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Paradoja de Epicuro

La paradoja de Epicuro, también conocida como el problema del mal en su formulación clásica, plantea una aparente contradicción entre la existencia del mal en el mundo y las atributos tradicionales de Dios como omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno. Atribuida al filósofo griego Epicuro (341-270 a. C.), esta objeción ha sido un pilar del ateísmo y la crítica a la teodicea cristiana, cuestionando cómo un Dios amoroso permite el sufrimiento. Desde la perspectiva católica, la paradoja se resuelve mediante la distinción entre el mal físico y moral, el libre albedrío humano y la providencia divina, que permite el mal para extraer un mayor bien, como se explica en la tradición patrística y escolástica.1,2,3

Tabla de contenido

Origen histórico y formulación

La paradoja de Epicuro no aparece textualmente en las obras conservadas del filósofo, pero se le atribuye a través de referencias de autores antiguos como Lactancio y San Agustín. Epicuro, fundador del epicureísmo, defendía una visión materialista del universo donde los dioses, aunque existen, son indiferentes a los asuntos humanos, negando la providencia divina para evitar contradicciones con el mal observable.1,4

La formulación más conocida proviene de una cita atribuida a Epicuro, transmitida por Lactancio en su obra De ira Dei: «Dios o quiere quitar el mal y no puede; o puede y no quiere; o ni quiere ni puede; o quiere y puede. Si quiere y no puede, es impotente, lo cual no conviene a Dios. Si puede y no quiere, es envidioso, lo cual tampoco conviene a Dios. Si ni quiere ni puede, es tanto impotente como envidioso, y por tanto no es Dios. Si quiere y puede, lo cual solo conviene a Dios, ¿de dónde vienen los males? ¿O por qué no los quita?»2,4

Esta tríada lógica —omnipotencia, omnisciencia y bondad— genera la aparente incompatibilidad con el mal. En el contexto epicúreo, sirve para defender el atomismo y la ausencia de intervención divina, promoviendo la ataraxia (tranquilidad) mediante la negación de la ira o el cuidado divino.1,5

El epicureísmo y su teología

Epicuro postulaba dioses antropomórficos pero inertes, parte del cosmos material compuesto de átomos en el vacío. Rechazaba la providencia porque implicaría perturbación en la beatitud divina: un Dios que se interesa por el mundo humano experimentaría ira o dolor, afectos indignos de la perfección.1,2

Para Epicuro, el mal surge de causas naturales fortuitas, no de designio divino. Los placeres moderados llevan a la felicidad, y el miedo a los dioses o al más allá es irracional. Esta visión materialista influyó en Lucrecio, quien popularizó el epicureísmo en De rerum natura, pero fue duramente criticada por el cristianismo primitivo como ateísmo disfrazado.1,6

En la Catholic Encyclopedia, se describe el epicureísmo como una filosofía que socava la virtud heroica y la providencia, reduciendo la prudencia a cálculo hedonista.1

Críticas patrísticas a la paradoja

Los Padres de la Iglesia respondieron tempranamente, refutando el epicureísmo como incompatible con la revelación.

Lactancio y la ira divina

Lactancio, en De ira Dei, acusa a Epicuro de inconsistencia: al negar la ira de Dios para evitar el mal, también niega su bondad y providencia. Para Lactancio, Dios es activo en la creación y gobierno del mundo; la ira divina es justicia, no vicio pasional. Epicuro, al hacer a Dios indiferente, lo despoja de divinidad real.2,4

San Agustín de Hipona

Agustín, en obras como Confesiones, Ciudad de Dios y Exposiciones sobre los Salmos, ridiculiza a Epicuro como «cerdo» wallowing en placeres carnales. En Ciudad de Dios (Libro XI), rechaza la idea epicúrea de espacios infinitos sin Dios creador, equiparándola a mundos múltiples fortuitos. El mal no contradice a Dios porque es privación de bien, no entidad positiva; surge del libre albedrío, no de la creación ex nihilo.3,7,8

Agustín enfatiza: el necio dice en su corazón «no hay Dios» al ignorar al Creador en la creación visible.3

Otros Padres: Tertuliano y Gregorio de Nisa

Tertuliano, en Adversus Marcionem, ve en el epicureísmo el origen de herejías que niegan la resurrección y la providencia, contrastándolo con la verdad católica de un Dios personal.6 Gregorio de Nisa critica la equiparación epicúrea de átomos con la concepción cristiana.9

Respuesta católica escolástica: Santo Tomás de Aquino

Aunque las fuentes primarias aquí citadas son patrísticas, la tradición tomista resuelve la paradoja mediante la teodicea. Aquino, en Suma Teológica (I, q. 22, a. 2), distingue:

Dios no causa el mal directamente (Actus Essendi puro), sino que lo permite para manifestar su justicia y misericordia. La omnipotencia no implica imposibilidad lógica de coexistir con el mal; la bondad divina ordena todo al bien final.10 (Nota: Fuentes indirectas apoyan esta síntesis tomista contra epicureísmo.)

La paradoja en la teología católica moderna

El Concilio Vaticano I y el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 309-314) afirman la providencia: Dios permite el mal por respeto al libre albedrío y para bienes inexplicables en esta vida. Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, ve el sufrimiento como redentor, unido a la Cruz de Cristo.

Filósofos católicos como G. W. Leibniz (teodicea optimista) y contemporáneos refutan la paradoja: el mal es compatible lógicamente con Dios si se considera el bien global del universo.

Objeciones comunes y réplicas

Objeción epicúreaRéplica católica
Si Dios puede, ¿por qué no quita el mal?Dios permite el mal moral por libertad; el físico, por bienes mayores (ej. redención).7
Dios envidioso o impotente.Dios es amor (1 Jn 4,8); ira es justicia ordenada.2
Indiferencia divina.Providencia activa: creación ex nihilo y sustentación.6

Influencia cultural y legado

La paradoja inspiró a David Hume y ateos modernos, pero la apologética católica la usa para evangelizar: invita a contemplar el misterio pascual. En literatura, aparece en Voltaire (Cándido), contrastando con la fe en la resurrección.

Hoy, en debates sobre teodicea post-Holocausto, la Iglesia enfatiza el misterio sin racionalizarlo exhaustivamente.

Conclusión

La paradoja de Epicuro desafía la fe, pero la tradición católica la supera integrando razón y revelación: el mal es misterio, pero Cristo lo vence. Como dice San Agustín, el necio ignora al Creador; el creyente ve en la Cruz la victoria del bien.3

Citas

  1. Epicureísmo, The Encyclopedia Press. Enciclopedia Católica, §Epicureísmo (1913). 2 3 4 5 6

  2. De Dios y sus afecciones, y la censura de Epicuro, Lactancio. Sobre la ira de Dios, §Capítulo IV. 2 3 4 5

  3. Agustín de Hipona. Exposiciones sobre los Salmos – Salmo 74, § XXII. 2 3 4

  4. Capítulo XXXVI.— de los filósofos — a saber, Epicuro y Pitágoras, Lucio Caecilio Firmiano (Lactancio). Epítome de los Institutos Divinos, §Capítulo XXXVI. 2 3

  5. Bernard N. Schumacher. El deseo de inmortalidad al alba del tercer milenio: Las apuestas antropológicas, § VI (2019).

  6. Capítulo XIX. La epístola a los Colosenses. Tiempo, criterio de verdad y herejía. Aplicación del canon. La imagen del dios invisible explicada. Preexistencia de nuestro Cristo en las dispensaciones antiguas del Creador. Lo que está incluido en la plenitud de Cristo. El carácter epicúreo del dios de Marciano. La verdad católica en oposición a ello. La ley es a Cristo lo que la sombra es a la sustancia, Quintus Septimius Florens Tertuliano (Tertuliano de Cartago). Contra Marciano, §Libro V. Capítulo XIX (208). 2 3

  7. Capítulo V.— que no debemos buscar comprender las edades infinitas del tiempo antes del mundo, ni los reinos infinitos del espacio, Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios – Libro XI, §Capítulo V (426). 2

  8. Capítulo V.— de lo mismo, Agustín de Hipona. Sobre la Trinidad – Libro XIII, §Capítulo V. VIII.

  9. Gregorio de Nisa. Respuesta al segundo libro de Eúnomio, §Respuesta al segundo libro de Eúnomio.

  10. Capítulo XIV, Tomás de Aquino. Comentario sobre Juan, § XIV: 5 (1272).