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Papa Pablo I

Pablo I fue papa de la Iglesia católica entre 757 y 767. Romano de nacimiento y hermano de su predecesor, Esteban II, ejerció su pontificado en una época marcada por la amenaza lombarda, la rivalidad entre Roma y Constantinopla y la controversia teológica sobre la veneración de las imágenes. Su gobierno combinó la defensa de los territorios vinculados a la Iglesia romana con una intensa actividad pastoral, litúrgica y caritativa.

Paus Paulus I Paulus primus (titel op object) Liber Chronicarum (serietitel, RP-P-2016-49-56-10)
Ver información de la imagenPaus Paulus I Paulus primus (título del objeto) Liber Chronicarum (título de serie, RP-P-2016-49-56-10), c. 1493. https://hdl.handle.net/10934/RM0001.COLLECT.613152, Rijksmuseum, CC0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Pablo I
CategoríaPersona
DescripciónDefensa territorial, doctrina de veneración de imágenes, traslado y protección de reliquias.
Lugar de NacimientoRoma
Fecha de Muerte767-06-28
Lugar de MuerteBasílica de San Pablo Extramuros, Roma
NacionalidadRomano
ContextoAmenaza lombarda, rivalidad con Constantinopla, polémica iconoclasta.
Fin del Pontificado767
Inicio del Pontificado757
Personas relacionadasEsteban II
TipoPapa

Tabla de contenido

Vida y elección pontificia

Pablo nació en Roma en una fecha desconocida. Pertenecía a una familia romana relacionada con los ambientes eclesiásticos y era hermano de Esteban II, elegido papa en 752. Ambos hermanos participaron en la dirección de la Iglesia romana durante una etapa de gran inestabilidad política en Italia.

Tras la muerte de Esteban II, Pablo fue elegido papa en 757. Su elección prolongó la orientación diplomática de su predecesor, especialmente la alianza con Pipino el Breve, rey de los francos. Aquella alianza había permitido a la Santa Sede obtener apoyo militar frente a los lombardos y consolidar una base territorial propia en el centro de Italia.1,2

Pablo I murió el 28 de junio de 767, cuando estaba en la basílica de San Pablo Extramuros, adonde había acudido para descansar del calor romano. Una fiebre provocó su fallecimiento.3

La numeración de los papas llamados Esteban

La numeración de los papas llamados Esteban presenta una dificultad historiográfica. En 752 fue elegido un clérigo romano llamado Esteban, pero murió antes de recibir la consagración episcopal, requisito que entonces tenía especial importancia para el reconocimiento efectivo del pontificado. Durante siglos, algunos catálogos lo incluyeron y otros lo excluyeron de la sucesión papal.

Por ese motivo, el hermano de Pablo aparece en distintas obras como Esteban II o Esteban III. La numeración tradicional que omite al Esteban no consagrado llamó a su sucesor Esteban II; la numeración que lo incorpora lo denomina Esteban III. El mismo problema afecta a otros pontífices posteriores llamados Esteban. La diferencia numérica no implica dos papas distintos, sino dos criterios históricos de cómputo.

Contexto político del pontificado

La amenaza lombarda

El reino lombardo constituía la principal amenaza inmediata para Roma. El rey Desiderio había ocupado territorios pertenecientes al patrimonio de la Iglesia romana y aspiraba a aumentar su influencia sobre las ciudades del antiguo exarcado de Rávena. Pablo intentó recuperar esas posesiones mediante negociaciones, embajadas y la intervención diplomática de Pipino el Breve.

El papa envió repetidamente legados al rey franco para comunicarle los movimientos lombardos y solicitar su ayuda. Desiderio prometió en varias ocasiones devolver ciudades y propiedades, pero retrasó el cumplimiento de sus compromisos y llegó a penetrar en territorio romano. Pablo volvió entonces a reclamar el apoyo franco.1

En 765, una visita de Desiderio a Roma permitió resolver provisionalmente algunas disputas fronterizas. El acuerdo no eliminó la rivalidad entre lombardos y papado, pero evitó durante un tiempo una guerra abierta y permitió a Pablo concentrarse en otros problemas eclesiales.1

La relación con Pipino el Breve

Pablo mantuvo una correspondencia frecuente con Pipino. La alianza no respondía solo a intereses territoriales: también protegía la autonomía de la sede romana frente a la presión lombarda y bizantina. El apoyo franco favoreció la consolidación del poder temporal de la Iglesia en Italia y preparó el marco político que más tarde facilitaría el ascenso carolingio.2

El pontífice procuró mantener una relación cordial con el monarca. Además de enviar cartas diplomáticas, le hizo llegar presentes y reliquias de mártires. Esta práctica expresaba tanto la amistad entre ambos gobernantes como la importancia religiosa que Roma atribuía al culto de los santos.3

La presión bizantina

El Imperio bizantino no aceptaba fácilmente la emancipación política de Roma respecto de Constantinopla. Las autoridades imperiales intentaron recuperar influencia sobre Rávena y sobre las regiones italianas vinculadas a la Iglesia romana. En 760 circularon noticias sobre posibles expediciones bizantinas contra Roma y contra los dominios francos.

Pablo informó de estos movimientos a Pipino y procuró evitar que la diplomacia bizantina aislara a la Santa Sede. En este contexto, la política papal tuvo que equilibrar tres relaciones distintas: la cooperación con los francos, la negociación con los lombardos y la defensa de la independencia eclesial frente a Constantinopla.1

Defensa territorial y misión espiritual

La actividad política de Pablo I no puede entenderse solo como una lucha por ampliar un Estado pontificio. El papa defendía también la libertad de la Iglesia romana, la seguridad de las comunidades cristianas y la conservación de bienes destinados al culto y a la asistencia de los fieles.

La defensa territorial respondía a necesidades concretas: proteger Roma, garantizar las comunicaciones, conservar el patrimonio eclesiástico y evitar que una potencia política controlase la sede apostólica. Sin embargo, esa dimensión temporal no agotaba la misión del pontífice. Pablo fomentó la vida religiosa, protegió las reliquias de los mártires, sostuvo la comunión doctrinal con la Iglesia occidental y acogió a monjes orientales perseguidos por la controversia iconoclasta.

La combinación de diplomacia y acción pastoral caracteriza su pontificado. Pablo actuó como gobernante en una Italia fragmentada, pero también como obispo de Roma, responsable de la liturgia, de la memoria de los santos y de la defensa de la fe.

La controversia iconoclasta

La crisis de las imágenes en el siglo VIII

La iconoclasia fue la oposición a la representación y veneración de Cristo, de la Virgen María y de los santos mediante imágenes. La controversia adquirió una dimensión política y religiosa durante el reinado del emperador bizantino León III, quien ordenó en 726 retirar una imagen de Cristo situada sobre las puertas del palacio imperial de Constantinopla. Después llegaron medidas oficiales contra los iconos y actos de violencia contra quienes los veneraban.4

La disputa no consistía simplemente en decidir si una pintura podía decorar una iglesia. En el fondo existía una cuestión cristológica: ¿cómo representar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre? Los iconoclastas sostenían que una imagen no podía expresar adecuadamente la unión de la divinidad y la humanidad de Cristo. Temían que representar solo su humanidad dividiese a Cristo o que representar su divinidad redujese su humanidad.5

Los defensores de las imágenes respondían desde el misterio de la Encarnación. Si el Hijo de Dios había asumido verdaderamente una naturaleza humana visible, podía representarse su humanidad. La imagen no recibía adoración como si fuera Dios: recibía veneración, y el honor dirigido a ella se refería a la persona representada. La adoración pertenecía exclusivamente a Dios.4,5

La tradición occidental concedía además a las imágenes una función catequética. Gregorio Magno había explicado que las pinturas ayudaban a los analfabetos a contemplar en los muros lo que no podían leer en los libros. Durante el siglo VIII, Roma desarrolló una intensa devoción a las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, acompañada por una notable producción artística.5

La postura de Pablo I

Pablo I defendió la doctrina católica sobre la veneración de las imágenes frente a la política religiosa del emperador Constantino V Coprónimo. Su oposición a Constantinopla no obedecía solo a intereses territoriales. El papa consideraba que estaba en juego la ortodoxia cristiana, especialmente la correcta comprensión de la Encarnación y el lugar de las imágenes en la vida litúrgica y devocional.1

El pontífice envió cartas y legados al emperador para defender la veneración de los iconos. También procuró que el rey Pipino conociera la posición de Roma. En 767, un sínodo celebrado en Gentilly, cerca de París, sostuvo la doctrina de la Iglesia sobre la Trinidad y la veneración de las imágenes. La reunión manifestó que la cuestión iconoclasta no afectaba solo al Oriente bizantino: también concernía a la unidad doctrinal de toda la Iglesia.1

La defensa de Pablo anticipó la confirmación doctrinal que llegaría con el II Concilio de Nicea, celebrado en 787 bajo el pontificado de Adriano I. Aquel concilio afirmó la legitimidad de las imágenes sagradas y distinguió entre la veneración tributada a la imagen y la adoración reservada a Dios.6,5

Actividad pastoral y religiosa en Roma

Traslado de las reliquias de los mártires

Una de las obras más significativas de Pablo I fue el traslado de numerosas reliquias desde las catacumbas romanas a iglesias situadas dentro de la ciudad. El abandono, el deterioro y las incursiones violentas habían dejado muchos santuarios suburbanos en condiciones precarias. El papa quiso proteger los restos de los mártires y asegurar su veneración litúrgica.

La iniciativa tenía un doble significado. Desde el punto de vista práctico, preservaba las reliquias frente a la destrucción. Desde el punto de vista espiritual, reforzaba la continuidad entre la Iglesia romana contemporánea y los testigos de la fe de las primeras generaciones cristianas. Entre las reliquias trasladadas figuraron las atribuidas a santa Petronila, llevadas a un mausoleo restaurado junto a San Pedro.3

Fundación de San Silvestro in Capite

Pablo convirtió su residencia familiar en un monasterio y construyó junto a ella una iglesia dedicada a san Silvestre. El complejo recibió posteriormente el nombre de San Silvestro in Capite. El papa confió el monasterio a monjes griegos que habían llegado a Roma huyendo de la persecución iconoclasta.

La presencia de estos monjes tuvo un valor religioso y cultural. Roma ofreció refugio a cristianos orientales fieles a la veneración de las imágenes y mantuvo viva la comunión entre las tradiciones latina y griega. El templo acogió también una reliquia venerada como la cabeza de san Juan Bautista, llevada desde Oriente por los monjes.3

Construcciones y restauraciones

El pontificado impulsó la construcción y restauración de iglesias romanas. Pablo restauró la iglesia de los santos Pedro y Pablo y levantó en San Pedro un oratorio dedicado a la Virgen María. La recuperación de edificios sagrados formaba parte de una política más amplia de renovación del culto y de protección de la memoria cristiana de Roma.3

La fundación de San Silvestro in Capite condujo también a la celebración de un sínodo romano en 761. El acontecimiento muestra la relación entre la actividad edilicia, la vida monástica y el gobierno doctrinal de la Iglesia romana.1

Gobierno de la Iglesia

Pablo I actuó en un periodo en el que la autoridad pontificia necesitaba afirmarse frente a poderes civiles y eclesiásticos rivales. La defensa de los derechos de la Iglesia romana en el sur de Italia, las relaciones con obispos sometidos a influencia bizantina y la protección del patrimonio apostólico ocuparon un lugar importante en su gobierno.

El papa contó con legados para comunicar sus decisiones, negociar con los gobernantes y defender la doctrina de la Iglesia. Su diplomacia buscó evitar simultáneamente la subordinación a Constantinopla y la absorción de los territorios romanos por el reino lombardo. La alianza franca ofreció el respaldo necesario, aunque obligó a Pablo a desenvolverse con prudencia entre intereses políticos cambiantes.1

Muerte y culto

Pablo I murió en 767 y recibió veneración como santo. Su memoria quedó vinculada a la protección de los mártires romanos, a la acogida de los monjes orientales perseguidos y a la defensa de la fe sobre las imágenes sagradas.

La tradición hagiográfica lo presenta como un pontífice de carácter bondadoso y preocupado por la vida religiosa de Roma, aunque su pontificado estuvo ocupado durante muchos años por negociaciones políticas. La diplomacia no constituyó una desviación de su misión espiritual: en las circunstancias del siglo VIII, proteger la libertad de la sede romana y conservar sus iglesias y reliquias formaba parte de la responsabilidad pastoral del papa.3

Valoración histórica

El pontificado de Pablo I ocupa un lugar decisivo en la consolidación de la relación entre el papado y los francos. Su gobierno mantuvo la alianza iniciada por Esteban II y contribuyó a estabilizar la posición de Roma frente a lombardos y bizantinos. La defensa territorial permitió a la Santa Sede actuar con mayor independencia, pero el programa de Pablo no quedó reducido a la política.

Su legado comprende tres dimensiones principales:

  • La defensa de Roma y del patrimonio eclesiástico frente a las amenazas lombarda y bizantina.
  • La defensa doctrinal de la veneración de las imágenes, fundada en la realidad de la Encarnación.
  • La protección de la memoria cristiana, mediante el traslado de reliquias, la restauración de iglesias y la acogida de monjes orientales.

Pablo I fue, por tanto, un pontífice de transición: gobernó una Iglesia todavía marcada por las estructuras del mundo romano y bizantino, pero cada vez más vinculada al poder franco y a la configuración política de la Europa carolingia. Su obra unió la defensa de la libertad de la Iglesia con el cuidado de la liturgia, de los santos y de la integridad de la fe.

Citas y referencias

  1. Papa Pablo I. Enciclopedia Católica, Papa Pablo I (1913). 2 3 4 5 6 7 8
  2. Papa n.o 93: San Pablo I, Magisterium AI. Breve historia de los papas de la Iglesia Católica, Papa 93 (2024). 2
  3. San Heimrad (AD 1019), Alban Butler. Vidas de los santos de Butler: Tomo II, 664 (1990). 2 3 4 5 6
  4. B2. La crisis iconoclasta, Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. Iconografía y Liturgia, 2 (2005). 2
  5. Papa Juan Pablo II. Duodecimum Saeculum, III.8 (1987). 2 3 4
  6. Iconoclasia. Enciclopedia Católica, Iconoclasia (1913).
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