La paradoja de Epicuro no aparece textualmente en las obras conservadas del filósofo, pero se le atribuye a través de referencias de autores antiguos como Lactancio y San Agustín. Epicuro, fundador del epicureísmo, defendía una visión materialista del universo donde los dioses, aunque existen, son indiferentes a los asuntos humanos, negando la providencia divina para evitar contradicciones con el mal observable.1,4
La formulación más conocida proviene de una cita atribuida a Epicuro, transmitida por Lactancio en su obra De ira Dei: «Dios o quiere quitar el mal y no puede; o puede y no quiere; o ni quiere ni puede; o quiere y puede. Si quiere y no puede, es impotente, lo cual no conviene a Dios. Si puede y no quiere, es envidioso, lo cual tampoco conviene a Dios. Si ni quiere ni puede, es tanto impotente como envidioso, y por tanto no es Dios. Si quiere y puede, lo cual solo conviene a Dios, ¿de dónde vienen los males? ¿O por qué no los quita?»2,4
Esta tríada lógica —omnipotencia, omnisciencia y bondad— genera la aparente incompatibilidad con el mal. En el contexto epicúreo, sirve para defender el atomismo y la ausencia de intervención divina, promoviendo la ataraxia (tranquilidad) mediante la negación de la ira o el cuidado divino.1,5
