San Marcos sitúa la parábola dentro de un conjunto de enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios y la eficacia de la palabra divina. El relato presenta cuatro momentos: la siembra, el crecimiento oculto, la maduración progresiva y la cosecha final.
«El reino de Dios es como si un hombre echara semilla en la tierra. Él duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo. La tierra produce fruto por sí misma: primero los tallos, luego la espiga, después el grano lleno en la espiga. Y cuando el fruto está a punto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».1
La expresión «por sí misma» traduce el adverbio griego automatē, que comunica la idea de un crecimiento espontáneo, no provocado directamente por la actividad del sembrador. El relato no atribuye autonomía absoluta a la tierra ni presenta una visión materialista de la naturaleza. La fecundidad de la tierra depende, en último término, del poder vivificante del Creador.3

