El administrador acusado
Jesús dirige la parábola a sus discípulos. Un hombre rico tiene un administrador y recibe acusaciones de que aquel está dilapidando sus bienes. Entonces lo llama y le exige cuentas de su gestión, anunciándole que ya no podrá continuar en el cargo.1,3
El administrador comprende que afronta una situación irreversible. No puede trabajar en el campo y siente vergüenza de pedir limosna. Por eso busca una solución que le garantice acogida cuando pierda su empleo.1,4
La reducción de las deudas
El administrador convoca a los deudores de su señor. Al primero le pregunta cuánto debe y, al conocer que adeuda cien medidas de aceite, le ordena modificar la cuenta y dejarla en cincuenta. Después pregunta a otro, que debe cien medidas de trigo, y reduce la deuda a ochenta.1,3
La narración presenta estas operaciones como una actuación fraudulenta o, al menos, como el aprovechamiento de su última autoridad para ganarse futuros protectores. El administrador no busca reparar el daño causado ni rendir un servicio desinteresado: actúa con rapidez para asegurar su porvenir inmediato.5,4
El elogio de la prudencia
El señor elogia al administrador no por su injusticia, sino por su prudencia. Jesús añade que los hijos de este mundo muestran, dentro de su propia generación, más sagacidad para resolver sus asuntos que los hijos de la luz en la orientación de su vida espiritual.1,5
La alabanza contiene una comparación, no una aprobación moral completa. San Agustín advierte que el cristiano no debe imitar el engaño del administrador, sino su previsión ante el futuro. La Iglesia no interpreta la parábola como una autorización para cometer fraude y entregar después parte de lo obtenido a los pobres.5


