión cristológica dividía especialmente a las comunidades de Egipto, Siria y otras regiones orientales. Justiniano defendía oficialmente la fe de Calcedonia, pero también buscaba atraer a grupos que rechazaban sus formulaciones o las interpretaban de manera distinta. Su política combinaba la defensa de la ortodoxia imperial con intentos de conciliación de los grupos monofisitas.,
La «sinfonía» entre el Imperio y el Papado
La relación entre Juan II y Justiniano puede situarse dentro del ideal tardoantiguo de sinfonía, término utilizado para describir la cooperación ordenada entre la autoridad imperial y la autoridad eclesiástica. La imagen no implica una separación moderna entre Iglesia y Estado, pero tampoco identifica sin más ambas potestades.
Justiniano concebía al emperador como protector de la Iglesia y como garante de la unidad religiosa del Imperio. Su legislación incorporaba normas de carácter canónico y atribuía al poder imperial una función decisiva en los asuntos eclesiásticos.
Juan II, por su parte, reconocía la responsabilidad del emperador en la defensa de la fe, pero presentaba a la Sede Apostólica como instancia doctrinal de referencia. En una carta dirigida a Justiniano, elogió su respeto hacia la Iglesia romana y afirmó que el emperador había presentado una confesión de fe conforme con la doctrina apostólica y con la enseñanza de los Padres.
La correspondencia refleja, por tanto, una colaboración tensa y jerarquizada. Justiniano necesitaba el reconocimiento romano para reforzar la unidad doctrinal de su política; Juan II aprovechaba la iniciativa imperial para confirmar la autoridad de la Sede Apostólica en cuestiones de fe.
La confesión de fe de Justiniano
Justiniano envió a Roma una profesión de fe mediante sus legados Hipacio y Demetrio. El documento defendía la divinidad de Jesucristo, su encarnación, la consustancialidad de las personas divinas y el título de María como Madre de Dios. También condenaba las doctrinas asociadas a Nestorio y Eutiques.
Juan II recibió favorablemente la confesión imperial y confirmó su contenido en cuanto concordaba con la doctrina apostólica y con la enseñanza de los concilios ecuménicos. La respuesta pontificia mostraba que la cooperación entre Roma y Constantinopla dependía de la comunión en la fe, no solo de intereses políticos.
El papa pidió además al emperador que corrigiera a quienes se apartaban de la doctrina católica. Entre los grupos afectados figuraban los monjes acemetas, llamados también «insomnes» por su práctica de mantener una oración continua. En el contexto de la controversia cristológica, algunos de ellos defendían posiciones consideradas próximas al nestorianismo.,