Elección y consolidación en Roma
Juan IX accedió al pontificado a comienzos de 898. Las fechas exactas de su elección y de su muerte no están plenamente fijadas, aunque su pontificado abarcó los años 898-900. La tradición histórica lo presenta como un pontífice inteligente y moderado, decidido a reducir la violencia que desgarraba Roma.
Su posición dependía de un delicado equilibrio. Necesitaba el respaldo de grupos capaces de garantizar la seguridad de la sede apostólica, pero al mismo tiempo debía preservar la autoridad espiritual del papa frente a la aristocracia y frente a los representantes imperiales. La protección de la casa de Spoleto permitió su permanencia, pero la situación mostraba hasta qué punto la elección pontificia había quedado expuesta a las luchas de poder.
Los sínodos de 898
Juan IX convocó varios sínodos en Roma y en otras ciudades italianas durante 898. Estos acontecimientos forman un conjunto relacionado, pero conviene distinguir sus decisiones concretas y no atribuir a una sola asamblea todas las medidas adoptadas.
Los sínodos romanos condenaron el procedimiento seguido durante el Sínodo del Cadáver, celebrado bajo Esteban VI. Aquella asamblea había sometido a juicio el cadáver de Formoso, lo había declarado indigno del pontificado y había anulado sus actos. Juan IX juzgó inválido aquel proceso y ordenó quemar sus actas.
La decisión tenía una dimensión doctrinal, disciplinaria y pastoral:
- Doctrinal, porque rechazaba la legitimidad de un juicio dirigido contra un difunto incapaz de defenderse.
- Disciplinaria, porque corregía las sanciones impuestas a obispos y sacerdotes.
- Pastoral, porque evitaba que miles de fieles quedaran afectados por la incertidumbre sobre la validez de los sacramentos administrados por clérigos ordenados durante el pontificado de Formoso.
Juan IX confirmó la validez de las ordenaciones realizadas por Formoso y prohibió exigir nuevas ordenaciones a quienes habían recibido la ordenación durante aquel pontificado. Los clérigos depuestos por Esteban VI recuperaron sus cargos y grados eclesiásticos.
La prohibición de las reordenaciones evitaba una consecuencia especialmente grave: tratar como inexistente una ordenación ya celebrada y obligar al mismo ministro a recibir de nuevo el sacramento. La rehabilitación de los ordenados por Formoso procuraba proteger la continuidad de la vida sacramental y la estabilidad jurídica de las diócesis.
La protección de los bienes eclesiásticos
Los sínodos de Juan IX también condenaron una práctica habitual en la Roma de la época: el saqueo de los palacios de los papas y de los obispos después de su muerte. El pontífice pidió a las autoridades espirituales y temporales que pusieran fin a esas expoliaciones.
La medida protegía tanto la dignidad del oficio eclesiástico como los bienes destinados al culto, a la asistencia de los pobres y al sostenimiento del clero. El saqueo de las residencias episcopales no constituía una simple disputa patrimonial: podía paralizar la administración de las diócesis, privar a los necesitados de ayuda y facilitar que una facción política se apropiase de los recursos de la Iglesia.
El sínodo de Rávena
Juan IX celebró asimismo un sínodo en Rávena, orientado a contener los actos de violencia que se extendían por distintos territorios. El prólogo relacionado con aquella asamblea presenta la reunión como un esfuerzo por arrancar de la Iglesia la discordia y establecer normas destinadas a enseñar qué conductas debía observar el clero y cuáles debía evitar.
La intervención de Rávena muestra que el programa de Juan IX no se redujo a resolver la controversia sobre Formoso. El papa quiso afrontar la violencia como un problema eclesial general, relacionado con el abuso del poder, la inseguridad de los bienes de la Iglesia y la interferencia de grupos armados en la vida de las comunidades cristianas.