El pontificado de Urbano V estuvo marcado por sus incansables esfuerzos en la reforma de la Iglesia y la búsqueda de la paz en Europa.
Reformas y Disciplina Eclesiástica
Urbano V fue un firme defensor de la pureza y el desinterés en la vida de la Iglesia. Trabajó arduamente por la reforma del clero, empezando por su propia corte, donde la venalidad de los funcionarios era notoria. Fomentó la disciplina eclesiástica y la celebración de numerosos concilios provinciales. Se negó a conceder cargos o dinero a sus propios parientes, e incluso hizo que su padre devolviera una pensión que le había otorgado el rey francés. Su hermano, a quien promovió al cardenalato, fue universalmente reconocido como digno de tal dignidad. La vida privada del Papa era la de un monje, y siempre fue accesible a quienes buscaban su ayuda.
También se preocupó por la educación, apoyando a muchas universidades existentes, como Oxford, y fomentando la fundación de nuevas, como las de Cracovia y Viena. Encomendó a los dominicos de Toulouse la custodia de las reliquias de Santo Tomás de Aquino e instruyó a la universidad de esa ciudad a seguir la enseñanza del beato Tomás como «verdadera y católica, y promoverla con el máximo de su poder».
Intentos de Pacificación y Cruzada
Urbano V persiguió activamente la paz en Europa, especialmente en Italia y Francia, que estaban asoladas por las «Compañías Libres» de mercenarios. Hizo muchos esfuerzos para lograr su dispersión o partida, y aunque sus excomuniones fueron ignoradas, continuó buscando soluciones.
También mostró gran celo por la Cruzada. En 1363, el Rey Pedro de Lusignan de Chipre y titular de Jerusalén, acudió a Aviñón en busca de ayuda contra los turcos. Urbano V predicó la Cruzada y entregó la cruz a los reyes de Francia, Dinamarca y Chipre. Aunque el espíritu cruzado estaba decayendo en Europa, el Rey de Chipre logró capturar Alejandría en 1365, si bien no pudo mantener la ciudad.
El Regreso a Roma
El evento más significativo de su pontificado fue su intento, aunque abortado, de restaurar el papado en Roma. En 1366, ignorando la oposición del rey francés y de los cardenales franceses, informó al emperador de su intención de regresar a la Ciudad Eterna. En abril del año siguiente, partió. En Corneto, fue recibido por una multitud de enviados eclesiásticos y laicos, una embajada romana con las llaves de Sant’Angelo, y el Beato Juan Colombini y sus Gesuati.
Cuatro meses después, en 1367, entró en Roma en un acto solemne, siendo el primer Papa en la ciudad en más de medio siglo,. Al contemplar el estado de la ciudad, se dice que lloró. Las grandes iglesias, incluyendo Letrán, San Pedro y San Pablo, estaban casi en ruinas, y Urbano V se dedicó de inmediato a restaurarlas y a hacer habitables las residencias papales. Se tomaron medidas para revivir la disciplina del clero y el fervor del pueblo, se encontró trabajo para todos y se distribuyó alimento a los indigentes.
Durante su estancia en Roma, estableció una nueva alianza entre el imperio y la Iglesia con el Emperador Carlos IV. También recibió al Emperador de Oriente, Juan V Paleólogo, quien buscaba ayuda contra los turcos. Sin embargo, la posición de Urbano en Italia era precaria, y la muerte del Cardenal Albornoz, quien había hecho posible su regreso, fue una gran pérdida. La inestabilidad de las ciudades, como la revuelta de Perugia, y el descontento de su corte francesa, lo llevaron a considerar regresar a Francia,.
A pesar de las súplicas de los romanos, los ruegos de Petrarca y la advertencia de Santa Brígida de Suecia de que moriría si abandonaba Italia, Urbano V decidió regresar a Aviñón,. En junio de 1370, declaró a los romanos que partía por el bien de la Iglesia y para ayudar a Francia. El 5 de septiembre, «triste, sufriente y profundamente conmovido», se embarcó en Corneto,.