La interpretación de judíos y gentiles
Algunos Padres de la Iglesia identificaron a los dos hijos con los pueblos judío y gentil. Según esta lectura, los gentiles, que no habían recibido inicialmente la Ley de Moisés, acabaron acogiendo a Cristo; mientras que muchos miembros del pueblo elegido, pese a haber recibido la promesa y la Ley, rechazaron al Mesías.
San Juan Crisóstomo relacionó la parábola con la diferencia entre quienes no habían asumido inicialmente la obediencia de la Ley, pero la manifestaron mediante sus obras, y quienes habían prometido obedecer, aunque después desobedecieron.
Esta interpretación aparece también en la tradición recogida por santo Tomás de Aquino, que considera posible entender al padre como Dios y a los dos hijos como dos pueblos.
La lectura exige, sin embargo, prudencia. La enseñanza no autoriza el desprecio del pueblo judío ni presenta la historia de la salvación como una simple sustitución humana. El centro del relato es la respuesta a la llamada de Dios: cualquier pueblo o persona puede acogerla o rechazarla.
La interpretación de justos aparentes y pecadores convertidos
Otra interpretación identifica a los dos hijos con dos clases de personas dentro del pueblo de Dios. El primero representa a los pecadores que inicialmente viven alejados de Dios, pero después se arrepienten. El segundo representa a quienes profesan obediencia y justicia, aunque no cumplen realmente la voluntad divina.
Esta lectura encaja directamente con la aplicación que Jesús hace a los sumos sacerdotes y ancianos. La cuestión decisiva no consiste en la reputación inicial, sino en la conversión efectiva. La tradición exegética ha relacionado también esta interpretación con la respuesta de los pecadores a la predicación de Juan Bautista y con la resistencia de quienes rechazaron su bautismo de penitencia.
La interpretación eclesial
Santo Tomás de Aquino recogió, además, otras posibilidades simbólicas, entre ellas la distinción entre clérigos y laicos. Esta aplicación no constituye el núcleo necesario de la parábola, pero recuerda que nadie dentro de la Iglesia queda exento de examinar la coherencia entre su vocación, sus palabras y sus actos.
La responsabilidad cristiana no depende exclusivamente del estado de vida. Todos los bautizados están llamados a responder a Dios con la vida concreta, el servicio y la caridad.