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Papa Juan IX

Juan IX fue papa de la Iglesia católica entre los años 898 y 900, durante una de las etapas más turbulentas del papado medieval. Monje benedictino originario de Tívoli, trató de restablecer la legitimidad de la sede apostólica después del conflicto en torno al papa Formoso y del llamado Sínodo del Cadáver. Sus concilios de 898 anularon las decisiones de Esteban VI, confirmaron la validez de las ordenaciones conferidas por Formoso y adoptaron medidas para limitar la violencia de las facciones romanas. También intervino en la organización eclesiástica de Moravia, donde defendió la continuidad de la evangelización de los santos Cirilo y Metodio frente a la presión de algunos obispos germánicos.1,2

Papa Pio IX Pope Pius IX
Ver información de la imagenPapa Pío IX fotografado por Adolphe Braun en conmemoración del 83.o cumpleaños de Su Santidad, c. 1875. Neue Zürcher Zeitung ([1]), Adolphe Braun, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Juan IX
CategoríaPersona
Nombre CompletoJuan IX
DescripciónPontificado durante la crisis del siglo IX, tras el Sínodo del Cadáver y la disputa formosiana
TítuloPapa
Lugar de NacimientoTívoli, cerca de Roma
Fecha de Muerte900
Lugar de MuerteProximidades de la Basílica de San Pedro, Roma
NacionalidadItaliano
SexoMasculino
Duraciónaproximadamente 2 años
Fin del Pontificado900
ImportanciaRestauró la legitimidad eclesiástica, limitó la violencia política y defendió la misión eslava
Inicio del Pontificado898
Miembro deOrden de San Benito
Personas relacionadas
  • Esteban VI
  • Benedicto IV
TipoPapa

Tabla de contenido

Vida anterior al pontificado

La documentación conservada no permite establecer con seguridad la fecha de nacimiento de Juan IX. Nació en Tívoli, cerca de Roma, y fue hijo de un hombre llamado Rampoaldo. Ingresó en la Orden de San Benito y recibió la ordenación sacerdotal de manos del papa Formoso, cuyo pontificado marcaría profundamente la crisis eclesiástica de los últimos años del siglo IX.1

Su formación monástica y su vinculación personal con Formoso ayudan a comprender su posterior intervención en la controversia formosiana. Juan IX no actuó únicamente como aliado político de un pontífice difunto: intentó reparar las consecuencias jurídicas y pastorales de una condena que había afectado a numerosos obispos y sacerdotes ordenados por Formoso.

Contexto histórico: el papado en la crisis del siglo IX

La debilidad del poder pontificio

El pontificado de Juan IX tuvo lugar en el tramo final del siglo IX, cuando la autoridad papal sufría una fuerte presión de las aristocracias romanas, de los poderes ducales italianos y de los emperadores carolingios. Las familias y grupos nobiliarios de Roma trataban de influir en la elección del papa porque la sede apostólica poseía autoridad religiosa, prestigio político y un importante patrimonio territorial.

La elección pontificia no dependía todavía de un colegio cardenalicio organizado como en épocas posteriores. Intervenían los obispos y el clero romano, mientras el pueblo expresaba su aceptación, y las autoridades temporales intentaban controlar el proceso. La inestabilidad política favorecía la presentación simultánea de candidatos rivales, la presión armada y la imposición de decisiones mediante la violencia.3

A raíz de las alteraciones que siguieron a la muerte de Esteban V, Juan IX aprobó en 898 la presencia de representantes imperiales en la consagración del papa electo. La medida pretendía evitar nuevas agresiones y escándalos, aunque también reforzaba la intervención del poder imperial en la vida de la Iglesia romana.3

Las facciones romanas y el rival Sergio

La elección de Juan IX tuvo lugar en un ambiente dominado por facciones enfrentadas. Un grupo intentó elevar al solio pontificio a Sergio, futuro papa Sergio III, en oposición a Juan. El apoyo de la casa ducal de Spoleto permitió a Juan conservar la sede romana, mientras Sergio abandonó la ciudad y recibió la excomunión.1

La rivalidad no representaba únicamente una disputa personal entre dos eclesiásticos. Cada candidato estaba relacionado con sectores aristocráticos y con distintas interpretaciones de la crisis provocada por el papa Formoso. Juan IX defendía la rehabilitación de Formoso; Sergio pertenecía al partido contrario y, años después, intentaría restaurar la condena contra él.4

Pontificado

Elección y consolidación en Roma

Juan IX accedió al pontificado a comienzos de 898. Las fechas exactas de su elección y de su muerte no están plenamente fijadas, aunque su pontificado abarcó los años 898-900. La tradición histórica lo presenta como un pontífice inteligente y moderado, decidido a reducir la violencia que desgarraba Roma.1

Su posición dependía de un delicado equilibrio. Necesitaba el respaldo de grupos capaces de garantizar la seguridad de la sede apostólica, pero al mismo tiempo debía preservar la autoridad espiritual del papa frente a la aristocracia y frente a los representantes imperiales. La protección de la casa de Spoleto permitió su permanencia, pero la situación mostraba hasta qué punto la elección pontificia había quedado expuesta a las luchas de poder.1

Los sínodos de 898

Juan IX convocó varios sínodos en Roma y en otras ciudades italianas durante 898. Estos acontecimientos forman un conjunto relacionado, pero conviene distinguir sus decisiones concretas y no atribuir a una sola asamblea todas las medidas adoptadas.

Los sínodos romanos condenaron el procedimiento seguido durante el Sínodo del Cadáver, celebrado bajo Esteban VI. Aquella asamblea había sometido a juicio el cadáver de Formoso, lo había declarado indigno del pontificado y había anulado sus actos. Juan IX juzgó inválido aquel proceso y ordenó quemar sus actas.1

La decisión tenía una dimensión doctrinal, disciplinaria y pastoral:

  • Doctrinal, porque rechazaba la legitimidad de un juicio dirigido contra un difunto incapaz de defenderse.
  • Disciplinaria, porque corregía las sanciones impuestas a obispos y sacerdotes.
  • Pastoral, porque evitaba que miles de fieles quedaran afectados por la incertidumbre sobre la validez de los sacramentos administrados por clérigos ordenados durante el pontificado de Formoso.

Juan IX confirmó la validez de las ordenaciones realizadas por Formoso y prohibió exigir nuevas ordenaciones a quienes habían recibido la ordenación durante aquel pontificado. Los clérigos depuestos por Esteban VI recuperaron sus cargos y grados eclesiásticos.1

La prohibición de las reordenaciones evitaba una consecuencia especialmente grave: tratar como inexistente una ordenación ya celebrada y obligar al mismo ministro a recibir de nuevo el sacramento. La rehabilitación de los ordenados por Formoso procuraba proteger la continuidad de la vida sacramental y la estabilidad jurídica de las diócesis.

La protección de los bienes eclesiásticos

Los sínodos de Juan IX también condenaron una práctica habitual en la Roma de la época: el saqueo de los palacios de los papas y de los obispos después de su muerte. El pontífice pidió a las autoridades espirituales y temporales que pusieran fin a esas expoliaciones.1

La medida protegía tanto la dignidad del oficio eclesiástico como los bienes destinados al culto, a la asistencia de los pobres y al sostenimiento del clero. El saqueo de las residencias episcopales no constituía una simple disputa patrimonial: podía paralizar la administración de las diócesis, privar a los necesitados de ayuda y facilitar que una facción política se apropiase de los recursos de la Iglesia.

El sínodo de Rávena

Juan IX celebró asimismo un sínodo en Rávena, orientado a contener los actos de violencia que se extendían por distintos territorios. El prólogo relacionado con aquella asamblea presenta la reunión como un esfuerzo por arrancar de la Iglesia la discordia y establecer normas destinadas a enseñar qué conductas debía observar el clero y cuáles debía evitar.5

La intervención de Rávena muestra que el programa de Juan IX no se redujo a resolver la controversia sobre Formoso. El papa quiso afrontar la violencia como un problema eclesial general, relacionado con el abuso del poder, la inseguridad de los bienes de la Iglesia y la interferencia de grupos armados en la vida de las comunidades cristianas.1

Juan IX y la elección del papa

El decreto sobre la elección pontificia

Entre las actuaciones más significativas de Juan IX figura su regulación de la elección y consagración del pontífice. El documento Canon de electione papae explica que la Iglesia romana padecía numerosas violencias durante la muerte de cada papa y que la consagración sin la presencia de los enviados imperiales podía facilitar nuevos conflictos.6

El decreto establecía que el nuevo pontífice debía ser elegido por los obispos reunidos y por todo el clero, teniendo en cuenta la petición del Senado y del pueblo romano. La consagración debía celebrarse públicamente y con la presencia de los legados imperiales.6

Esta norma tenía un doble efecto:

  1. Reforzaba la función del clero y de los obispos frente a las imposiciones de grupos laicos armados.
  2. Reconocía una intervención imperial como garantía de orden y como elemento de control político.

Juan IX no eliminó la participación del pueblo romano, pero redujo la intervención laical a una función subordinada a la elección eclesiástica. En la práctica, la reforma limitaba la capacidad de las facciones aristocráticas para presentar y consagrar unilateralmente a su candidato.3

La tensión entre autonomía eclesial y tutela imperial

La presencia de legados imperiales pretendía frenar la violencia, pero planteaba una cuestión delicada: ¿quién debía garantizar la libertad de la Iglesia cuando el poder imperial también tenía intereses políticos?

El sínodo romano de 898 reconoció a Lambert como emperador frente a su rival Berengario de Friuli. La decisión vinculó la política pontificia a la causa de Lambert, y las monedas de Juan IX muestran el nombre del emperador junto al del papa.1

La decisión de exigir la presencia imperial en la consagración no equivalía a una formulación estable y definitiva de la supremacía imperial sobre el papado. Respondía a las circunstancias concretas de una Roma dominada por la violencia. Sin embargo, creó un precedente que otros poderes utilizarían posteriormente para reclamar una intervención más amplia en la elección pontificia. La historia de las elecciones papales del siglo X y de la época otoniana muestra cómo esta tutela podía transformarse en una auténtica subordinación política.3

La Iglesia en Moravia

El legado de Cirilo y Metodio

La intervención de Juan IX en Moravia debe entenderse dentro de una historia misionera iniciada por los santos Cirilo y Metodio. Durante la segunda mitad del siglo IX, ambos hermanos evangelizaron los territorios de la Gran Moravia y regiones próximas como Eslovaquia y Panonia. Metodio ejerció como pastor de una amplia organización eclesiástica vinculada a aquellas tierras.7

Cirilo creó el alfabeto glagolítico y tradujo la Sagrada Escritura al idioma eslavo. Los dos misioneros defendieron el uso de la lengua propia de los pueblos evangelizados, de modo que la predicación y la liturgia pudieran arraigar en la cultura local. El papa Adriano II había autorizado anteriormente el empleo del eslavo en los servicios religiosos.8

La misión morava no constituía una ruptura con la Iglesia de Roma. Por el contrario, Cirilo y Metodio desarrollaron su apostolado en comunión con la sede apostólica, aunque dentro de una tradición litúrgica y cultural procedente de Oriente. La controversia surgió porque algunos eclesiásticos germánicos consideraban que Moravia pertenecía a sus ámbitos jurisdiccionales y litúrgicos.8

La presión de los obispos germánicos

Los obispos y misioneros vinculados a las sedes de Salzburgo y Passau defendían sus derechos sobre los territorios moravos. La presencia de una jerarquía eslava autónoma reducía su influencia religiosa y política, especialmente en una región fronteriza entre los mundos latino, germánico y eslavo.

Tras la muerte de Metodio en 885, la situación del rito eslavo empeoró. La liturgia latina ganó terreno bajo el príncipe Svatopluk, y las tensiones internas facilitaron la presión de los eclesiásticos germánicos.9

En este contexto, los moravos acudieron a Juan IX para solicitar una organización jerárquica propia que protegiera su independencia eclesial frente a la tutela alemana. Algunos obispos germánicos intentaron disuadir al papa mediante cartas de tono enérgico, pero Juan IX autorizó la consagración de un metropolitano y tres obispos para la Iglesia de los moravos.1

El significado de la decisión pontificia

La actuación de Juan IX favoreció la continuidad institucional de la evangelización iniciada por Cirilo y Metodio. El papa no identificó la unidad de la Iglesia con la uniformidad absoluta de lengua o de rito. La liturgia latina constituía la tradición predominante en Occidente, pero el uso del eslavo podía coexistir con la comunión católica cuando contaba con autorización de la sede apostólica.

La posterior evolución histórica fue desfavorable para la estructura morava. La caída de la Gran Moravia, hacia 905-906, favoreció la sustitución del rito eslavo por el latino y la incorporación de los territorios a otras circunscripciones eclesiásticas. Aun así, durante el siglo X todavía coexistieron elementos eslavos y latinos, tanto en la lengua litúrgica como en la vida cristiana de las poblaciones eslavas.7

Por tanto, la decisión de Juan IX no debe interpretarse como una victoria definitiva del rito eslavo ni como la creación de una provincia eclesiástica estable que sobreviviera intacta. Representó una defensa pontificia concreta de la autonomía pastoral y jerárquica de Moravia en un momento de intensa competencia entre las autoridades locales, los obispos germánicos y la sede romana.

La controversia formosiana

El Sínodo del Cadáver

El conflicto comenzó con la condena póstuma del papa Formoso durante el pontificado de Esteban VI. El cadáver de Formoso fue exhumado, vestido con las vestiduras pontificias y sometido a juicio. La asamblea anuló sus actos y depuso simbólicamente al pontífice muerto.

La violencia del procedimiento provocó una reacción inmediata en Roma. Esteban VI cayó poco después y murió en prisión. Los pontificados breves de Romano y Teodoro II intentaron superar la crisis, pero la cuestión permaneció abierta hasta la intervención de Juan IX.1

La rehabilitación de Formoso

Juan IX declaró nulas las actuaciones del Sínodo del Cadáver, ordenó destruir sus actas y rehabilitó a los clérigos afectados. Además, confirmó las ordenaciones realizadas por Formoso y prohibió las reordenaciones.1

Esta política pretendía proteger la continuidad de la Iglesia frente a la arbitrariedad de los cambios políticos. Si cada facción vencedora pudiera invalidar las ordenaciones conferidas por la facción rival, la sucesión episcopal y la administración sacramental quedarían sometidas a la lucha partidista.

Juan IX trató de establecer una distinción entre la responsabilidad personal de un papa y la validez de los actos sacramentales y jurídicos realizados durante su pontificado. Su decisión concedió prioridad a la estabilidad eclesial y a la protección de los fieles.

La posterior reversión bajo Sergio III

La diferencia entre los sínodos de 898 y la política posterior

Los sínodos de 898 constituyeron una decisión concreta de Juan IX y no una solución irreversible para todas las facciones romanas. La condena del Sínodo del Cadáver y la rehabilitación de Formoso respondían a una determinada correlación de fuerzas y a una determinada valoración jurídica de la controversia.

Después de la muerte de Juan IX, el partido contrario a Formoso recuperó influencia. Sergio III, que había sido rival de Juan en 898, volvió a ocupar un lugar central en la política romana y alcanzó el pontificado en 904. La documentación histórica lo presenta como un firme defensor de la facción opuesta a Formoso.4

Sergio III declaró nulas las ordenaciones conferidas por Formoso y restauró la reputación de Esteban VI, reabriendo una controversia que Juan IX había intentado cerrar.4

Alcance histórico de la reversión

La política de Sergio III muestra que los actos de los sínodos de 898 no produjeron una reconciliación definitiva entre los grupos enfrentados. La rehabilitación de Formoso quedó vinculada a la victoria temporal de una facción, mientras que la oposición formosiana conservó suficiente fuerza para revertirla pocos años después.

Conviene distinguir, por ello, tres momentos:

  • La condena inicial de Formoso, promovida durante el pontificado de Esteban VI.
  • La rehabilitación de Formoso por Juan IX, aprobada en los sínodos de 898.
  • La restauración de la condena bajo Sergio III, desde 904.

Esta secuencia impide presentar el pontificado de Juan IX como una resolución definitiva de la controversia. Su actuación fue una tentativa seria de restablecer el orden, pero la aristocracia romana y las facciones eclesiásticas continuaron utilizando la cuestión formosiana como instrumento de lucha por el control del papado.1,4

Influencia de la aristocracia romana

La aristocracia romana no actuaba como un poder externo a la Iglesia, sino como una fuerza profundamente integrada en la vida política de la ciudad. Sus miembros controlaban fortificaciones, redes de clientela, recursos económicos y alianzas con los poderes ducales e imperiales. La elección del papa podía alterar el equilibrio territorial de Roma y la administración de los bienes eclesiásticos.

Durante el pontificado de Juan IX, la disputa con Sergio mostró el peso de estos grupos. La candidatura de Sergio contó con apoyos políticos suficientes para desafiar la elección de Juan, aunque finalmente no logró imponerse. El respaldo de la casa de Spoleto permitió a Juan conservar la sede apostólica.1

La reforma electoral de Juan IX respondió directamente a este problema. Al insistir en la participación de obispos y clérigos y exigir la presencia de enviados imperiales, el papa buscó impedir que la nobleza romana controlara por sí sola la elección. Sin embargo, la solución introducía una dependencia alternativa: la protección imperial podía limitar la acción de las facciones, pero también reducir la libertad efectiva de la Iglesia romana.6

La evolución posterior confirmó la fragilidad de aquel equilibrio. En el siglo X, diversas familias aristocráticas llegaron a ejercer una influencia decisiva sobre la sede apostólica. La intervención de la nobleza romana en las elecciones pontificias alcanzaría una intensidad particularmente visible con los grupos vinculados a Teofilacto, Teodora y Marozia.10

Relación con el poder imperial

Juan IX apoyó al emperador Lambert frente a Berengario. Los sínodos romanos reconocieron la posición de Lambert, y las monedas acuñadas durante el pontificado de Juan muestran asociados el nombre del papa y el del emperador.1

Esta cooperación tuvo una finalidad política inmediata: sostener en Italia a la autoridad capaz de proteger Roma frente a sus rivales. También explica el canon que exigía la presencia de legados imperiales en la consagración del papa electo.

El pontificado de Juan IX refleja así una tensión característica del final del mundo carolingio. El papado necesitaba apoyo militar y político para sobrevivir, pero cada concesión a los poderes temporales podía comprometer su autonomía. La Iglesia romana intentaba conservar su libertad mediante alianzas que, paradójicamente, podían convertirse en instrumentos de control.

Muerte y sepultura

Juan IX murió a comienzos de 900, después de un pontificado breve que duró aproximadamente dos años. La tradición histórica sitúa su sepultura en las proximidades de la basílica de San Pedro.1

Su muerte dejó sin resolver la rivalidad entre los partidarios y adversarios de Formoso. El pontificado siguiente, el de Benedicto IV, mantuvo durante un tiempo la línea de rehabilitación, pero la política romana volvió a experimentar cambios radicales en los años posteriores.11

Escritos y documentos

La tradición atribuye a Juan IX el Canon de electione papae, documento dedicado a la elección y consagración del pontífice, y la Praelocutio in concilio Ravennate, introducción relacionada con el sínodo de Rávena.

El Canon de electione papae justifica la reforma electoral por la violencia que acompañaba a la muerte de los papas. El documento reclama una elección realizada por los obispos y el clero, con participación del Senado y del pueblo en forma de petición o aprobación, y una consagración pública ante los legados imperiales.6

La Praelocutio in concilio Ravennate presenta la reunión episcopal como una ocasión para eliminar la discordia y establecer normas de protección para la Iglesia. Su lenguaje vincula la reforma disciplinaria con la fidelidad a las reglas de los Padres y con la defensa de la comunidad cristiana frente a la violencia.5

Valoración histórica

Juan IX ocupa un lugar relevante dentro de la historia del papado por tres motivos principales.

Restauración de la legalidad eclesiástica

Su intervención puso fin, aunque sólo temporalmente, a las consecuencias del Sínodo del Cadáver. La confirmación de las ordenaciones de Formoso protegió la continuidad sacramental y evitó una cadena de reordenaciones y deposiciones.1

Limitación de la violencia política

Los sínodos de Roma y Rávena intentaron contener los saqueos, las agresiones y las presiones armadas que afectaban a la Iglesia. Juan IX comprendió que la restauración de la autoridad pontificia exigía también proteger los bienes eclesiásticos y garantizar procedimientos públicos para la elección del papa.1,5

Defensa de la tradición misionera eslava

Su decisión respecto a Moravia mostró una actitud favorable a la continuidad de una organización eclesiástica propia y a la herencia pastoral de Cirilo y Metodio. Aunque la evolución política posterior debilitó aquella estructura, la intervención de Juan IX manifestó que la comunión con Roma podía integrar distintas expresiones lingüísticas y litúrgicas dentro de la evangelización de los pueblos eslavos.1,8,7

Legado

El legado de Juan IX quedó oscurecido por la brevedad de su pontificado y por la posterior restauración de la política contraria a Formoso bajo Sergio III. Aun así, su actuación representa uno de los intentos más claros del papado de finales del siglo IX por recomponer la disciplina eclesial después de una crisis marcada por la violencia, la intervención aristocrática y la rivalidad entre poderes temporales.

Su pontificado no eliminó la dependencia política de Roma ni resolvió definitivamente el conflicto formosiano. Sin embargo, afirmó principios de gran importancia: la necesidad de procedimientos legítimos para elegir al papa, la protección de la continuidad sacramental, el rechazo de la violencia contra los bienes de la Iglesia y la posibilidad de conservar una tradición litúrgica propia dentro de la comunión católica.

Juan IX murió antes de consolidar sus reformas, pero los sínodos de 898 permanecen como el principal testimonio de su esfuerzo por devolver estabilidad, dignidad y orden a la sede de Pedro.

Citas y referencias

  1. Papa Juan IX. Enciclopedia Católica, Papa Juan IX (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20
  2. Papa #116: Juan IX, Magisterio IA. Breve historia de los papas de la Iglesia Católica, Papa 116 (2024).
  3. Elección de los papas. Enciclopedia Católica, Elección de los Papas (1913). 2 3 4
  4. Papa Sergio III. Enciclopedia Católica, Papa Sergio III (1913). 2 3 4
  5. Papa Juan IX. Praelocutio in concilio Ravennate (Papa Juan IX), 1 (900). 2 3
  6. Papa Juan IX. Canon de electione papae (Papa Juan IX), 1 (900). 2 3 4
  7. VII. La importancia e influencia del milenio cristiano en el mundo eslavo, Papa Juan Pablo II. Slavorum Apostoli, 23 (1985). 2 3
  8. Olmütz. Enciclopedia Católica, Olmütz (1913). 2 3
  9. La monarquía austrohúngara. Enciclopedia Católica, La monarquía austrohúngara (1913).
  10. Estados de la Iglesia. Enciclopedia Católica, Estados de la Iglesia (1913).
  11. La lista de los papas. Enciclopedia Católica, La lista de los Papas (1913).
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