Creación y ubicación del Paraíso
La narración del Génesis presenta el Paraíso como un jardín plantado por Dios en Edén, situado en oriente. Tras completar la creación, Dios forma al hombre del polvo de la tierra, insufla en él el aliento de vida y lo sitúa en este lugar privilegiado: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo guardara»1,2.1 El texto enfatiza su fertilidad y belleza: árboles agradables a la vista y buenos para comer, un río que lo riega y se divide en cuatro brazos: Pishón, Gihón, Tigris y Éufrates.1,3
Este jardín no es un mero paisaje, sino un espacio sagrado donde la humanidad recibe su vocación primordial: el dominio ordenado sobre la creación, en comunión con el Creador. Los Padres de la Iglesia, como Teófilo de Antioquía, lo describen como un lugar de superior belleza, con plantas divinas y árboles únicos, intermedio entre la tierra y el cielo, símbolo de la condición mixta del hombre: ni totalmente mortal ni inmortal.3
La misión confiada a Adán
Adán recibe el mandato de cultivar y guardar el jardín, lo que refleja la dimensión laboral del Paraíso, no como fatiga punitiva, sino como colaboración gozosa en el plan divino.4 Dios permite comer de todos los árboles excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal, bajo pena de muerte: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás sin remedio».1 Esta prohibición introduce el elemento de la obediencia libre, esencial para la prueba de la fidelidad humana.

