El papel preeminente de Pedro entre los apóstoles fue claramente establecido por Jesús. Además de ser la «roca», Jesús le confió las llaves del Reino de los Cielos, otorgándole la autoridad para «atar y desatar» en la tierra, lo cual tendría efecto en el cielo,,. Las expresiones «atar y desatar» eran términos jurídicos judíos que significaban establecer o prohibir lo que fuera necesario para la vida de la Iglesia, y guiar espiritualmente a los fieles,. Esta autoridad no era metafórica, sino que indicaba que Pedro sería el jefe de la comunidad de creyentes y el representante especial de Cristo.
Pedro mismo era consciente de su posición especial. Con frecuencia hablaba en nombre de los demás apóstoles, pidiendo explicaciones sobre parábolas o preceptos, y haciendo la promesa formal de una recompensa. Un ejemplo claro de su liderazgo se dio cuando, ante la pregunta de Jesús «¿También vosotros queréis iros?», Pedro respondió con firmeza: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:67-69). Su profesión de fe en Cesarea de Filipo, donde reconoció a Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mateo 16:15-16), fue el momento clave en que Jesús pronunció la solemne declaración sobre el papel de Pedro.
El primado de Pedro también se manifestó después de la Resurrección. Jesús encargó a las mujeres que anunciaran la Resurrección específicamente a Pedro, distinguiéndolo de los demás apóstoles. Además, Juan esperó para que Pedro entrara primero en el sepulcro vacío, un gesto que subraya la posición de Pedro. Jesús le confió la tarea de «apacentar su rebaño» (Juan 21:15-17), reafirmando su misión de guía pastoral.