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Papa Sixto II

Sixto II fue el vigésimo cuarto papa de la Iglesia católica y uno de los principales obispos de Roma martirizados durante la persecución del emperador Valeriano. Ejerció el pontificado desde el 31 de agosto de 257 hasta el 6 de agosto de 258, defendió la tradición romana sobre el bautismo administrado por herejes y murió decapitado junto con cuatro diáconos en el cementerio de Pretextato.1

Pope Sixtus II
Ver información de la imagenPapa Sixto II, c. 1480. Libro Frescos italianos del Renacimiento, 1470-1510, de Steffi Röttgen y Antonio Quattrone. París: Citadelles & Mazenod, 1997. ISBN 285088135X, Sandro Botticelli, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Sixto II
CategoríaPersona
DescripciónValidez del bautismo sin necesidad de rebautismo
TítuloPapa
Fecha de Muerte258-08-06
Lugar de MuerteCementerio de Pretextato, Roma
Contexto HistóricoPersecución del emperador Valeriano y tensiones internas en la Iglesia del siglo III.
Enseñanzas
  • Validez del bautismo sin necesidad de rebautismo
  • búsqueda de unidad eclesial mediante la paz.
Fecha de Celebración6 de agosto
Fin del Pontificado6 de agosto de 258
Importancia HistóricaDefensa de la tradición romana sobre el bautismo y reconciliación con Iglesias africanas y asiáticas.
Inicio del Pontificado31 de agosto de 257
Lugar de SepulturaCementerio de San Calixto, Roma
Personas relacionadas
TipoPapa
Virtudesbueno, pacífico

Tabla de contenido

Identidad y nombre

Sixto II aparece en las fuentes antiguas con el nombre griego Xystus. La tradición del Liber Pontificalis lo presenta como griego, aunque su origen familiar y geográfico no consta con seguridad. La identificación con un filósofo griego llamado Sixto, autor de las llamadas Sentencias de Sixto, carece de fundamento histórico suficiente.1

Su nombre puede producir confusión con otros pontífices llamados Sixto:

En la liturgia romana, el Sixto incluido en el Canon de la misa es Sixto II, no Sixto I.2

Pontificado

Elección y contexto histórico

Sixto II fue elegido obispo de Roma el 31 de agosto de 257, después del pontificado de san Esteban I. Su elección tuvo lugar en una etapa de fuertes tensiones internas y de creciente hostilidad imperial contra el cristianismo.1

El emperador Valeriano había promulgado en 257 un primer edicto contra los cristianos. La disposición obligaba a participar en el culto religioso oficial del Imperio y prohibía las reuniones cristianas en los cementerios. Las autoridades amenazaban con el exilio o la muerte a quienes desobedecieran.1

Durante los primeros meses, Sixto II pudo continuar su ministerio con cierta discreción. La situación cambió radicalmente a comienzos de agosto de 258, cuando Valeriano ordenó una persecución directa contra los obispos, presbíteros y diáconos. Una carta de san Cipriano de Cartago conserva el contenido esencial de aquella orden imperial: los dirigentes cristianos debían recibir inmediatamente la pena capital.1

Reconciliación con las Iglesias africanas y asiáticas

El pontificado de Sixto II quedó marcado por su actuación en la controversia sobre el rebautismo de los herejes, disputa que había enfrentado a la Iglesia de Roma con importantes sectores de las Iglesias de África y Asia Menor.

Su predecesor, san Esteban I, había defendido que el bautismo administrado fuera de la comunión católica era válido cuando utilizaba correctamente la fórmula trinitaria. Por esa razón, quienes regresaban a la Iglesia no debían recibir otro bautismo, sino la imposición de manos como signo de reconciliación penitencial.3

San Cipriano de Cartago y numerosos obispos africanos sostenían una posición distinta. Consideraban inválido el bautismo administrado por herejes y defendían la necesidad de bautizar de nuevo a quienes ingresaban en la Iglesia. En 256, un concilio africano reunido bajo la dirección de Cipriano envió a Roma una carta firmada por sesenta y un obispos para defender esta práctica.4

La intervención de Esteban I produjo una grave crisis. El papa exigió la observancia de la tradición romana y amenazó con la excomunión a quienes practicaran el rebautismo. La controversia llegó a poner en peligro la comunión entre Roma, África y varias Iglesias orientales.4

Sixto II adoptó una actitud más conciliadora. Pontio, biógrafo de san Cipriano, lo describe como un «sacerdote bueno y pacífico». Sin abandonar la doctrina romana sobre la validez del bautismo, restableció relaciones amistosas con las Iglesias africanas y asiáticas.1

La controversia sobre el rebautismo

La cuestión sacramental

La controversia no consistía únicamente en una diferencia disciplinar. Afectaba a la comprensión de la Iglesia, de los sacramentos y de la autoridad episcopal. La cuestión central era la siguiente: ¿puede la Iglesia reconocer como verdadero un bautismo administrado por una comunidad separada de ella?

La tradición romana defendía la validez del bautismo cuando concurrían los elementos esenciales del sacramento, especialmente el uso del agua y la invocación de la Trinidad. Desde esa perspectiva, la eficacia del bautismo procede de Cristo y no de la santidad personal del ministro ni de la plena comunión visible de la comunidad que lo administra. Por ello, repetir el bautismo supondría tratar como inexistente una acción sacramental ya realizada.3

La posición de Cipriano acentuaba, en cambio, la unidad visible de la Iglesia. Para él, quien estaba fuera de la Iglesia no podía comunicar aquello que la Iglesia recibía de Cristo. Esta perspectiva vinculaba estrechamente la validez sacramental y la comunión eclesial.4

Consecuencias eclesiológicas

La disputa contribuyó a precisar dos principios decisivos de la eclesiología católica:

  1. La unidad de la Iglesia no elimina la diversidad legítima de Iglesias particulares, pero exige una comunión efectiva con la sede de Roma.
  2. La validez sacramental no depende por completo de la condición moral o canónica del ministro, siempre que el ministro realice el rito esencial con la intención requerida.

Sixto II no puso fin mediante un tratado doctrinal conservado hasta nuestros días, pero su política favoreció la reconciliación y evitó que la controversia desembocara en una ruptura permanente. La tradición posterior de la Iglesia mantuvo la doctrina romana de no repetir el bautismo válido administrado fuera de la plena comunión católica.3

La importancia histórica de esta controversia supera el episodio concreto del siglo III. El debate ayudó a la Iglesia a distinguir entre la unidad objetiva del sacramento y la plenitud de la comunión eclesial, distinción fundamental para la teología católica posterior.

Martirio durante la persecución de Valeriano

Arresto en el cementerio de Pretextato

A comienzos de agosto de 258, las autoridades romanas intensificaron la persecución contra el clero. Sixto II reunió a su comunidad en el cementerio de Pretextato, situado junto a la vía Apia, frente al cementerio de san Calixto. Mientras permanecía sentado en la cátedra y dirigía la palabra a los fieles, un grupo de soldados irrumpió y lo detuvo.1

Las fuentes antiguas no permiten determinar con absoluta seguridad si los soldados lo decapitaron inmediatamente en el cementerio o si primero lo trasladaron ante un tribunal y después lo condujeron de nuevo al lugar de la ejecución. La segunda posibilidad parece históricamente más probable.1

San Cipriano comunicó el martirio poco después de los hechos. Su testimonio constituye una de las referencias más antiguas y relevantes:

«Habéis de saber que Sixto fue ejecutado en el cementerio el día 6 de agosto, junto con cuatro diáconos».1

La noticia de Cipriano también confirma que las autoridades romanas actuaban con especial dureza y confiscaban los bienes de los cristianos condenados.1

Los diáconos martirizados con él

Cuatro diáconos fueron apresados y ejecutados junto con Sixto II:

  • Januario.
  • Vicente.
  • Magno.
  • Esteban.

Otros dos diáconos, Felicísimo y Agapito, sufrieron el martirio probablemente el mismo día, aunque las tradiciones antiguas difieren en algunos detalles sobre los lugares de ejecución y sepultura.1

Los seis diáconos aparecen asociados a la memoria litúrgica de Sixto II. La tradición romana conservó así la imagen del obispo de Roma rodeado por sus ministros, unido a ellos en la confesión de la fe y en la muerte martirial.

Forma de la ejecución

La tradición histórica más sólida sostiene que Sixto II murió por decapitación. Algunas narraciones posteriores afirmaron que murió crucificado, probablemente a causa de una interpretación equivocada de una inscripción damasiana o de una expresión poética. La documentación antigua favorece claramente la ejecución por la espada.5

La llamada Pasión de san Sixto, conservada en diversas versiones, carece de valor histórico suficiente para reconstruir los detalles del martirio. Su contenido pertenece al desarrollo hagiográfico posterior y no debe confundirse con el testimonio temprano de san Cipriano.5

Sixto II y san Lorenzo

Un vínculo histórico

San Lorenzo fue un diácono romano relacionado históricamente con Sixto II. La tradición litúrgica conserva la memoria de ambos mártires con pocos días de diferencia: Sixto murió el 6 de agosto de 258, y Lorenzo recibió el martirio el 10 de agosto.1

La proximidad de sus fiestas y la importancia de Lorenzo en la memoria romana favorecieron la creación de relatos que presentaban una relación directa entre ambos durante los últimos momentos de Sixto.

La despedida entre el papa y el diácono

Los relatos hagiográficos narran que Lorenzo salió al encuentro de Sixto cuando los soldados conducían al papa a la ejecución. Según esa tradición, Lorenzo le reprochó que marchara al martirio sin su diácono, y Sixto le anunció que le esperaba una prueba más dura.

Esta escena aparece en los Hechos de san Lorenzo, en san Ambrosio y en el poeta Prudencio. Sin embargo, las circunstancias descritas no armonizan bien con los informes contemporáneos sobre la persecución de Valeriano. La escena pertenece probablemente a una tradición oral desarrollada después del martirio, no a un dato histórico comprobable.6

La prudencia histórica exige distinguir tres niveles:

  • Dato históricamente firme: Sixto II murió el 6 de agosto de 258 y Lorenzo murió pocos días después.
  • Tradición antigua: ambos personajes estuvieron vinculados en la comunidad clerical de Roma.
  • Relato legendario tardío: la conversación dramática durante el traslado de Sixto y los detalles concretos de la pasión de Lorenzo.

También existen dudas sobre el modo exacto de la ejecución de san Lorenzo. La parrilla incandescente pertenece a una tradición muy difundida, pero los relatos que describen sus tormentos con detalle proceden de una elaboración hagiográfica posterior. La historicidad de Lorenzo y de su martirio, en cambio, permanece firmemente asentada.6

Sepultura y memoria arqueológica

Después de su muerte, los cristianos trasladaron el cuerpo de Sixto II al cementerio de san Calixto, donde quedó enterrado en la cripta papal. Detrás de su sepulcro llegó a venerarse la cátedra ensangrentada asociada a su martirio. En el cementerio de Pretextato, lugar de la detención y ejecución, también existió un oratorio dedicado a Sixto que todavía recibía peregrinos durante los siglos VII y VIII.1

La localización de su tumba y la conservación de su memoria en las catacumbas proporcionan un vínculo directo entre la historia del pontificado romano y la arqueología cristiana. Las catacumbas no fueron únicamente lugares de enterramiento: también acogieron reuniones litúrgicas y conservaron la memoria de los obispos y mártires de la Iglesia de Roma.5

El epitafio de Dámaso I

Redacción y contexto

Un siglo después del martirio, el papa Dámaso I colocó una inscripción métrica en la tumba de Sixto II, en el cementerio de san Calixto. La inscripción pertenecía al amplio programa de recuperación y embellecimiento de los sepulcros de los mártires romanos impulsado por Dámaso entre los años 366 y 384. Algunos fragmentos fueron hallados junto al sepulcro por el arqueólogo Giovanni Battista de Rossi.1

Dámaso empleó para sus epitafios una elegante escritura monumental ejecutada por su calígrafo Furio Dionisio Filócalo. Sus composiciones, redactadas principalmente en hexámetros, no fueron simples textos ornamentales: transmitieron la memoria litúrgica y doctrinal de los mártires venerados en las catacumbas romanas.7

Valor arqueológico

El epitafio de Sixto II posee un valor arqueológico excepcional por varias razones:

  • Confirma la veneración temprana del mártir en el cementerio de san Calixto.
  • Relaciona la memoria del papa con un lugar concreto de sepultura.
  • Conserva la interpretación romana del martirio en una inscripción próxima al lugar original.
  • Ayuda a corregir tradiciones posteriores, especialmente la afirmación de que Sixto murió crucificado.
  • Integra el sepulcro en la topografía sagrada de Roma, donde las tumbas papales y martiriales formaban una red de lugares de culto.

Las inscripciones cristianas antiguas constituyen una fuente especialmente valiosa porque ofrecen testimonios materiales independientes de las narraciones literarias. Aunque su finalidad principal era funeraria y escatológica, también transmiten datos sobre los sacramentos, la resurrección, la veneración de los mártires y la autoridad de la sede apostólica.7

Valor teológico

El epitafio de Dámaso no funciona como una biografía moderna. Su propósito consiste en proclamar la victoria de Cristo en la muerte de su testigo. La inscripción interpreta el martirio desde la fe de la Iglesia: el verdugo puede quitar la vida corporal, pero no puede destruir la fidelidad del mártir ni la esperanza de la resurrección.

Dámaso presentó los sepulcros de los mártires como lugares de memoria viva. La inscripción invitaba a los cristianos a reconocer en Sixto II a un pastor que permaneció unido a su pueblo y selló su ministerio con la sangre. El monumento expresaba, por tanto, una teología de la sucesión apostólica, de la comunión de los santos y de la victoria pascual de Cristo.

La importancia teológica de los epitafios damasianos alcanza una dimensión más amplia. El papa Juan Pablo II describió las catacumbas como símbolos históricos de la victoria de Cristo sobre el mal y el pecado, y afirmó que aquellos monumentos animan a las generaciones posteriores a custodiar fielmente el depósito de la fe.8

Escritos atribuidos a Sixto II

Durante siglos, algunos autores atribuyeron a Sixto II las llamadas Sentencias de Sixto, también conocidas como el Anillo de Sixto. La atribución nació de un prólogo de Rufino que identificaba la obra con Sixto, obispo y mártir de Roma.

La investigación histórica considera que Sixto II no fue el autor de esa colección. La obra procede originalmente de un filósofo pitagórico y recibió posteriormente una reelaboración cristiana. Tampoco existe una base firme para atribuirle el tratado Ad Novatianum.1

La confusión muestra la necesidad de distinguir entre la fama espiritual de un mártir y la autoría efectiva de los escritos que la tradición le atribuye. La importancia de Sixto II no depende de una producción literaria conservada, sino de su ministerio episcopal, su defensa de la tradición romana y su testimonio martirial.

Culto litúrgico

La Iglesia católica celebra la memoria de san Sixto II y sus compañeros mártires el 6 de agosto. La liturgia romana recuerda en esa fecha al obispo de Roma y a los diáconos que murieron con él.1

Sixto II figura también en el Canon romano, junto a otros mártires de la Iglesia primitiva. Su presencia en la plegaria eucarística manifiesta la continuidad entre la celebración de la Eucaristía y el testimonio de quienes entregaron la vida por Cristo.

Su memoria litúrgica no presenta el martirio como una derrota política. La Iglesia contempla en él la culminación de un ministerio pastoral ejercido en circunstancias de persecución, y reconoce que la fidelidad sacramental y la comunión eclesial pueden exigir un testimonio radical.

Significado histórico y eclesial

El pontificado de Sixto II duró menos de un año, pero tuvo una importancia considerable en la historia de la Iglesia. Su figura reúne cuatro dimensiones fundamentales:

  • La consolidación de la tradición romana sobre el bautismo administrado por herejes.
  • La reconciliación eclesial después de la crisis entre Roma, África y Asia Menor.
  • El testimonio del episcopado romano bajo persecución imperial.
  • La transmisión arqueológica y litúrgica de la memoria martirial.

Su actuación demuestra que la defensa de la doctrina y la búsqueda de la paz eclesial no son realidades opuestas. Sixto II mantuvo la posición romana sobre el bautismo sin convertir la controversia en una ruptura definitiva con los obispos africanos y orientales. La tradición posterior recordó precisamente esa combinación de firmeza doctrinal y espíritu pacificador.1

La vida de Sixto II también permite comprender la función de las catacumbas en la Iglesia antigua. En ellas coincidían la celebración litúrgica, la sepultura, la veneración de los mártires y la transmisión de la identidad cristiana. El papa no aparece únicamente como una autoridad administrativa, sino como el pastor que preside la comunidad incluso cuando las autoridades imperiales intentan eliminar su culto y su organización.

Valoración histórica

La documentación más antigua permite afirmar con seguridad que Sixto II fue obispo de Roma, que ejerció el pontificado entre 257 y 258, que murió durante la persecución de Valeriano y que fue ejecutado junto con cuatro diáconos el 6 de agosto. San Cipriano ofrece un testimonio especialmente cercano a los acontecimientos.1

En cambio, algunos detalles pertenecen a tradiciones posteriores y requieren cautela: la escena de despedida con Lorenzo, la forma exacta de la ejecución, ciertas circunstancias del interrogatorio y diversos episodios narrados por las pasiones medievales. La investigación histórica debe conservar la veneración religiosa del santo sin confundir la liturgia y la hagiografía con una crónica contemporánea.

Sixto II permanece como uno de los grandes testigos del cristianismo romano del siglo III: un papa que buscó la unidad, mantuvo la tradición sacramental y entregó su vida junto a sus diáconos durante una de las persecuciones más intensas del Imperio romano.

Citas y referencias

  1. Papa San Sixto II. Enciclopedia Católica, Papa San Sixto II (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18
  2. Papa San Sixto I. Enciclopedia Católica, Papa San Sixto I (1913).
  3. Bautismo. Enciclopedia Católica, Bautismo (1913). 2 3
  4. San Cipriano de Cartago. Enciclopedia Católica, San Cipriano de Cartago (1913). 2 3
  5. SS. Justo y Pastor, mártires (AD 304), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Volumen III, 274 (1990). 2 3
  6. San Lorenzo. Enciclopedia Católica, San Lorenzo (1913). 2
  7. Inscripciones cristianas tempranas. Enciclopedia Católica, Inscripciones cristianas tempranas (1913). 2
  8. Papa Juan Pablo II. Mensaje al Presidente de la Comisión Pontificia de Arqueología Sagrada, Excmo. Mons. Francesco Marchisano (12 de febrero de 2002), 1 (2002).
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