La tradición cristiana utiliza la expresión «Buen Pastor» para referirse principalmente a Jesucristo. Sin embargo, conviene distinguir dos pasajes que a menudo aparecen unidos bajo una misma denominación.
La oveja perdida en el Evangelio según san Lucas
En Lucas 15, 1-7, Jesús responde a la murmuración de fariseos y escribas, que criticaban su acogida a publicanos y pecadores. El Señor presenta a un pastor que posee cien ovejas y, al perder una, deja las noventa y nueve para buscar la extraviada hasta encontrarla. Después la carga sobre sus hombros con alegría y convoca a sus amigos para celebrar el hallazgo.
El centro de esta parábola no reside en la organización del rebaño ni en la autoridad del pastor, sino en la iniciativa misericordiosa de Dios, que busca al pecador y se alegra con su conversión. Jesucristo interpreta el relato afirmando que también hay alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente.1
Los Padres recogidos en la Catena aurea leen la oveja perdida como una figura de la humanidad caída por el pecado. San Gregorio Magno interpreta que el pastor carga sobre sus hombros al hombre rescatado porque Cristo asumió la naturaleza humana y tomó sobre sí nuestros pecados.1
El discurso del Buen Pastor en el Evangelio según san Juan
Juan 10, 1-18 no constituye una parábola breve en sentido estricto, sino una alegoría cristológica o discurso simbólico. Jesús emplea varias imágenes relacionadas:
- El redil.
- La puerta de las ovejas.
- El pastor legítimo.
- El ladrón y el salteador.
- El asalariado.
- El lobo.
- Las ovejas que escuchan la voz del pastor.
- El único rebaño bajo un solo pastor.
El discurso alcanza su punto culminante cuando Jesús proclama:
«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).
Aquí Jesús no habla solamente de la acción de Dios en favor del pecador, sino que revela su propia identidad y su misión salvadora. Él conoce personalmente a sus ovejas, las llama, las conduce y entrega libremente su vida por ellas. La tradición teológica ha entendido este pasaje como una de las grandes manifestaciones de la divinidad de Cristo y de su obra redentora.



