El pontificado de Benedicto IX
Benedicto IX había accedido al pontificado siendo todavía muy joven, gracias al apoyo de su familia, los condes de Tusculum. La historiografía eclesiástica tradicional describió su gobierno como especialmente turbulento y censuró su conducta personal y política. En 1044, una facción romana contraria a él consiguió expulsarlo de la ciudad.
La salida de Benedicto IX no produjo una sucesión pacífica. En lugar de restablecer un procedimiento electoral aceptado por todos, sus adversarios promovieron la elección de Juan, obispo de Sabina, que adoptó el nombre de Silvestre III. La elección respondió, por tanto, a una confrontación entre grupos de poder dentro de Roma.
La libertad de la Iglesia frente a las facciones romanas
La legitimidad de Silvestre III no puede analizarse solo con categorías políticas modernas. En el siglo XI, la cuestión fundamental consistía en determinar si una elección pontificia podía considerarse eclesialmente legítima cuando una facción nobiliaria expulsaba al pontífice anterior y colocaba en la sede romana a su propio candidato.
La elección de Silvestre tuvo lugar mientras Benedicto IX continuaba reclamando el pontificado y no había presentado una renuncia reconocida por la Iglesia. Por ello, sus adversarios podían alegar que habían liberado Roma de un gobierno indigno, pero también podían ser acusados de haber sustituido una presión aristocrática por otra. La libertad de la Iglesia exigía que la elección del obispo de Roma no dependiera de la violencia, de la compraventa del cargo ni de los intereses particulares de las familias dominantes.
La crisis de 1045 manifiesta precisamente la debilidad de las estructuras eclesiales romanas. Poco después, Benedicto IX recuperó el control de la ciudad, y el conflicto desembocó en una situación con varios pretendientes al pontificado.,,