El fariseo
El fariseo pertenece a un grupo religioso judío conocido por su observancia rigurosa de la Ley. En la parábola, sus prácticas religiosas no son necesariamente malas: ayuna dos veces por semana y entrega el diezmo de sus bienes. Jesús no reprocha esas acciones por sí mismas, sino la disposición interior con que las presenta ante Dios.
El hombre comienza dando gracias, pero su oración se transforma rápidamente en una enumeración de méritos personales. No pide perdón, no suplica ayuda y no reconoce ninguna necesidad espiritual. Su referencia al publicano convierte la oración en una comparación humillante: considera su propia justicia superior porque contempla los defectos del otro.
San Agustín observa que el fariseo no encuentra en sus palabras una verdadera petición dirigida a Dios; en lugar de suplicar, se alaba a sí mismo y desprecia al hombre que está rezando cerca de él.
El problema del fariseo no consiste en practicar el ayuno o entregar el diezmo, sino en atribuirse la justicia como si pudiera presentarse ante Dios con derechos propios. La piedad exterior ha perdido su finalidad: conducir al amor de Dios y del prójimo.
El publicano
El publicano era un recaudador de impuestos. En la sociedad judía de la época, su oficio estaba asociado a la colaboración con la autoridad romana y a posibles abusos económicos. El relato no detalla sus faltas concretas, pero el hombre reconoce su condición pecadora y acude al templo sin pretensiones.
Su actitud corporal expresa arrepentimiento: permanece lejos, evita levantar la mirada y se golpea el pecho. No compara su vida con la de los demás ni intenta justificar sus acciones. Su oración contiene una petición sencilla: pide a Dios compasión.
La distancia física no significa alejamiento definitivo de Dios. Paradójicamente, su humildad lo acerca al Señor, porque reconoce la verdad sobre sí mismo y deja espacio para la misericordia. San Agustín resume esta paradoja afirmando que el publicano estaba lejos en el templo, pero cerca de Dios por la piedad de su corazón.