El pontificado de Urbano VI, que comenzó el 8 de abril de 1378 y concluyó el 15 de octubre de 1389, fue en gran medida una serie de desventuras,. Aunque fue elegido en un intento de restaurar la papado en Roma después del exilio de Aviñón, su carácter y sus acciones precipitaron la división más profunda en la Iglesia conocida como el Gran Cisma de Occidente.
El inicio de la discordia
Desde el principio, Urbano VI demostró un temperamento «caprichoso, altivo, suspicaz y a veces colérico» en sus relaciones con los cardenales que lo habían elegido. Su inesperada elección pareció haber alterado su carácter, y su rudeza y excentricidades fueron evidentes. Santa Catalina de Siena, con valentía sobrenatural, le dirigió «observaciones muy bien fundadas» sobre su comportamiento.
Urbano VI tenía un fuerte deseo de reformar la Iglesia «en cabeza y miembros». Comenzó con la Curia, pero su enfoque carecía de la prudencia necesaria, lo que lo llevó a «abusar de los cardenales y altos dignatarios de la Iglesia». También se negó enérgicamente a devolver la sede pontificia a Aviñón, lo que aumentó la oposición.
La rebelión de los cardenales y la elección del antipapa
Las tensiones escalaron rápidamente. Los cardenales descontentos encontraron pretextos para abandonar Roma. Los cardenales franceses, que habían renovado su protesta de fidelidad al Papa en junio, se reunieron ese mismo día para declarar la ilegitimidad de la elección de abril. Finalmente, convencieron a los cardenales italianos.
El 2 de agosto, los cardenales opositores publicaron una «Declaración» que acusaba a Urbano VI y siete días después una carta encíclica con «acusaciones falsas e injuriosas». El 27 de agosto, se trasladaron a Fondi, donde estaban bajo la protección de un enemigo de Urbano y cerca de la Reina Juana de Nápoles, quien, aunque inicialmente interesada en Urbano, se había desilusionado por su forma de ser.
El 15 de septiembre, los tres cardenales italianos se unieron a sus colegas, posiblemente influenciados por la esperanza de convertirse ellos mismos en papas o por el temor de que Urbano creara veintinueve nuevos cardenales. El rey Carlos V de Francia, dudoso de la legalidad de la elección de Urbano, animó a la facción de Fondi a elegir un papa más favorable a Francia.
El 20 de septiembre de 1378, Robert de Ginebra fue elegido Papa y tomó el nombre de Clemente VII, marcando el inicio del Cisma de Occidente,. La Iglesia se dividió: la mayor parte de Alemania, Flandes e Italia (excepto Nápoles) reconocieron a Urbano, mientras que el resto de Europa occidental (excepto Inglaterra, Irlanda y los dominios ingleses en Francia) se sometió a Clemente VII. La elección de Urbano fue considerada canónica, mientras que la de Clemente fue uncanónica,.
Conflictos y reformas
El reinado de Urbano VI continuó con una serie de conflictos. Excomulgó a los cardenales rebeldes y nombró un nuevo colegio cardenalicio de veintiocho miembros, aunque cuatro se negaron a aceptar la dignidad,.
Urbano VI se enfrentó a la Reina Juana de Nápoles, quien se había pasado al bando de Clemente VII. La depuso y Carlos de Durazzo tomó su lugar, pero pronto perdió el favor del Papa por no cumplir sus compromisos con Francesco Prignano, el sobrino de Urbano, a quien el Papa mostró nepotismo. Urbano se trasladó al sur de Italia, donde fue recibido por el rey, pero luego fue encarcelado. Después de un compromiso, se trasladó a Nocera, donde sufrió un trato indigno.
La relación entre Urbano y Carlos de Durazzo se deterioró. Los cardenales «urbanistas», irritados por el comportamiento de Urbano, conspiraron para deponerlo o arrestarlo. La trama fue descubierta, y seis cardenales fueron encarcelados y torturados, y sus posesiones confiscadas. El rey y la reina de Nápoles, sospechosos de complicidad, fueron excomulgados, lo que llevó al asedio de Nocera por parte del rey.
A pesar de estos conflictos, Urbano VI logró reducir Castel Sant’Angelo y sofocar una revuelta en Roma. En 1387, proclamó una cruzada contra Clemente VII.
Legado y muerte
Uno de los actos de reforma de Urbano VI fue la fijación del intervalo entre los jubileos en treinta y tres años, con el primero programado para 1390. Sin embargo, no vivió para verlo, muriendo el 15 de octubre de 1389, posiblemente envenenado por los romanos,.
Aunque Urbano VI «podría haber sido un buen papa en circunstancias más pacíficas», fue incapaz de sanar las heridas de la Iglesia tras el exilio de Aviñón. Su temperamento inconstante y pendenciero no pudo superar la ambición de los cardenales y la indisciplina del clero y los laicos. Su pontificado, marcado por un celo reformista y un estilo confrontacional, sentó las bases para las complejidades de la política eclesiástica a finales del período medieval.
Es importante distinguirlo de otros papas con el mismo nombre, como el Beato Urbano V, quien, antes del Cisma de Occidente, se esforzó por restaurar las iglesias en ruinas de Roma y revivir la disciplina del clero, y cuyo culto fue confirmado por Pío IX en 1870. También de Urbano VIII, quien vivió siglos después y se destacó por sus reformas litúrgicas, su apoyo a las misiones y la condena de Galileo.