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Parábola del fariseo y el publicano

La parábola del fariseo y el publicano es una enseñanza de Jesucristo recogida en el Evangelio según san Lucas (18,9-14). Dos hombres acuden al templo para orar: el fariseo confía en sus propias obras y desprecia a los demás; el publicano reconoce humildemente su pecado y pide misericordia. Jesús concluye que el publicano regresó a su casa justificado, porque «todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».1

The Parable of the Pharisee and the Publican, Daniel Cottier 1865 - Stained Glass Museum
Ver información de la imagenVidriera de la parábola del fariseo y el publicano de Daniel Cottier, fabricada por Field & Allan, 1865. De la iglesia Trinity, Irvine, Ayrshire, c. 2024. Original, The wub, CC0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreParábola del fariseo y el publicano
CategoríaPersona
DescripciónHumildad y arrepentimiento llevan a la justificación
Aplicación MoralInvita a evitar el juicio arrogante y a reconocer la propia pecaminosidad
Contexto BíblicoEnseñanza de Jesús sobre la forma correcta de orar
Contexto HistóricoIncluida en el Evangelio de Lucas junto a la parábola del juez injusto y la viuda
Enseñanzas
Importancia EclesialReferida en homilías de Juan Pablo II y Francisco; citada en la catequesis y liturgia
Interpretación TradicionalSan Agustín, San Juan Crisóstomo y Santo Tomás de Aquino resaltan la contraposición orgullo-humildad
TemaHumildad vs. soberbia en la oración
TextoLucas 18,9-14
TipoFigura bíblica, Parábola

Tabla de contenido

Texto evangélico

Jesús dirige la parábola «a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás». Esta introducción ofrece la clave de lectura: el relato no contrapone simplemente a un hombre moralmente bueno y a otro moralmente malo, sino dos maneras de situarse ante Dios y ante el prójimo.1

Dos hombres suben al templo para rezar. Uno es fariseo; el otro, publicano. El fariseo permanece de pie y dice:

«Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».1

El publicano, en cambio, permanece a distancia, no se atreve a levantar los ojos al cielo, se golpea el pecho y pronuncia una oración breve:

«Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador».1

Jesús añade:

«Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».1

Contexto dentro del Evangelio de san Lucas

La parábola forma parte de la enseñanza de Jesús sobre la oración y la confianza en Dios. Inmediatamente antes, san Lucas narra la parábola del juez injusto y la viuda insistente, centrada en la perseverancia. La parábola del fariseo y el publicano completa esa enseñanza mostrando cómo debe orar el discípulo: no desde la autosuficiencia, sino desde la humildad y la confianza en la misericordia divina.2

San Lucas presenta desde el comienzo el problema espiritual que Jesús quiere corregir: la confianza puesta en uno mismo y el desprecio hacia los demás. Por tanto, la parábola no condena la oración frecuente, el ayuno o la limosna en sí mismos. La denuncia recae sobre la soberbia que convierte las obras buenas en motivo de vanagloria y de juicio contra el prójimo.

Los dos personajes

El fariseo

El fariseo pertenece a un grupo religioso judío conocido por su observancia rigurosa de la Ley. En la parábola, sus prácticas religiosas no son necesariamente malas: ayuna dos veces por semana y entrega el diezmo de sus bienes. Jesús no reprocha esas acciones por sí mismas, sino la disposición interior con que las presenta ante Dios.

El hombre comienza dando gracias, pero su oración se transforma rápidamente en una enumeración de méritos personales. No pide perdón, no suplica ayuda y no reconoce ninguna necesidad espiritual. Su referencia al publicano convierte la oración en una comparación humillante: considera su propia justicia superior porque contempla los defectos del otro.

San Agustín observa que el fariseo no encuentra en sus palabras una verdadera petición dirigida a Dios; en lugar de suplicar, se alaba a sí mismo y desprecia al hombre que está rezando cerca de él.3

El problema del fariseo no consiste en practicar el ayuno o entregar el diezmo, sino en atribuirse la justicia como si pudiera presentarse ante Dios con derechos propios. La piedad exterior ha perdido su finalidad: conducir al amor de Dios y del prójimo.

El publicano

El publicano era un recaudador de impuestos. En la sociedad judía de la época, su oficio estaba asociado a la colaboración con la autoridad romana y a posibles abusos económicos. El relato no detalla sus faltas concretas, pero el hombre reconoce su condición pecadora y acude al templo sin pretensiones.

Su actitud corporal expresa arrepentimiento: permanece lejos, evita levantar la mirada y se golpea el pecho. No compara su vida con la de los demás ni intenta justificar sus acciones. Su oración contiene una petición sencilla: pide a Dios compasión.

La distancia física no significa alejamiento definitivo de Dios. Paradójicamente, su humildad lo acerca al Señor, porque reconoce la verdad sobre sí mismo y deja espacio para la misericordia. San Agustín resume esta paradoja afirmando que el publicano estaba lejos en el templo, pero cerca de Dios por la piedad de su corazón.3

El significado de la justificación

La afirmación central de Jesús es que el publicano «bajó a su casa justificado». En el lenguaje bíblico, la justificación expresa la acción por la que Dios concede al pecador una relación recta con Él. La parábola enseña que nadie puede apropiarse de la justicia como una conquista independiente de la gracia.

El publicano no presenta méritos para exigir una recompensa. Reconoce su pecado y confía en la misericordia. El papa san Juan Pablo II explicó que el fariseo acudió al templo para proclamar su propia justicia, mientras que el publicano confesó su pecado y regresó llevando consigo el perdón de Dios.4

La justificación del publicano tampoco significa que el pecado carezca de importancia. Su oración nace precisamente de la conciencia del pecado y del arrepentimiento. La misericordia divina no llama bueno al mal; transforma al pecador que vuelve sinceramente a Dios.

Humildad y soberbia

La parábola contrapone dos actitudes fundamentales:

  • La soberbia, que atribuye todo el bien a uno mismo, busca la aprobación y juzga al prójimo.
  • La humildad, que reconoce los dones recibidos, confiesa el pecado y espera la salvación de Dios.

La humildad cristiana no consiste en negar las capacidades personales ni en afirmar falsamente que una persona carece de cualidades. Consiste en reconocer que todo bien procede, en último término, de Dios, y que nadie puede situarse como juez absoluto de los demás.

La soberbia puede incluso infiltrarse en las prácticas religiosas. Una persona puede rezar, ayunar, dar limosna o cumplir normas y, al mismo tiempo, utilizar esas obras para alimentar el orgullo. La tradición patrística, recogida en la interpretación de santo Tomás de Aquino, advierte que el fariseo no fue condenado por sus obras buenas, sino por confiar orgullosamente en ellas y despreciar al prójimo.5

La oración del publicano

La invocación del publicano constituye una de las oraciones penitenciales más importantes del Evangelio:

«Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador».1

Su brevedad revela varios elementos esenciales de la oración cristiana:

Reconocimiento de Dios

El publicano comienza dirigiéndose a Dios. No se encierra en la culpa ni convierte el arrepentimiento en una contemplación desesperada de sí mismo. Mira hacia Dios, aunque no levante físicamente los ojos al cielo.

Confesión del pecado

No utiliza excusas ni desplaza la culpa hacia otras personas. Reconoce su condición de pecador. La confesión cristiana no equivale a despreciar la propia dignidad, sino a aceptar la verdad para recibir la gracia.

Petición de misericordia

El publicano no exige, negocia ni presume. Suplica que Dios tenga compasión de él. Su esperanza descansa en el carácter misericordioso del Señor, no en sus propios logros.

Confianza

La humildad del publicano no termina en la desesperación. Su gesto penitencial expresa dolor, pero su oración demuestra confianza: acude al templo porque todavía espera el perdón.

Jesús no condena las buenas obras

Una lectura superficial podría sugerir que Jesús rechaza el ayuno, el diezmo o el cumplimiento de la Ley. Esa interpretación contradice el sentido de la parábola. El relato no afirma que las buenas obras carezcan de valor, sino que pierden su auténtico significado cuando alimentan la soberbia.

El fariseo presenta sus obras como fundamento de superioridad. El publicano, en cambio, no presume de nada y se abandona a la misericordia. La enseñanza exige integrar las obras buenas dentro de una relación filial con Dios: el creyente actúa bien por amor y gratitud, no para comprar la salvación ni para despreciar a quienes todavía necesitan conversión.

El papa Francisco explicó que el fariseo observa los preceptos, pero olvida el mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo. Su oración parece dirigida a Dios, aunque en realidad se convierte en una celebración de sí mismo.2

La crítica al juicio contra el prójimo

El fariseo no se limita a reconocer su propia conducta. Necesita compararse con el publicano para sentirse justo. Su identidad depende de establecer una frontera entre «los buenos», donde él se coloca, y «los pecadores», donde sitúa al otro.

Jesús invierte esta lógica. El hombre considerado indigno regresa justificado, mientras que el hombre considerado ejemplar no obtiene la aprobación divina. La inversión no glorifica la injusticia ni condena automáticamente a quienes procuran vivir rectamente. Denuncia el juicio arrogante que convierte la religión en un instrumento de superioridad.

La tradición cristiana ha advertido que despreciar al prójimo perjudica a quien juzga, daña a la comunidad y puede alejar de la fe a quienes reciben ese desprecio.5

Interpretación de los Padres de la Iglesia

San Agustín

San Agustín centra su interpretación en el contraste entre orgullo y humildad. El fariseo dice que da gracias a Dios, pero su supuesto agradecimiento no contiene petición alguna; se convierte en autoalabanza. Además, toma al publicano como ocasión para aumentar su orgullo.

El publicano, por el contrario, reconoce su culpa. Su conciencia lo mantiene inclinado, pero la esperanza lo levanta. Para san Agustín, la confesión humilde abre el camino al perdón porque permite que el pecador se presente ante Dios sin ocultar su herida.3

San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo insiste en que la gratitud a Dios no puede convertirse en insulto contra los demás. El cristiano no honra al Señor cuando utiliza sus dones para condenar al prójimo. La oración auténtica dirige la mirada a Dios y purifica la relación con los otros.5

San Basilio y san Gregorio Magno

San Basilio distingue entre la soberbia interior y el desprecio exterior: una persona puede exaltarse a sí misma o humillar verbalmente a los demás, pero ambas actitudes nacen de la misma raíz. San Gregorio Magno describe diversas formas de orgullo, entre ellas atribuirse el bien recibido, considerarse superior y presumir de virtudes que quizá ni siquiera posee.5

Santo Tomás de Aquino

La Catena aurea, compilación de comentarios patrísticos realizada por santo Tomás de Aquino, presenta la parábola como una enseñanza sobre la humildad y la oración. La piedad del fariseo queda esterilizada por el orgullo; la confesión del publicano, en cambio, lo dispone a recibir la misericordia.5

Lectura cristológica y espiritual

La parábola revela el modo en que Dios mira el corazón. Los hombres suelen valorar la posición social, la reputación y las obras visibles. Dios mira la verdad interior y acoge al pecador que se arrepiente.

El relato también anticipa un tema central del Evangelio: la salvación es don de Dios. Nadie puede presentarse ante el Señor como propietario de la gracia. Las obras cristianas tienen valor, pero nacen de la gracia y deben conducir a la caridad.

El publicano encarna al hombre que espera la salvación. No se gloría en sus méritos, sino en el Señor. Esta actitud corresponde al espíritu de la alianza, porque reconoce que la relación con Dios depende de la misericordia divina y no de la autosuficiencia humana.6

Aplicación a la vida cristiana

En la oración personal

La parábola invita a examinar la calidad de la oración. Una persona puede hablar mucho de Dios sin abrir realmente el corazón ante Él. La oración cristiana exige sinceridad, adoración, acción de gracias, petición y arrepentimiento.

La invocación del publicano puede servir como oración breve durante el día, especialmente en momentos de tentación, culpa o desconcierto. Su fuerza no procede de una fórmula mágica, sino de la verdad con que el creyente reconoce su necesidad de Dios.

En el sacramento de la Penitencia

La actitud del publicano ilumina la confesión sacramental. El penitente no acude para demostrar que es mejor que otros, sino para reconocer sus pecados, pedir perdón y recibir la gracia de Cristo. La vergüenza no debe convertirse en una barrera definitiva: el arrepentimiento abre la puerta a la misericordia.

En la vida comunitaria

La parábola interpela a las comunidades cristianas. Una parroquia, asociación o grupo puede conservar prácticas religiosas y, sin embargo, perder el espíritu del Evangelio si desprecia a los débiles, a los pecadores o a quienes todavía buscan la fe.

La comunidad cristiana debe mantener la verdad moral sin convertirla en soberbia. La corrección fraterna necesita caridad, paciencia y conciencia de la propia fragilidad.

En la conciencia personal

El fariseo y el publicano no son únicamente personajes externos. Ambas actitudes pueden convivir en el interior de una misma persona. El creyente puede realizar obras buenas y, al mismo tiempo, buscar reconocimiento o juzgar con dureza.

La parábola invita a preguntar:

  • ¿Doy gracias a Dios o utilizo la religión para elogiarme?
  • ¿Reconozco mis pecados con sinceridad?
  • ¿Juzgo a los demás para evitar mirar mi propia vida?
  • ¿Confío en la misericordia divina?
  • ¿Mis obras me conducen al amor o a la superioridad?

Sentido de la sentencia final

«Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» resume la lógica del Reino de Dios. El Señor derriba la falsa grandeza y eleva al humilde. Esta inversión aparece repetidamente en el Evangelio: los últimos pueden llegar a ser primeros; los pequeños reciben la revelación; quienes reconocen su pobreza espiritual acogen la gracia.

La humildad no constituye una estrategia para obtener reconocimiento. Si alguien se humilla con la intención de parecer humilde, vuelve a caer en la misma búsqueda de gloria personal. La verdadera humildad nace de la verdad: Dios es Dios, la persona es criatura, el pecado necesita perdón y todo don procede de la gracia.

Vigencia de la parábola

La parábola conserva una actualidad permanente porque la tentación del fariseo puede adoptar formas modernas. Puede aparecer en la autosuficiencia moral, en el desprecio hacia quienes han caído, en la comparación constante, en la superioridad intelectual o en la utilización de la práctica religiosa para obtener prestigio.

También puede aparecer en quienes se sienten indignos y creen que ya no pueden acercarse a Dios. El publicano enseña que el arrepentimiento no exige presentarse como digno, sino acudir con un corazón sincero. El papa san Juan Pablo II explicó que el pecador arrepentido puede sentirse indigno ante Dios y, al mismo tiempo, confiar en su misericordia.7

La parábola no autoriza a permanecer voluntariamente en el pecado. El publicano vuelve a casa justificado porque reconoce su culpa y se abre a Dios. La misericordia recibida impulsa a la conversión, a la reparación y a una vida renovada.

Conclusión

La parábola del fariseo y el publicano enseña que Dios no mide la oración por la apariencia religiosa ni por la cantidad de méritos proclamados. El fariseo se encierra en su propia justicia; el publicano abre el corazón a la misericordia. Jesús presenta la humildad arrepentida como el camino que conduce a la justificación.

El centro de la parábola no es la comparación entre dos categorías sociales, sino la elección entre dos actitudes ante Dios: la autosuficiencia orgullosa o la confianza humilde. El discípulo de Cristo debe reconocer los dones recibidos, practicar el bien, evitar el juicio arrogante y repetir con sinceridad la oración del publicano: «Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador».

Citas y referencias

  1. La Santa Biblia, La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Lucas 18:9-14 (1993). 2 3 4 5 6
  2. B21. La oración humilde obtiene misericordia (cf. Lc 18:9-14), Francisco. Audiencia General del 1 de junio de 2016: 21. La oración humilde obtiene misericordia (cf. Lc 18:9-14), 1 (2016). 2
  3. Agustín de Hipona. Sermones sobre lecciones seleccionadas del Nuevo Testamento - Sermón 65, 2. 2 3
  4. El Papa concluyó así su homilía en lengua italiana: Juan Pablo II. María Bernarda (Verena) Bütler (1848-1924) - Homilía de beatificación, 8.
  5. Capítulo 18, Tomás de Aquino. Catena Aurea sobre Lucas, 18.2 (1272). 2 3 4 5
  6. Dicasterio de las Causas de los Santos. María Teresa Scherer: Homilía de beatificación (29 de octubre de 1995), 6 (1995).
  7. B26 de octubre de 1986: Estadio de fútbol de Perugia - Homilía, Juan Pablo II. 26 de octubre de 1986: Estadio de fútbol de Perugia - Homilía, 7 (1986).
Modificado el 15 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.79Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/frbk26ndt

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