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Parusía

La parusía es la venida gloriosa y definitiva de Jesucristo al final de los tiempos. La fe católica la contempla como la manifestación plena del Señor, el juicio universal, la resurrección de los muertos y la consumación del Reino de Dios. No constituye una simple fecha futura ni una evasión de la historia: la Iglesia vive ya sacramentalmente la presencia de Cristo y camina hacia su manifestación definitiva.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreParusía
CategoríaTérmino
DescripciónSegunda venida de Cristo, manifestación plena del Señor, juicio de vivos y muertos, resurrección de los muertos y renovación de la creación. Venida gloriosa y definitiva de Jesucristo al final de los tiempos, con juicio universal y consumación del Reino de Dios. Manifestación plena de Jesucristo como Señor y juez, cumplimiento de la salvación y renovación total de la creación
Referencias
  • 676 (1992)
  • 134 (2005)
  • 1130 (1992)
Autoridad EclesiásticaIglesia Católica
Enseñanzas PrincipalesCristo volverá en gloria, juzgará a vivos y muertos, la resurrección será universal, el Reino se consumará plenamente y la Iglesia ya vive su presencia sacramental.
Importancia EclesialNúcleo de la esperanza cristiana; forma parte del Credo y es enseñanza fundamental del Catecismo de la Iglesia Católica.
Interpretación TradicionalAceptada por la Iglesia católica, plasmada en el Credo y el Catecismo como enseñanza esencial de la fe.
Menciones en DocumentosActa Apostolicae Sedis 1997 25; 1988 71; Enciclopedia Católica 1913 Escatología, Juicio General
TemaSegunda venida, juicio universal, resurrección, Reino de Dios, Eucaristía como anticipación.
TipoDogma

Tabla de contenido

Etimología y significado

La palabra parusía procede del griego parousía, término que puede traducirse como presencia, venida, llegada o manifestación. En el lenguaje cristiano designa principalmente la segunda venida de Cristo, distinta de su venida histórica en la Encarnación.

La primera venida ocurrió en la humildad de Belén y alcanzó su culminación en la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo. La parusía será su venida en gloria, visible y universal, cuando Cristo juzgue a vivos y muertos y lleve a plenitud el designio de salvación. La tradición cristiana también relaciona este acontecimiento con expresiones como día del Señor, día de Cristo, último día, revelación y manifestación.1

La parusía en la fe de la Iglesia

La parusía pertenece al núcleo de la esperanza cristiana. El Credo proclama que Jesucristo «vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». La Iglesia no espera a otro salvador ni a una nueva revelación que sustituya a Cristo. El que volverá al final de los tiempos es el mismo Señor crucificado y resucitado.

La venida gloriosa de Cristo estará vinculada al juicio universal. Ante él quedarán manifiestas las obras, las decisiones y la verdad de cada persona. La tradición cristiana relaciona este juicio con la resurrección de los muertos y con la renovación definitiva de toda la creación.2

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enseña que, después de la conmoción final del mundo presente, tendrá lugar la venida gloriosa de Cristo, el triunfo definitivo de Dios y el juicio final. Entonces el Reino de Dios alcanzará su realización plena.3

La relación entre la primera venida y la segunda

La fe cristiana distingue dos momentos inseparables del único designio salvador de Dios:

  • Cristo ya ha venido: nació de María, murió por la humanidad, resucitó y fue glorificado junto al Padre.
  • Cristo todavía ha de venir: la salvación conseguida por él aún no aparece en toda su plenitud ante el mundo.

La redención ya está realizada en Cristo, pero sus efectos últimos todavía esperan su consumación. La muerte, el sufrimiento, el pecado y la injusticia continúan presentes en la historia, aunque han quedado radicalmente vencidos por la Pascua de Cristo. La Iglesia vive, por tanto, entre la victoria ya inaugurada y la plenitud todavía esperada.4

Esta tensión expresa la estructura cristiana del «ya» y el «todavía no». El Reino de Dios ya está presente en la Iglesia, en la acción del Espíritu Santo, en la Palabra, en la caridad y en los sacramentos. Sin embargo, todavía no ha alcanzado su manifestación definitiva. La parusía llevará a la plenitud aquello que ahora existe de forma real, aunque velada y sacramental.1

El Reino de Dios: presente y futuro

El Reino ya está presente

Jesucristo anunció que el Reino de Dios ya está en medio de los hombres. La Iglesia participa actualmente de ese Reino porque Cristo resucitado actúa en ella mediante el Espíritu Santo. La vida cristiana no consiste solo en esperar un acontecimiento futuro: comienza ya con la gracia, la fe, la conversión y la incorporación a Cristo.

La liturgia hace presente sacramentalmente el misterio pascual. En los sacramentos, la Iglesia recibe ya la garantía de la herencia futura y participa anticipadamente de la vida eterna. La celebración litúrgica permanece orientada hacia la venida definitiva del Señor y expresa la súplica: «Ven, Señor Jesús».5

La Eucaristía ocupa un lugar central en esta dimensión escatológica. En ella, la Iglesia celebra la muerte y resurrección de Cristo, anuncia su venida y recibe sacramentalmente al Señor glorificado. El pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano, llegan a ser el Cuerpo y la Sangre de Cristo por la acción del Espíritu Santo. Así, la Eucaristía manifiesta que el Reino futuro ya está misteriosamente presente en la Iglesia.6

El Reino todavía ha de llegar

La presencia actual del Reino no equivale a su consumación. La Iglesia peregrina en la historia, marcada todavía por el pecado, la fragilidad y la muerte. La plenitud llegará cuando Cristo recapitule todas las cosas en sí mismo y Dios sea «todo en todos».7

La parusía no añadirá un salvador distinto ni una etapa autónoma de la historia de la salvación. Manifestará universalmente la victoria que Cristo ya obtuvo mediante su Pascua. El Reino pasará de su condición sacramental y escondida a su condición plena, visible y eterna.

La parusía y la resurrección de los muertos

La venida gloriosa de Cristo estará unida a la resurrección universal. Los muertos resucitarán para comparecer ante el juicio de Dios. La fe cristiana no espera una supervivencia puramente espiritual ni una liberación del cuerpo, sino la redención integral de la persona humana.

La tradición cristiana enseña que la resurrección alcanzará tanto a los justos como a los injustos. Los cuerpos resucitados participarán de una transformación cuya naturaleza completa supera la experiencia presente; la Escritura ofrece imágenes de incorruptibilidad y gloria para expresar esta realidad.8

La resurrección manifiesta también la dignidad del cuerpo humano. Dios no salva solo el alma separada del cuerpo, sino a la persona entera. La parusía revelará que ninguna dimensión de la existencia humana queda fuera del alcance de la redención.

La parusía y el juicio universal

Cristo vendrá como juez de vivos y muertos. El juicio universal hará patente la verdad completa de la historia humana: la dignidad de cada persona, el valor de sus actos, las consecuencias del pecado y la fecundidad de la gracia.

El juicio no significa que Cristo adquiera entonces una autoridad que antes no poseía. El Resucitado ya es Señor de la historia. La parusía hará visible y universal su señorío. Todo lo oculto quedará manifestado, y cada persona responderá ante Dios por su vida.9

La doctrina del juicio conserva dos dimensiones inseparables:

  • La esperanza, porque Cristo lleva a la salvación a quienes acogen su gracia.
  • La responsabilidad, porque la libertad humana posee consecuencias eternas.

La Iglesia anuncia esta verdad sin convertirla en una amenaza destinada a producir miedo. El juicio revela la seriedad del amor, de la libertad, de la justicia y de la conversión.

La consumación de la creación

La parusía no afecta solo a las personas. Toda la creación espera su transformación definitiva. La fe cristiana habla de cielos nuevos y tierra nueva para expresar la renovación universal inaugurada por Cristo.

Esta renovación no implica necesariamente la desaparición absoluta de todo lo creado, como si Dios rechazara el mundo material. La esperanza cristiana afirma que los bienes auténticamente humanos -la dignidad, la comunión, la libertad y los frutos de la actividad humana- encontrarán su purificación, iluminación y transformación en el Reino definitivo.7

La creación no constituye un escenario desechable de la salvación. Dios llevará a plenitud todo cuanto haya sido verdadero, justo y bueno. La parusía revelará el destino último del mundo creado y mostrará que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana y la perfecciona.

La esperanza cristiana ante la parusía

No es una huida del mundo

La esperanza de la parusía no invita a abandonar las responsabilidades históricas. Quien espera la venida de Cristo no desprecia la vida terrena, la sociedad, el trabajo, la cultura ni el cuidado de los pobres. La espera cristiana impulsa a vivir el presente con mayor seriedad y fidelidad.

La promesa del Reino futuro no puede utilizarse como excusa para desatender las condiciones concretas de la existencia humana. La Iglesia enseña que los esfuerzos realizados con la gracia de Dios para hacer más humana la vida no quedarán finalmente perdidos. Los bienes auténticos de la dignidad, la fraternidad y la libertad serán purificados y transfigurados.6

Santificar la historia

La parusía orienta la historia hacia Cristo, pero también confiere valor a cada momento histórico. La Iglesia trabaja en el mundo sin identificar ninguna estructura política, cultural o económica con el Reino de Dios. Ningún proyecto humano puede producir por sí mismo la salvación definitiva.

Los cristianos colaboran, sin embargo, con la acción de Dios mediante la evangelización, la justicia, la caridad, la defensa de la dignidad humana y la construcción de la paz. La esperanza escatológica transforma la historia desde dentro: no la convierte en el Reino consumado, pero la abre a su cumplimiento.

Esperar a Cristo significa vivir con vigilancia, perseverancia y responsabilidad. El cristiano no conoce el momento exacto de la parusía, pero conoce su orientación fundamental: toda la historia se dirige hacia el encuentro definitivo con el Señor.1

La Eucaristía como anticipación de la parusía

La liturgia católica vive orientada hacia la venida del Señor. Cada celebración eucarística hace memoria de la Pascua, actualiza sacramentalmente la presencia de Cristo y anticipa la gloria futura.

El sacramento posee así una triple dimensión:

  1. Memorial de la pasión y resurrección de Cristo.
  2. Presencia de la gracia de Cristo en la Iglesia.
  3. Anticipo de la gloria futura.

La Eucaristía une el pasado, el presente y el futuro de la salvación. La Iglesia no espera a un Cristo ausente, sino a aquel que ya está realmente presente y que se manifestará plenamente al final de los tiempos. La exclamación litúrgica «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!» expresa esta estructura de la fe.

La cuestión del momento de la parusía

La Iglesia confiesa con certeza que Cristo volverá, pero no conoce el momento exacto ni la forma precisa en que se desarrollarán los acontecimientos finales. Las imágenes apocalípticas poseen un lenguaje simbólico y profético que no permite elaborar calendarios seguros ni reconstrucciones detalladas del fin del mundo.1

Por esta razón, la predicción de fechas concretas contradice la actitud cristiana de vigilancia sobria. La esperanza no depende de cálculos cronológicos, sino de la fidelidad a Cristo en el presente.

La incertidumbre sobre el momento no elimina la certeza sobre el desenlace: Cristo vendrá, juzgará a vivos y muertos y llevará el Reino a su plenitud.

Rechazo del milenarismo

La Iglesia católica rechaza las interpretaciones milenaristas que pretenden establecer dentro de la historia un reino terrenal de Cristo como realización plena de la esperanza mesiánica. El Catecismo enseña que el Anticristo aparece también cuando alguien intenta realizar dentro de la historia la esperanza mesiánica que solo puede cumplirse más allá de ella, mediante el juicio escatológico. La Iglesia ha rechazado estas formas de falsificación del Reino bajo el nombre de milenarismo, especialmente cuando adoptan una forma política y secular.10

Este rechazo protege dos verdades:

  • Ningún régimen, movimiento político o proyecto social puede identificarse con el Reino definitivo de Dios.
  • La salvación plena supera las posibilidades de la historia y depende de la intervención soberana de Cristo.

La Iglesia puede reconocer valores auténticos en las realidades temporales, pero nunca confunde sus logros parciales con la consumación escatológica.

La vigilancia cristiana

La espera de la parusía exige vigilancia. Vigilar no significa vivir en ansiedad permanente ni abandonar las tareas ordinarias. Significa permanecer en la fe, practicar la caridad, recibir los sacramentos, luchar contra el pecado y mantener el corazón orientado hacia Cristo.

La vigilancia cristiana incluye:

La Iglesia peregrina vive entre la certeza de la promesa y la espera de su cumplimiento. Por eso la oración cristiana culmina con la invocación: «Ven, Señor Jesús». Esta súplica no expresa impaciencia ante el mundo, sino deseo de que Cristo lleve a término la obra de la salvación.

Síntesis doctrinal

La doctrina católica sobre la parusía puede resumirse en varias afirmaciones fundamentales:

  • Jesucristo volverá al final de los tiempos en gloria.
  • Su venida será universal y definitiva.
  • La parusía estará vinculada a la resurrección de los muertos y al juicio universal.
  • El Reino de Dios ya está presente en la Iglesia, aunque todavía no ha alcanzado su plenitud.
  • La Eucaristía anticipa sacramentalmente la gloria futura.
  • La creación entera espera su renovación en Cristo.
  • La esperanza escatológica no permite huir del mundo, sino santificar la historia mediante la fe, la caridad y la responsabilidad.
  • Ningún proyecto político o social puede convertirse en el Reino definitivo de Dios.
  • La Iglesia rechaza el milenarismo y toda pretensión de instaurar dentro de la historia la consumación mesiánica.
  • El momento exacto de la parusía permanece oculto; la respuesta cristiana consiste en vivir con vigilancia y esperanza.

La parusía constituye, finalmente, la manifestación plena de Jesucristo como Señor de la historia y juez misericordioso. La Iglesia vive ya de su presencia sacramental y espera su venida gloriosa, confiando en que Dios llevará a plenitud la salvación, la justicia y la renovación de todas las cosas.

Citas y referencias

  1. Valores humanos y vida futura, Papa Pablo VI. Audiencia General del 8 de septiembre de 1971, 1 (1971). 2 3 4
  2. Juicio General. Enciclopedia Católica, Juicio General (1913).
  3. Primera parte - La profesión de fe. Capítulo II - Yo creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. La caída, Promulgado por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 134 (2005).
  4. J.H. Nicolás. Trinidad y vida espiritual, 22 (1988).
  5. Capítulo I El misterio pascual en la edad de la Iglesia. Catecismo de la Iglesia Católica, 1130 (1992).
  6. Santa Sedes. Acta Apostolicae Sedis: Número 5, mayo, 1988, 71 (1988). 2
  7. Santa Sedes. Acta Apostolicae Sedis: Número 6, junio, 1997, 25 (1997). 2
  8. Escatología. Enciclopedia Católica, Escatología (1913).
  9. Primera parte - La fe de la Iglesia - III. Creemos en Dios el Padre, creador del cielo y de la tierra, y en nuestro salvador Jesucristo, y en el Espíritu Santo, el Señor, dador de vida. B. «Dios se hizo humano para que los humanos pudieran ser dioses” 139 - 4. La segunda venida de Cristo en gloria, Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestro Pésaj, 239 (2016).
  10. Capítulo II Yo creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 676 (1992).
Modificado el 10 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.38 • 107 visitas • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/x35xrdv8w

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