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Parábola de los dos deudores

La parábola de los dos deudores es una enseñanza de Jesucristo recogida únicamente en el Evangelio según san Lucas (Lc 7,41-43). Jesús la pronunció durante una comida en casa de Simón, un fariseo, para mostrar que quien reconoce con humildad el perdón recibido ama más que quien, creyéndose justo, no advierte su necesidad de misericordia. La parábola forma parte del encuentro entre Cristo y una mujer pecadora que manifiesta públicamente su arrepentimiento y recibe el perdón de sus pecados.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreParábola de los dos deudores
CategoríaObra
DescripciónReconocer la propia deuda; el amor crece con la gratitud por el perdón; la humildad conduce a la salvación.
ReferenciasLucas 7,41-50
Aplicación MoralReconocer la necesidad de perdón y responder con amor y humildad al que perdona.
Contexto HistóricoMinisterio público de Jesús en Galilea; cena en casa del fariseo Simón.
Interpretación TradicionalSan Agustín ve la parábola como cura espiritual para Simón; San Gregorio Magno interpreta los gestos de la mujer como conversión integral.
TemaMisericordia divina, perdón, amor que nace del perdón.
TextoUn acreedor perdona a dos deudores, uno debía 500 denarios y el otro 50; Jesús pregunta cuál amará más al ser perdonado.
TipoParábola

Tabla de contenido

Texto evangélico

Jesús presenta a un acreedor que tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como ninguno podía pagar, el acreedor perdonó la deuda a los dos. Entonces Jesús preguntó a Simón:

«¿Cuál de ellos le amará más?»

Simón respondió que amaría más aquel a quien le había perdonado la deuda mayor. Jesús aprobó su respuesta: «Has juzgado rectamente».1,2

El relato continúa con la aplicación directa de la parábola. Jesús contrapone la acogida insuficiente de Simón con los gestos de la mujer: ella bañó sus pies con lágrimas, los secó con sus cabellos, los besó y los ungió con perfume. A continuación, Cristo declaró que sus muchos pecados quedaban perdonados y concluyó: «Tu fe te ha salvado; vete en paz».1,2

Contexto narrativo

La comida en casa de Simón

San Lucas sitúa el episodio en Galilea, durante el ministerio público de Jesús. Un fariseo llamado Simón invitó a Cristo a comer en su casa. La invitación no produjo, sin embargo, una verdadera acogida interior: Simón recibió a Jesús, pero no le ofreció las atenciones habituales de hospitalidad, como agua para los pies, un beso de bienvenida o aceite para la cabeza.1,2

Durante la comida entró una mujer conocida en la ciudad por su vida pecadora. Llevaba un frasco de alabastro con perfume y, colocándose detrás de Jesús, comenzó a llorar. Sus lágrimas bañaron los pies del Señor; después los secó con sus cabellos, los besó y los ungió con el perfume.1,3

Simón juzgó interiormente tanto a la mujer como a Jesús. Pensó que, si Cristo fuera profeta, sabría qué clase de mujer le tocaba y comprendería que era pecadora. Jesús, que conocía sus pensamientos, respondió mediante la parábola de los dos deudores.1,2

La identidad de la mujer

San Lucas no proporciona el nombre de la mujer. El Evangelio la presenta únicamente como «una mujer de la ciudad, pecadora». Por ello, el texto no autoriza a identificarla directamente con María Magdalena ni con María de Betania. La tradición cristiana antigua relacionó en ocasiones estos relatos, pero los evangelios ofrecen datos narrativos diferentes y no permiten convertir esa identificación en una certeza histórica.

La tradición latina, especialmente desde san Gregorio Magno, interpretó con frecuencia el episodio como la conversión de María Magdalena. La literatura católica posterior también vinculó la escena de Lucas con otros relatos de mujeres que ungieron a Jesús. Sin embargo, la parábola aparece explícitamente dentro de la narración propia de Lucas, y el Evangelio no da el nombre de la mujer. La identificación tradicional pertenece, por tanto, al ámbito de la interpretación, no a una afirmación expresa del texto evangélico.

Personajes principales

Jesucristo

Jesús aparece como maestro, profeta y portador del perdón divino. No se limita a enseñar una norma moral: conoce los pensamientos de Simón, interpreta los gestos de la mujer y pronuncia personalmente el perdón de sus pecados. Los comensales reaccionan preguntándose quién es aquel que incluso perdona los pecados.1,2

La escena anticipa una cuestión central del Evangelio: la autoridad de Jesús procede de Dios y su cercanía con los pecadores manifiesta la misericordia divina. El relato concluye relacionando la salvación de la mujer con su fe: «Tu fe te ha salvado; vete en paz».1

Simón el fariseo

Simón representa a quien cumple exteriormente ciertos deberes religiosos, pero carece de una conciencia viva de su propia necesidad de perdón. Jesús no afirma que Simón carezca absolutamente de pecado; la parábola presupone que también él es deudor y necesita misericordia. La diferencia consiste en que Simón no reconoce interiormente esa deuda, mientras que la mujer se acerca a Cristo con humildad, dolor y confianza.2,4

San Agustín interpretó la respuesta correcta de Simón como el inicio de una posible curación espiritual: Jesús no quiso humillarlo sin más, sino conducirlo a reconocer la verdad sobre sí mismo y a abandonar su juicio severo contra la mujer.4

La mujer pecadora

La mujer actúa sin pronunciar ninguna palabra. Sus lágrimas, sus besos y el perfume expresan arrepentimiento, veneración y amor. No busca justificarse ni defender su pasado; se coloca humildemente a los pies de Jesús y confía en su misericordia.1,3

El papa Francisco interpretó sus gestos como signos de arrepentimiento y gratitud: las lágrimas manifiestan dolor y alegría, los besos expresan amor y el perfume proclama el valor que Cristo tiene para ella. La mujer desea recibir la certeza del perdón y encuentra en Jesús no condena, sino misericordia.5

El acreedor

El acreedor simboliza a Dios, que puede cancelar las deudas que el ser humano no logra pagar por sus propias fuerzas. La parábola presenta el perdón como una acción libre y generosa: el acreedor perdona a los dos deudores porque ninguno puede saldar su deuda.1,2

La imagen de la deuda expresa la realidad del pecado como ruptura de la relación con Dios y como obligación que el ser humano no puede reparar únicamente mediante sus recursos. La misericordia divina no elimina la verdad del pecado, pero concede gratuitamente el perdón al pecador arrepentido.

Significado de los dos deudores

La deuda mayor y la deuda menor

Los dos deudores representan a personas que han recibido el mismo beneficio fundamental: el perdón. La diferencia entre quinientos y cincuenta denarios permite establecer una comparación entre una deuda mayor y otra menor, pero no convierte al segundo deudor en una persona sin deuda. Ambos necesitan que el acreedor les perdone.2,4

La parábola no enseña que algunos seres humanos puedan considerarse justos por completo. Enseña que todos necesitan la misericordia divina, aunque no todos hayan cometido los mismos pecados ni posean la misma responsabilidad moral. La conciencia de una deuda mayor puede despertar una gratitud más intensa, pero la deuda menor también exige perdón.

La incapacidad de pagar

El Evangelio afirma que los dos deudores «no tenían con qué pagar». Esta frase concentra una enseñanza esencial: la salvación no procede de la autosuficiencia humana. San Agustín explicó que la parábola pretende mostrar que la mujer y Simón necesitan igualmente la curación y que el perdón recibido fundamenta el amor.4

La tradición patrística vinculó esta incapacidad con la necesidad de la gracia. La Catena aurea recoge la interpretación según la cual nadie puede librarse por sí mismo de la deuda del pecado, sino que necesita obtener el perdón mediante la gracia de Dios.2

El perdón como don gratuito

El acreedor no negocia una devolución parcial ni exige una compensación equivalente. Perdona la deuda a los dos deudores. El perdón aparece así como un don gratuito de la misericordia, no como el resultado de una capacidad humana para equilibrar la cuenta.

La mujer comprende existencialmente ese don. Sus gestos no compran el perdón, sino que manifiestan que ha acogido la misericordia. El papa Francisco describió la relación entre amor y perdón como simultánea: Dios perdona y la persona, al sentirse perdonada, responde con amor.5

«A quien poco se le perdona, poco ama»

La frase final de Jesús -«a quien poco se le perdona, poco ama»- no alaba el pecado ni presenta la multiplicación de las faltas como un bien. Jesús muestra que la intensidad del amor depende de la conciencia agradecida del perdón recibido. Quien no reconoce su necesidad de misericordia difícilmente desarrollará una profunda gratitud.1,2

La expresión también desenmascara la falsa justicia de Simón. Él juzga correctamente la lógica de la parábola, pero todavía no la aplica a su propia vida. Reconoce que el deudor perdonado en mayor medida debe amar más, aunque no comprende que él mismo necesita el perdón del Señor.

La mujer, en cambio, actúa como alguien que ha descubierto la inmensidad de la misericordia. Su amor no constituye una exhibición sentimental, sino la respuesta concreta de una conciencia arrepentida. San Gregorio Magno interpretó sus gestos como una transformación de la vida: los sentidos que antes podían haberse orientado al pecado pasan a servir a la penitencia y al amor de Dios.2

¿El amor causa el perdón o nace del perdón?

La frase «sus muchos pecados están perdonados, porque ha amado mucho» puede plantear una dificultad teológica. Leída aisladamente, parecería afirmar que el amor humano compra o causa el perdón. El conjunto del relato ofrece una interpretación más precisa.

La mujer se acerca a Jesús con fe, arrepentimiento y amor; Jesús reconoce en sus gestos la autenticidad de su conversión y declara públicamente el perdón. El amor manifiesta que la misericordia ya ha sido acogida en su corazón. La conclusión del pasaje atribuye explícitamente la salvación a la fe: «Tu fe te ha salvado».1,3

Por tanto, la parábola no enseña que las obras humanas obliguen a Dios a perdonar. Enseña que el perdón recibido produce amor y que el amor permite reconocer la profundidad de la gracia. La mujer no obtiene el perdón como quien paga una deuda; recibe la misericordia y responde a ella con una entrega amorosa.

La antigua interpretación católica resumida en la Catena aurea conserva esta doble perspectiva: el amor manifiesta el perdón recibido, mientras que la gracia divina hace posible la conversión.2

Contraste entre la mujer y Simón

Hospitalidad exterior e interior

Simón invitó a Jesús, pero no le ofreció agua para los pies, beso de bienvenida ni aceite. La mujer, que no ejercía el papel de anfitriona, realizó esos gestos con una generosidad extraordinaria. Jesús contrapuso directamente ambas actitudes.1,2

El relato distingue entre la cortesía externa y la acogida verdadera. Simón cumple formalmente con la invitación, pero mantiene distancia interior. La mujer se acerca con humildad y entrega toda su persona. El discípulo auténtico no se limita a tratar con Jesús de manera respetuosa; le abre el corazón y acepta ser transformado por Él.

Juicio y misericordia

Simón contempla a la mujer a partir de su pasado. Jesús la contempla a partir de su fe y de su conversión. El fariseo reduce a la persona a su pecado; Cristo distingue entre el pecado, que debe rechazarse, y el pecador, que necesita curación.3

El papa Francisco resumió esta enseñanza afirmando que todos somos pecadores y que la religión no puede convertirse en una excusa para considerarse superior a los demás. El reconocimiento de la propia necesidad de misericordia abre la relación salvadora con el Señor; la autosuficiencia moral la bloquea.3

La mirada de Cristo

Jesús no niega la condición pecadora de la mujer, pero tampoco permite que esa condición defina su destino. Le concede perdón, salvación y paz. La escena muestra que la misericordia no consiste en declarar bueno el pecado, sino en liberar al pecador y abrirle una vida nueva.5,3

Temas teológicos principales

La misericordia divina

La parábola revela a Dios como el acreedor misericordioso que perdona una deuda impagable. Cristo actúa como mediador de esa misericordia y ofrece a la mujer la certeza del perdón. El episodio manifiesta que la misericordia divina supera la lógica de una justicia entendida únicamente como retribución.5,6

San Cipriano empleó este pasaje para defender la esperanza de perdón para quienes habían caído gravemente y después se arrepentían. Presentó a Cristo como quien remite los pecados y recibe al penitente, y aplicó la parábola contra quienes pretendían negar la reconciliación a los pecadores arrepentidos.6

La conversión

La mujer realiza un verdadero camino de conversión. Reconoce su pecado, abandona la vergüenza paralizante, se acerca a Jesús y expresa con acciones su deseo de recibir misericordia. Jesús confirma públicamente que su fe la ha salvado y la despide en paz.1,3

La conversión no consiste únicamente en sentir remordimiento. Incluye el retorno confiado a Dios y una transformación visible de la conducta. Las lágrimas de la mujer no son una emoción aislada: forman parte de una respuesta total de fe, humildad y amor.

La fe que actúa por el amor

La conclusión del relato une fe, salvación, perdón y amor. La mujer cree en Jesús, se acerca a Él y expresa su confianza mediante gestos concretos. Cristo no alaba una fe puramente teórica, sino una fe que transforma la vida y produce una respuesta amorosa.1,7

El papa Juan Pablo II resumió la enseñanza del pasaje como una relación esencial entre la remisión de los pecados y el amor inspirado por la fe. La fe de la mujer no permanece oculta en su interior: se convierte en arrepentimiento, veneración y entrega.7

La humildad

La mujer no pretende tener derechos ante Jesús. Permanece detrás de Él, a sus pies, y deja que sus acciones hablen. Su postura expresa humildad y confianza. Simón, por el contrario, juzga desde una posición de superioridad moral.2,3

La parábola enseña que la humildad no consiste en negar la dignidad personal, sino en reconocer la verdad sobre uno mismo ante Dios. El pecador humilde puede recibir la misericordia; el pecador orgulloso puede rechazarla precisamente porque no admite necesitarla.

Interpretación de los Padres de la Iglesia

San Agustín

San Agustín entendió que Jesús dirigió la parábola también a Simón. Cristo quiso curar al fariseo de su orgullo y, al mismo tiempo, confirmar a la mujer en la certeza de que su confesión había alcanzado misericordia. Para Agustín, Jesús no acudió a la casa de Simón únicamente para comer, sino para ofrecer la salvación a todos los presentes.4

El obispo de Hipona contempló además la relación entre el perdón y el amor: el deudor al que se perdona más ama más, no porque el pecado sea bueno, sino porque la misericordia recibida despierta una gratitud más profunda.

San Gregorio Magno

San Gregorio Magno interpretó los gestos de la mujer como una conversión de los sentidos y de las facultades humanas. Los ojos que antes podían haberse orientado hacia deseos desordenados derraman lágrimas; los cabellos que podían servir a la vanidad secan los pies de Cristo; los labios que podían expresar orgullo besan los pies del Redentor; el perfume que antes servía al cuerpo se ofrece ahora al Señor.2

Esta lectura presenta la penitencia como una transformación integral. La conversión no destruye las capacidades humanas, sino que las reorienta hacia Dios.

San Cirilo de Alejandría

San Cirilo vio en la mujer pecadora a alguien que acudió a Cristo porque reconocía en Él el poder de liberarla de sus faltas. Su gesto de afecto no nace de una confianza superficial, sino de la fe en que Jesús puede conceder el perdón.2

Uso de la parábola en la vida cristiana

Reconocer la propia deuda

La parábola invita a cada cristiano a preguntarse cuál es su actitud ante el pecado. Quien únicamente observa las faltas ajenas corre el riesgo de parecerse a Simón. Quien reconoce su propia deuda puede acercarse a Dios con verdad y recibir su misericordia.

La conciencia del pecado no debe conducir a la desesperación. La mujer no permaneció encerrada en la vergüenza; llevó su pecado a Cristo. La humildad cristiana mira de frente la culpa, pero confía más en la misericordia de Dios que en la gravedad de la propia miseria.

Perdonar a los demás

Quien ha experimentado el perdón está llamado a abandonar la dureza de corazón. La parábola no elimina la necesidad de distinguir entre el bien y el mal, pero impide convertir esa distinción en desprecio hacia la persona pecadora. San Gregorio Magno recomendaba distinguir los vicios y, al mismo tiempo, tratar con compasión a la naturaleza humana.2

El perdón cristiano no significa aprobar la injusticia ni negar sus consecuencias. Significa renunciar al odio y abrir un camino de conversión, reparación y reconciliación cuando resulte posible.

Vivir con gratitud

La mujer expresa físicamente su gratitud porque comprende la grandeza del don recibido. El cristiano también manifiesta su agradecimiento mediante la oración, la caridad, la participación en la vida sacramental y una conducta renovada.

La gratitud protege contra la tibieza espiritual. Quien considera la salvación un derecho pierde la alegría del don; quien reconoce haber recibido misericordia aprende a vivir con humildad y generosidad.

Acoger al pecador arrepentido

La actitud de Jesús orienta la vida de la Iglesia. Cristo no se aleja de quien busca sinceramente la conversión. La comunidad cristiana debe mantener la verdad sobre el pecado y, al mismo tiempo, ofrecer un camino real de reconciliación y esperanza.

La misericordia no rebaja las exigencias del Evangelio. Permite que el pecador vuelva a levantarse y empiece una vida nueva. La mujer no recibe únicamente una absolución verbal: recibe paz y una nueva relación con Dios.1,5

Relación con el sacramento de la Penitencia

La parábola ilumina varios elementos de la reconciliación cristiana: reconocimiento del pecado, arrepentimiento, confianza en la misericordia divina, perdón y paz. La mujer se acerca a Cristo con dolor sincero y recibe de Él una palabra de perdón y salvación.

El pasaje no ofrece una descripción completa del sacramento de la Penitencia tal como la Iglesia lo celebra actualmente, pero manifiesta su fundamento evangélico: Cristo tiene autoridad para perdonar pecados y acoge al penitente arrepentido. La reconciliación no nace del mérito humano, sino de la gracia recibida con fe y humildad.

Diferencia respecto a otras parábolas sobre deudas

La parábola de los dos deudores no debe confundirse con la parábola del siervo sin compasión de Mt 18,21-35. Ambas utilizan la imagen de una deuda y del perdón, pero poseen contextos y objetivos diferentes.

La parábola de Lucas contrapone a la mujer pecadora con Simón y destaca el amor que nace del perdón recibido. La parábola de Mateo enseña principalmente la obligación de perdonar a los hermanos después de haber recibido el perdón de Dios.

Tampoco debe confundirse con la parábola del acreedor injusto o con otros relatos evangélicos sobre administradores y deudas. El episodio de Lc 7,36-50 posee una estructura propia: invitación a comer, gesto penitencial de la mujer, juicio interior de Simón, parábola, declaración de perdón y envío en paz.

Recepción en la tradición católica

La tradición católica ha leído la parábola como una enseñanza sobre la misericordia, la penitencia y la gratitud. Los Padres de la Iglesia vieron en la mujer un modelo de conversión sincera y en Simón una advertencia contra la autosuficiencia religiosa.2,4,6

La predicación contemporánea ha insistido en que Jesús no legitima el pecado, sino que libera al pecador de su aislamiento. El papa Francisco presentó a la mujer como alguien que abandona la vergüenza y encuentra en Cristo la certeza del perdón, mientras que describió a Simón como prisionero de una religión reducida a formalidades y juicios.5,3

Enseñanza central

La parábola de los dos deudores proclama que todos necesitan el perdón de Dios, aunque no todos hayan pecado del mismo modo o en la misma medida. La diferencia decisiva no consiste en aparentar una deuda menor, sino en reconocerla humildemente.

Simón juzga a la mujer porque no percibe su propia necesidad de misericordia. La mujer se acerca a Jesús porque sabe que no puede salvarse por sí misma. Cristo recibe su fe, perdona sus pecados y la envía en paz. De este modo, la parábola enseña que el amor cristiano nace de la gratitud por la misericordia recibida y que la humildad abre el corazón a la salvación.

Citas y referencias

  1. Lucas 7, La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Lucas 7 (1993). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16
  2. Capítulo 7, Tomás de Aquino. Catena Aurea sobre Lucas, 7.6 (1272). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19
  3. B15. Las lágrimas de la mujer pecadora que es perdonada (Lc 7:36-50), Papa Francisco. Audiencia General del 20 de abril de 2016: 15. Las lágrimas de la mujer pecadora que es perdonada (Lc 7:36-50), 1 (2016). 2 3 4 5 6 7 8 9
  4. Agustín de Hipona. Sermones sobre Lecciones Seleccionadas del Nuevo Testamento - Sermón 49, 3. 2 3 4 5 6
  5. Celebración de la penitencia, servicio de reconciliación comunitaria con confesión individual y absolución - Homilía de su santidad el Papa Francisco - Basílica del Vaticano viernes, 13 de marzo de 2015, Papa Francisco. Celebración Penitencial (13 de marzo de 2015), Celebración Penitencial (13 de marzo de 2015) (2015). 2 3 4 5 6
  6. Que la esperanza de perdón no sea denegada a los caídos, Cipriano de Cartago. Contra Novaciano, 11. 2 3
  7. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 10 de febrero de 1988, 7 (1988). 2
Modificado el 16 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.82Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/x0xtdx04s

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