La paradoja surge de la observación cotidiana del mal moral (el pecado y sus consecuencias) y el mal físico (el sufrimiento, las catástrofes naturales). Si Dios es omnipotente, podría eliminar todo mal; si es bondadoso, debería desear hacerlo. Filósofos como Epicuro formularon esta objeción clásica: o Dios quiere quitar el mal y no puede, o puede y no quiere, o ni quiere ni puede, o quiere y puede. La respuesta católica rechaza las primeras tres opciones, afirmando que Dios quiere y puede, pero permite el mal sin causarlo directamente.3
En el contexto católico, esta cuestión no es mera especulación filosófica, sino un desafío a la fe revelada. La Escritura presenta a Dios como creador de todo lo bueno (Génesis 1), pero también como señor soberano sobre la historia, donde el mal irrumpe por la desobediencia humana (Génesis 3). La teodicea católica —justificación de Dios ante el mal— integra razón y revelación, evitando tanto el dualismo maniqueo (dos principios opuestos) como el panteísmo (Dios y el mundo confundidos).4
