La crisis de las imágenes en el siglo VIII
La iconoclasia fue la oposición a la representación y veneración de Cristo, de la Virgen María y de los santos mediante imágenes. La controversia adquirió una dimensión política y religiosa durante el reinado del emperador bizantino León III, quien ordenó en 726 retirar una imagen de Cristo situada sobre las puertas del palacio imperial de Constantinopla. Después llegaron medidas oficiales contra los iconos y actos de violencia contra quienes los veneraban.
La disputa no consistía simplemente en decidir si una pintura podía decorar una iglesia. En el fondo existía una cuestión cristológica: ¿cómo representar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre? Los iconoclastas sostenían que una imagen no podía expresar adecuadamente la unión de la divinidad y la humanidad de Cristo. Temían que representar solo su humanidad dividiese a Cristo o que representar su divinidad redujese su humanidad.
Los defensores de las imágenes respondían desde el misterio de la Encarnación. Si el Hijo de Dios había asumido verdaderamente una naturaleza humana visible, podía representarse su humanidad. La imagen no recibía adoración como si fuera Dios: recibía veneración, y el honor dirigido a ella se refería a la persona representada. La adoración pertenecía exclusivamente a Dios.,
La tradición occidental concedía además a las imágenes una función catequética. Gregorio Magno había explicado que las pinturas ayudaban a los analfabetos a contemplar en los muros lo que no podían leer en los libros. Durante el siglo VIII, Roma desarrolló una intensa devoción a las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, acompañada por una notable producción artística.
La postura de Pablo I
Pablo I defendió la doctrina católica sobre la veneración de las imágenes frente a la política religiosa del emperador Constantino V Coprónimo. Su oposición a Constantinopla no obedecía solo a intereses territoriales. El papa consideraba que estaba en juego la ortodoxia cristiana, especialmente la correcta comprensión de la Encarnación y el lugar de las imágenes en la vida litúrgica y devocional.
El pontífice envió cartas y legados al emperador para defender la veneración de los iconos. También procuró que el rey Pipino conociera la posición de Roma. En 767, un sínodo celebrado en Gentilly, cerca de París, sostuvo la doctrina de la Iglesia sobre la Trinidad y la veneración de las imágenes. La reunión manifestó que la cuestión iconoclasta no afectaba solo al Oriente bizantino: también concernía a la unidad doctrinal de toda la Iglesia.
La defensa de Pablo anticipó la confirmación doctrinal que llegaría con el II Concilio de Nicea, celebrado en 787 bajo el pontificado de Adriano I. Aquel concilio afirmó la legitimidad de las imágenes sagradas y distinguió entre la veneración tributada a la imagen y la adoración reservada a Dios.,