La enciclopedia católica en español

Parábola del rico epulón y el pobre Lázaro

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, narrada en Lucas 16,19-31, presenta el contraste entre una vida entregada al lujo y una pobreza abandonada a la puerta de una casa. Jesús enseña que la indiferencia ante el necesitado compromete radicalmente la relación con Dios, que la muerte revela la verdad de las decisiones humanas y que la conversión exige escuchar la Ley y los Profetas.

Codex Aureus Epternacensis (Golden Gospels), Illuminated Manuscript; Parable of the Rich Man and the Beggar Lazarus, Folio
Ver información de la imagenCódice Aureus Epternacensis (Evangelios de Oro), manuscrito iluminado; Parábola del hombre rico y Lázaro mendigo, folio 78 recto, c. 1035. El proyecto Yorck (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distribuido por DIRECTMEDIA Publishing GmbH. ISBN: 3936122202, Maestro del Códice Aureus Epternacensis, Dominio público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreParábola del rico epulón y el pobre Lázaro
CategoríaObra
DescripciónIndiferencia ante el necesitado es pecado; la riqueza debe usarse con justicia; escuchar a Moisés y los Profetas basta para la conversión; la muerte revela la verdad moral de la vida
Aplicación MoralAbrir la puerta al pobre, compartir bienes, actuar con misericordia
AutorLucas
Contexto BíblicoLucas 16:19-31
Interpretación TradicionalAdvertencia contra la avaricia y la falta de caridad; Lázaro representa a los pobres y al hermano menor de Cristo
ObservacionesÚnico personaje con nombre propio en parábolas de Jesús; la puerta simboliza la oportunidad de conversión
Personas RelacionadasLázaro, el rico epulón, Abraham, Jesús
TemaRiqueza, indiferencia, juicio después de la muerte, responsabilidad moral de los bienes
TipoParábola

Tabla de contenido

Texto evangélico y ubicación

La parábola forma parte del gran viaje de Jesús hacia Jerusalén, dentro de una sección del Evangelio según san Lucas dedicada a la conversión, el uso de los bienes, la misericordia y la llegada del Reino de Dios. El relato aparece inmediatamente después de varias enseñanzas sobre la riqueza y la administración de los bienes, y antes de otros dichos de Jesús acerca del escándalo, la fe y el perdón.

Lucas presenta a dos personajes contrapuestos:

  • Un hombre rico, vestido con púrpura y lino fino, que celebra banquetes espléndidos todos los días.
  • Lázaro, un mendigo cubierto de llagas, tendido junto a la puerta del rico y deseoso de alimentarse con las sobras de la mesa.

El rico carece de nombre propio, mientras que el pobre recibe el nombre de Lázaro, forma griega del nombre hebreo Eleazar, cuyo significado habitual es «Dios ayuda». El evangelista reserva así una identidad personal y teológica al hombre que la sociedad ignora.1

El relato culmina con la muerte de ambos, el consuelo de Lázaro junto a Abraham, el sufrimiento del rico, la imposibilidad de atravesar el abismo que los separa y la negativa de Abraham a enviar un mensajero extraordinario a los hermanos del condenado. La enseñanza final remite a Moisés y los Profetas: quien no escucha la revelación recibida tampoco aceptará necesariamente un signo procedente del mundo de los muertos.2

El relato de la parábola

El rico epulón

El Evangelio no ofrece el nombre del rico. Lo caracteriza mediante su vestimenta y su conducta. La púrpura simbolizaba una posición elevada y un gran poder económico; el lino fino expresaba refinamiento y ostentación. Además, el rico no celebra de manera ocasional, sino que vive instalado en el banquete cotidiano.

La parábola no condena mecánicamente el hecho de poseer bienes materiales. La condena nace del uso egoísta de la riqueza y de la incapacidad para reconocer al ser humano que sufre. Juan Pablo II explicó que el rico no fue condenado simplemente por poseer riquezas, vestir con lujo o disfrutar de abundancia, sino porque no prestó atención a Lázaro, situado ante su propia puerta.3

El rico tampoco aparece como un perseguidor violento. El evangelio no relata que golpeara a Lázaro, lo expulsara o pronunciara insultos contra él. Su pecado adquiere una forma más silenciosa: la indiferencia. Puede contemplar al pobre, pero no lo reconoce como prójimo. La abundancia ha cerrado su mundo interior.

Lázaro ante la puerta

Lázaro yace a la puerta del rico, cubierto de llagas y hambriento. La puerta constituye un elemento central del relato. No separa a dos desconocidos distantes, sino a dos personas que viven en una proximidad inmediata. El sufrimiento de Lázaro permanece literalmente al otro lado del umbral.

Los perros lamen sus heridas, mientras nadie le ofrece alimento ni cuidados. La imagen invierte las expectativas de una sociedad que consideraba la enfermedad, la pobreza y la impureza motivos de exclusión. Los animales muestran más cercanía que los seres humanos. El pobre no reclama un banquete: desea únicamente las migajas que caen de la mesa.

El nombre de Lázaro recuerda que Dios no olvida al que los hombres abandonan. El rico, en cambio, queda reducido a su condición social: «el rico». El papa Francisco observó que Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús que recibe nombre propio, mientras el rico queda sin nombre. La narración otorga así memoria y dignidad al pobre, no al poderoso que vivió encerrado en sí mismo.1

La muerte de los dos personajes

La muerte elimina la diferencia exterior entre ambos. El pobre y el rico mueren; ninguno escapa al destino común de la humanidad. El rico recibe sepultura, mientras los ángeles llevan a Lázaro junto a Abraham. La narración no describe una simple inversión sociológica, sino una revelación del juicio de Dios sobre la orientación moral de la existencia.

La riqueza terrena no garantiza la bendición definitiva, ni la pobreza constituye por sí misma una condena o una salvación automática. La parábola valora la respuesta personal ante el don de Dios y ante el hermano necesitado. La pobreza de Lázaro no aparece como una virtud mágica, pero su abandono manifiesta la falta de misericordia del rico.

El estado intermedio y la escatología final

La escena después de la muerte

La segunda parte de la parábola presenta a Lázaro «junto a Abraham» y al rico en un lugar de tormento. Esta escena pertenece al ámbito de la existencia humana después de la muerte y antes de la consumación final, lo que la teología católica denomina tradicionalmente el estado intermedio.

La parábola no ofrece una descripción sistemática de la escatología cristiana. Jesús utiliza imágenes conocidas por sus oyentes -el seno de Abraham, el fuego, la distancia y el abismo- para anunciar la seriedad irreversible del juicio de Dios. No conviene convertir cada detalle narrativo en un mapa literal del más allá. San Agustín, por ejemplo, mostró cautela ante una lectura estrictamente literal de las descripciones del otro mundo.4

La expresión «seno de Abraham» designa en la tradición cristiana antigua la condición de los justos que esperan la plenitud de la salvación. No equivale todavía a la resurrección universal, al juicio final ni a la consumación definitiva del Reino. El relato habla de una condición posterior a la muerte en la que la verdad moral de la vida ya ha quedado manifestada.

El juicio particular

La separación entre Lázaro y el rico muestra que la muerte no borra la responsabilidad moral. El rico conserva conciencia de su situación, reconoce a Abraham y recuerda a sus hermanos. Sin embargo, ya no puede modificar su destino ni reparar la indiferencia practicada durante la vida.

La imagen del «gran abismo» expresa la irreversibilidad de la decisión moral después de la muerte. Durante la vida, la puerta del rico podía abrirse; después de la muerte, la distancia queda fijada. El papa Francisco interpretó la puerta como la oportunidad concreta de salvación que el rico tuvo ante sus ojos: Lázaro estaba allí, al alcance de su compasión, pero el rico no actuó. Tras la muerte, la separación resulta irreparable.1

No constituye una descripción completa del juicio final

La parábola no debe confundirse con el relato del juicio final de Mateo 25, aunque ambos textos presentan una relación profunda. Mateo describe la manifestación universal del Hijo del Hombre y el juicio de las naciones; Lucas 16 utiliza una narración sapiencial sobre el destino del rico y del pobre después de la muerte.

La enseñanza de Lucas no pretende resolver todos los aspectos de la doctrina sobre el purgatorio, la resurrección de los cuerpos, el juicio universal o la renovación definitiva de la creación. Presenta, ante todo, la certeza de que la muerte no hace indiferente la vida moral y de que Dios juzga la falta de misericordia.

La relación con la tradición profética del Antiguo Testamento

La Ley y los Profetas como llamada a la justicia

Abraham concluye el diálogo con el rico diciendo que sus hermanos tienen «a Moisés y a los Profetas». Esta referencia conecta la parábola con toda la tradición bíblica que exige defender al pobre, al huérfano, a la viuda y al extranjero.

Los profetas de Israel denunciaron repetidamente la acumulación egoísta de riqueza, la opresión económica, el fraude, la explotación del jornalero y la indiferencia ante el necesitado. La injusticia social no constituía para ellos un asunto meramente político o económico: revelaba una ruptura de la alianza con Dios.

La parábola prolonga esa tradición. El rico no puede alegar ignorancia religiosa. Sus hermanos poseen la revelación de Moisés y de los Profetas, que ya les enseña a compartir los bienes y a practicar la misericordia. El problema no consiste en la falta de información, sino en la negativa a escuchar y obedecer.

La riqueza como responsabilidad

La tradición profética no presenta los bienes materiales como malos en sí mismos. La tierra, el trabajo, el alimento y la prosperidad pueden recibirse como dones de Dios. El pecado aparece cuando la riqueza se transforma en autosuficiencia, dominio y olvido del prójimo.

La parábola muestra precisamente ese fracaso. El rico disfruta de recursos suficientes para aliviar el sufrimiento de Lázaro, pero utiliza su abundancia sin relación con la necesidad que tiene delante. Su casa, su mesa y su puerta se convierten en símbolos de una sociedad cerrada.

Juan Pablo II aplicó esta enseñanza a las relaciones económicas, políticas y sociales contemporáneas. La parábola exige una apertura real hacia los pobres, los pueblos desfavorecidos y quienes carecen de condiciones dignas de vida. La riqueza y la libertad implican una responsabilidad especial hacia los demás, porque todos poseen la misma dignidad como criaturas hechas a imagen de Dios y redimidas por Cristo.3

La justicia social como exigencia de la caridad

La parábola no reduce la caridad a una emoción pasajera. El rico puede haber sentido compasión ocasional, pero nunca permite que la miseria de Lázaro transforme su modo de vivir. La caridad cristiana requiere atención, cercanía y ayuda efectiva.

Juan Crisóstomo insistió en que la posesión de riquezas no salva por sí misma. El rico puede entrar en la Iglesia y participar en la mesa espiritual, pero debe liberarse de la riqueza entendida como carga y convertir sus bienes en instrumentos de comunión. El santo reprocha especialmente que alguien desprecie al pobre o sienta vergüenza de tratarlo con dignidad.5

Principales símbolos del relato

La puerta

La puerta representa la posibilidad de encuentro y, al mismo tiempo, la frontera de la indiferencia. Lázaro no aparece lejos del rico: permanece a su entrada. Cada salida y cada entrada ofrecen al rico una oportunidad de conversión.

La puerta también puede representar las barreras sociales que aíslan a quienes disfrutan de seguridad frente a quienes sufren pobreza, enfermedad, exclusión o abandono. El papa Francisco afirmó que la indiferencia levanta abismos entre las personas y que el corazón cerrado al pobre permanece también cerrado a Dios.1

La mesa y las migajas

La mesa del rico expresa abundancia, celebración y consumo. Las migajas, en cambio, simbolizan la mínima parte de los bienes que Lázaro espera recibir. La escena no muestra una falta absoluta de recursos, sino una distribución moralmente escandalosa: uno posee más de lo necesario y otro carece de lo indispensable.

El problema no reside únicamente en la cantidad de bienes, sino en el desorden de su uso. Una mesa que no admite al hambriento contradice la vocación de los bienes creados, destinados al bien de todos.

Las llagas y los perros

Las llagas muestran la vulnerabilidad extrema de Lázaro. Su cuerpo herido convierte su sufrimiento en una presencia visible. Los perros que lamen sus heridas acentúan la humillación y, a la vez, introducen una ironía: los animales muestran una cercanía que el rico niega.

La tradición patrística interpretó este detalle como una denuncia de la dureza del rico. Gregorio Magno observó que Dios había colocado a Lázaro ante la puerta precisamente para que el rico no pudiera alegar que nunca lo había visto.6

El gran abismo

El abismo simboliza la consecuencia definitiva de una vida construida sobre la separación. Durante la existencia terrena, el rico había creado una distancia entre su mundo y el de Lázaro. Después de la muerte, esa distancia aparece como una realidad ya consolidada.

La parábola no enseña que Dios disfrute del sufrimiento humano. Revela, más bien, que la libertad humana puede endurecerse hasta rechazar la misericordia y que la muerte pone fin al tiempo de la conversión.

Interpretación patrística y alegórica

La lectura moral de los Padres

Los Padres de la Iglesia leyeron la parábola principalmente como una advertencia contra la avaricia, el lujo egoísta y la indiferencia. Ambrosio distinguió entre la riqueza, que no resulta necesariamente criminal, y el lujo que degrada su uso; también distinguió entre la pobreza, que no siempre es santa, y la pobreza vivida con virtud.6

Juan Crisóstomo centró su interpretación en la responsabilidad del rico. Según su lectura, Lázaro no necesitaba riquezas extraordinarias: bastaba con que el rico compartiera lo superfluo y ofreciera alimento, vestido y techo. La omisión de una ayuda posible revela que la riqueza se ha convertido en una forma de esclavitud.7

Gregorio Magno interpretó la presencia de Lázaro ante la puerta como una oportunidad diaria para el ejercicio de la misericordia. El rico veía al pobre con frecuencia y, por tanto, su culpa no procedía de un encuentro accidental, sino de una indiferencia repetida.6

El sentido alegórico

La tradición cristiana también desarrolló interpretaciones alegóricas. Algunos autores contemplaron en el rico una figura de quienes poseen privilegios religiosos o sociales pero no responden a la voluntad de Dios; Lázaro podía representar al pueblo humilde que espera la salvación.

La alegoría patrística no elimina el sentido moral literal. Más bien amplía la interpretación y busca descubrir cómo la parábola ilumina la relación entre Israel, la Iglesia, la pobreza, la gracia y el destino eterno. La lectura alegórica pertenece a la historia de la recepción cristiana del texto y no debe confundirse con una afirmación de que cada elemento narrativo posea un único significado dogmático.

Exégesis histórico-crítica moderna

La parábola como relato sapiencial

La exégesis histórico-crítica moderna estudia el relato atendiendo a su forma literaria, su contexto cultural y su función dentro del Evangelio de Lucas. Desde esta perspectiva, la parábola emplea motivos conocidos en la literatura judía y en relatos de inversión de destinos: el pobre recibe consuelo y el rico experimenta aflicción después de la muerte.

El interés principal no consiste en reconstruir una biografía histórica de Lázaro o del rico, sino en comprender cómo Jesús utiliza una narración impactante para llamar a la conversión. La parábola forma parte de la enseñanza lucana sobre la riqueza, la escucha de la Palabra y la misericordia.

La cuestión de la unidad literaria

Algunos intérpretes han distinguido entre dos movimientos dentro del relato:

  1. La primera parte, centrada en el contraste entre el rico y Lázaro y en la inversión de sus destinos.
  2. La segunda parte, centrada en Moisés, los Profetas y la incredulidad ante quien resucita de entre los muertos.

La antigua Enciclopedia Católica registró esta discusión: algunos autores consideraban la narración una historia ejemplar, mientras que intérpretes modernos entendían el segundo diálogo como una elaboración alegórica sobre el rechazo del testimonio bíblico acerca de Cristo.4

La distinción literaria puede ayudar a estudiar la composición del texto, pero no obliga a separar artificialmente sus enseñanzas. En la forma final del Evangelio, el destino del rico, la responsabilidad ante el pobre y la necesidad de escuchar a Moisés y los Profetas forman una única exhortación a la conversión.

La resurrección de Cristo

La última frase -«aunque uno resucite de entre los muertos»- posee una resonancia cristológica evidente para la comunidad que escucha el Evangelio. El relato no identifica explícitamente al resucitado con Jesús, pero el lector cristiano percibe una alusión a la resurrección y a la resistencia humana ante el testimonio divino.

La parábola enseña que la fe no depende de la espectacularidad de los signos. Quien endurece el corazón ante la Ley, los Profetas y el pobre que sufre puede rechazar también un acontecimiento extraordinario. La conversión requiere una escucha obediente, no una curiosidad ávida de prodigios.

La riqueza y la condena del rico

La riqueza no constituye por sí misma el pecado

La doctrina católica no identifica automáticamente riqueza con condenación ni pobreza con santidad. Abraham, presentado como interlocutor del rico, figura entre los grandes hombres de fe y aparece asociado a una situación de honor. La parábola tampoco declara pecaminosa toda vestimenta digna, todo banquete o toda posesión.

Juan Pablo II afirmó expresamente que Cristo no condena la mera posesión de bienes terrenales, sino el uso egoísta de las posesiones y la falta de atención a las necesidades de los demás.3

La indiferencia como pecado

El rico peca porque no reconoce a Lázaro. La indiferencia no equivale a una neutralidad inocente: permite que una persona vulnerable permanezca sin alimento, atención ni dignidad mientras otra disfruta de abundancia.

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta a Lázaro como imagen de la multitud de seres humanos sin pan, techo o lugar donde vivir, y relaciona su figura con las palabras de Cristo: «Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco lo hicisteis a mí».8

La responsabilidad de los bienes

La riqueza comporta una responsabilidad social. Quien posee recursos tiene el deber moral de utilizarlos conforme a la justicia, la solidaridad y la caridad. La parábola interpela tanto a las decisiones personales como a las estructuras económicas que mantienen a grupos enteros fuera de la mesa común.

Juan Crisóstomo exhortaba a no buscar una seguridad absoluta en los bienes terrenos, a eliminar lo superfluo y a compartir con quienes carecen de lo necesario. Para él, disponer de medios y no ayudar al necesitado impide cumplir plenamente el deber de misericordia.7

Lázaro y la dignidad de los pobres

La parábola no presenta a Lázaro como un objeto de compasión anónima. Posee un nombre, una historia y un destino ante Dios. Su valor no depende de su salud, productividad, posición social o capacidad para devolver favores.

El papa Francisco identifica en Lázaro el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y denuncia la contradicción de un mundo en el que grandes riquezas y recursos permanecen en manos de unos pocos mientras muchos carecen de lo necesario. Ignorar al pobre equivale a despreciar a Dios, porque el necesitado pertenece a la esfera de la responsabilidad religiosa y no únicamente a la asistencia social.1

La dignidad de Lázaro no procede de una idealización romántica de la pobreza. La Iglesia no presenta el hambre, la enfermedad o la exclusión como bienes deseables. El consuelo prometido por Dios no convierte la injusticia en algo bueno; anuncia su juicio y exige a los discípulos transformar las condiciones que destruyen la vida humana.

Misericordia, conversión y escucha de la Palabra

El rico pide que Lázaro sea enviado a sus cinco hermanos para advertirles. Abraham responde que ya tienen a Moisés y los Profetas. La respuesta afirma la suficiencia de la revelación para orientar la conducta moral.

La conversión no necesita una información secreta. Los hermanos conocen la tradición religiosa, pero el rico sospecha que no la obedecen. Jesús coloca así la cuestión decisiva en la escucha práctica de la Palabra: quien escucha realmente a Moisés y los Profetas debe reconocer la obligación de socorrer al pobre.

La misericordia y la escucha de la Escritura se necesitan mutuamente. La Palabra sin obras puede convertirse en una práctica religiosa vacía; la ayuda sin verdad y sin justicia puede reducirse a un gesto superficial que no transforma las causas de la pobreza. La parábola llama a abrir la puerta, compartir los bienes y cambiar la mirada.

Recepción en la tradición cristiana

La tradición litúrgica y patrística recibió el relato como una enseñanza contra el apego desordenado a las riquezas y como una afirmación del destino eterno. La interpretación de los Padres puso el acento en la limosna, la hospitalidad, el ayuno, la responsabilidad de los poderosos y la comunión de pobres y ricos en la mesa espiritual de Cristo.

La predicación de Juan Crisóstomo aplicó el texto a la vida concreta de la comunidad. El santo denunció la vergüenza que algunos ricos sentían al ser vistos con pobres y recordó que Cristo invita a todos a su mesa, sin distinguir entre el emperador y el mendigo.5

La enseñanza también influyó en la reflexión cristiana sobre las obras de misericordia. El pobre situado en la puerta recuerda que la misericordia no consiste únicamente en admirar la compasión de Dios, sino en participar activamente en ella.

Actualidad pastoral y social

La parábola conserva una fuerza particular en sociedades marcadas por grandes desigualdades, exclusión residencial, migración forzosa, enfermedad, desempleo y soledad. La puerta del relato puede adoptar hoy la forma de una frontera social, una vivienda inaccesible, una institución que excluye, un barrio olvidado o una pantalla que permite contemplar el sufrimiento sin comprometerse.

La respuesta cristiana exige más que una atención pasajera o una ayuda simbólica. Juan Pablo II reclamó una apertura efectiva hacia los pobres y advirtió contra las acciones superficiales que dejan intacta la indigencia. También relacionó la parábola con la economía, la política, los derechos humanos y las relaciones entre pueblos ricos y pueblos empobrecidos.3

La Iglesia contempla varias dimensiones inseparables:

  • Conversión personal, para vencer la avaricia, el consumismo y la indiferencia.
  • Caridad directa, mediante alimento, vestido, vivienda, acompañamiento y atención a los enfermos.
  • Justicia social, para corregir las estructuras que producen exclusión.
  • Defensa de la dignidad humana, desde la concepción hasta la muerte natural y en cualquier situación de vulnerabilidad.
  • Comunión eclesial, para que la comunidad cristiana no reproduzca dentro de sí las barreras que denuncia el Evangelio.

Sentido teológico fundamental

La parábola enseña varias verdades centrales:

  1. Dios conoce y juzga la vida humana, incluso cuando la sociedad ignora al pobre.
  2. La riqueza no salva por sí misma, pero tampoco condena automáticamente; todo depende de su relación con Dios y con el prójimo.
  3. La indiferencia ante el necesitado constituye una grave falta moral, porque niega la dignidad del hermano.
  4. La muerte revela la orientación definitiva de la existencia, aunque la escena descrita pertenezca al estado intermedio y no constituya una exposición completa de la escatología final.
  5. La conversión resulta posible durante la vida, mientras la puerta permanece abierta.
  6. Moisés y los Profetas ofrecen una luz suficiente para reconocer el deber de la justicia y la misericordia.
  7. La resurrección y los signos extraordinarios no sustituyen la obediencia de la fe.
  8. Cristo se identifica con los pobres y necesitados, de modo que el trato dispensado a ellos alcanza al propio Señor.

Conclusión

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro no es una condena simplista de la prosperidad, sino un juicio sobre una vida encerrada en el lujo, incapaz de ver al ser humano que sufre a pocos pasos. Lázaro permanece en la puerta como una llamada a la conversión; su nombre recuerda que Dios ayuda y no olvida a los abandonados.

La narración distingue entre la vida presente, tiempo de decisión y misericordia, y la condición posterior a la muerte, cuando la orientación fundamental de la existencia queda confirmada. El «gran abismo» no describe una arbitrariedad divina, sino la irreversibilidad de una indiferencia libremente cultivada.

Jesús invita a escuchar a Moisés y los Profetas, abrir la puerta al pobre, compartir los bienes y vivir la misericordia antes de que llegue la muerte. La riqueza solo puede recibirse cristianamente como responsabilidad, y la verdadera seguridad no reside en acumular, sino en amar a Dios y al prójimo con obras concretas.

Citas y referencias

  1. B19. Pobreza y misericordia (cf. Lc 16:19-31), Papa Francisco. Audiencia General del 18 de mayo de 2016: 19. Pobreza y misericordia (cf. Lc 16:19-31), 1 (2016). 2 3 4 5
  2. La Santa Biblia, Versión Revisada Estándar Nueva, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Lucas 16:19-16:31 (1993).
  3. Misa en el Yankee Stadium de Nueva York, Papa Juan Pablo II. 2 de octubre de 1979: Misa en el Yankee Stadium en Nueva York, 7 (1979). 2 3 4
  4. Parábolas. Enciclopedia Católica, Parábolas (1913). 2
  5. I Tesalonicenses 5:19-22, Juan Crisóstomo. Homilía XI sobre Primera Tesalonicenses, I Tesalonicenses 5. 2
  6. Capítulo XVI, Tomás de Aquino. Catena Aurea sobre Lucas, 16.4 (1272). 2 3
  7. Juan 16:4, Juan Crisóstomo. Homilía LXXVII Juan 15:11-16:4, Juan 16. 2
  8. Capítulo II «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Catecismo de la Iglesia Católica, 2463 (1992).
Modificado el 13 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.76Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/ktpsdmw5x

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →