La doctrina católica sostiene que Jesucristo instituyó el oficio de una Cabeza Suprema en la Iglesia, confiriéndolo a San Pedro. Esta verdad se fundamenta en las Escrituras, donde Jesús designa a Simón como «Pedro» (roca) y le otorga las llaves del Reino de los Cielos, junto con el mandato de apacentar su rebaño (Mt 16,18; Jn 21,15-18)1,2,3. Este ministerio petrino es fundamental para la unidad de la Iglesia1,4.
El Concilio Vaticano I, en la Constitución «Pastor Aeternus», declaró dogmáticamente que Cristo constituyó a San Pedro como el jefe de todos los Apóstoles y la cabeza visible de toda la Iglesia militante, recibiendo de Él una primacía de verdadera y propia jurisdicción, no solo de honor2.
