El pontificado de Martín IV duró desde el 22 de febrero de 1281 hasta el 28 de marzo de 1285. Durante este tiempo, el nuevo Papa se encontró en una posición complicada. No pudo ir a Roma, donde un pontífice de nacionalidad francesa era impopular, y tampoco quiso permanecer en Viterbo, que estaba bajo interdicto por haber encarcelado a dos cardenales. Por ello, se trasladó a Orvieto, donde fue coronado el 23 de marzo.
Dependencia de Carlos de Anjou
A pesar de su piedad personal y buenas intenciones, Martín IV dependió en gran medida de Carlos de Anjou. Inmediatamente lo nombró para el influyente cargo de Senador Romano. Esta alianza marcó profundamente su papado, llevando a críticas por su percibido favoritismo hacia Francia.
Relaciones con el Imperio Bizantino y las Cruzadas
Martín IV apoyó los esfuerzos de Carlos de Anjou para restaurar el Imperio Latino de Oriente. En un acto que se consideró imprudente, excomulgó al emperador griego Miguel VIII Paleólogo de Constantinopla, quien se oponía a los planes de Carlos de Anjou,. Esta acción rompió la unión entre las Iglesias griega y latina que se había logrado en el Concilio de Lyon en 1274.
En relación con las cruzadas, el pontificado de Martín IV se enmarcó en un período donde los planes para la recuperación de Tierra Santa eran recurrentes, aunque a menudo frustrados por la política europea,. El Papa anterior, Gregorio X, había impulsado un concilio en Lyon en 1274 con el objetivo de procurar socorro para Tierra Santa y lograr la unión de las Iglesias Oriental y Occidental. Sin embargo, la muerte de Gregorio X y los continuos conflictos, como la excomunión de Miguel Paleólogo por Martín IV en 1281, frustraron estos planes.
Las Vísperas Sicilianas
Uno de los eventos más significativos del pontificado de Martín IV fue la revuelta conocida como las Vísperas Sicilianas. El 30 de marzo de 1282, Sicilia se sublevó violentamente contra el dominio opresivo de Carlos de Anjou, expresando su profundo odio hacia Francia en una masacre,,. En respuesta, Martín IV utilizó todo su poder papal para intentar asegurar Sicilia para Francia. Excomulgó a Pedro III de Aragón, a quien los sicilianos habían elegido como su rey, declaró su reino de Aragón confiscado y ordenó predicar una cruzada contra él. Sin embargo, todos sus esfuerzos resultaron inútiles.
El sucesor de Martín IV, Honorio IV, aunque menos impulsivo, tampoco renunció a las reclamaciones de la Iglesia y de la Casa de Anjou sobre la corona siciliana, ni restauró a Pedro III el Reino de Aragón.