El papado bajo la sombra de Bizancio
Entre los años 537 y 752, Roma formó parte del Imperio bizantino, y esa circunstancia condicionó la vida de la Iglesia. Los emperadores de Constantinopla intervenían en los asuntos eclesiásticos, y el exarca de Rávena, su representante en Italia, tenía la última palabra sobre la validez de la elección de cada pontífice. Esta etapa recibe el nombre de papado bizantino y se distingue por el gran número de papas de origen griego o sirio, procedentes de las comunidades orientales instaladas en la ciudad.
Esa presencia oriental enriqueció la liturgia, la devoción y la teología de la Iglesia romana, pero no eliminó la tensión permanente entre la autoridad espiritual del obispo de Roma y las pretensiones políticas del emperador.
La cuestión del Concilio Quinisexto
Desde el año 692, la relación entre Roma y Constantinopla estaba marcada por el Concilio Quinisexto, también llamado In Trullo, que el emperador Justiniano II había reunido para completar la disciplina de los concilios ecuménicos precedentes. Varios de sus cánones contradecían usos de la Iglesia romana, especialmente en materia de celibato del clero y de ayuno. El papa Sergio I se negó a firmar sus actas, y el emperador intentó apresarlo, pero las milicias de Rávena y de la Pentápolis acudieron en defensa del pontífice.
Justiniano II, depuesto y mutilado en el año 695, recuperó el trono en 705 y volvió a presionar a Roma. El papa Juan VII, predecesor inmediato de Sisinnio, recibió las actas del concilio y las devolvió al emperador sin aprobarlas expresamente ni corregirlas. El conflicto seguía abierto cuando Sisinnio llegó a la sede de Pedro.
Amenazas exteriores
Roma vivía además bajo una amenaza militar constante. El reino lombardo dominaba buena parte de la península y estrechaba el cerco sobre los territorios bizantinos; los ejércitos imperiales apenas podían proteger la ciudad, y el avance musulmán por el norte de África y el Mediterráneo occidental inquietaba a las costas italianas. En ese escenario, la defensa material de Roma recaía en gran medida sobre el papa, que actuaba como el responsable más estable de la vida de la ciudad.