San Pío X describe al modernista mediante varias figuras relacionadas entre sí: filósofo, creyente, teólogo, historiador, crítico, apologista y reformador. Estas dimensiones no representan necesariamente personas distintas, sino funciones que pueden reunirse en un mismo sujeto.
El modernismo parte de determinados principios filosóficos, los aplica a la experiencia religiosa, los introduce en la teología y la exégesis, y finalmente intenta reformar la Iglesia de acuerdo con ellos. El Papa considera que la coherencia interna del sistema obliga a aceptar sus diversas partes conjuntamente.
El modernista como filósofo
El agnosticismo
San Pío X identifica el agnosticismo como fundamento filosófico del modernismo. En esta concepción, la razón humana sólo podría conocer los fenómenos accesibles a los sentidos y no tendría capacidad para alcanzar a Dios ni para reconocer su existencia mediante las cosas creadas.
El agnosticismo, entendido de este modo, excluye a Dios del ámbito de la ciencia y de la historia. La investigación histórica sólo admitiría hechos observables y no podría reconocer una intervención divina en el curso de los acontecimientos. Como consecuencia, la teología natural, los motivos de credibilidad y la revelación externa perderían su valor racional.
San Pío X contrapone esta postura a la doctrina católica sobre la capacidad natural de la razón para conocer a Dios. La Iglesia enseña que el ser humano puede llegar a conocer con certeza la existencia de Dios a partir de las criaturas, aunque la revelación sobrenatural supera las fuerzas naturales y comunica verdades que la razón por sí sola no podría descubrir.
La inmanencia vital
La vertiente positiva del sistema recibe el nombre de inmanencia vital. Si la razón no puede alcanzar a Dios desde la realidad exterior, el origen de la religión debe buscarse en el interior del ser humano, en la vida y en la conciencia.
Según la explicación que san Pío X atribuye a los modernistas, la religión nace de una necesidad o impulso interior. El sentimiento religioso surgiría de una necesidad de lo divino, inicialmente latente en el subconsciente. Ese sentimiento constituiría el comienzo de la fe y de toda religión.
La encíclica rechaza esta reducción de la fe a una experiencia subjetiva. Para la doctrina católica, la fe no nace únicamente de una necesidad psicológica, sino de la respuesta libre del ser humano a Dios que se revela. La fe incluye la adhesión de la inteligencia y de la voluntad a Dios y a las verdades que Él comunica.
La experiencia religiosa
El modernismo concede un papel decisivo a la experiencia religiosa interior. La conciencia del creyente se convierte en el lugar principal donde aparecería la revelación. La religión dejaría de fundarse ante todo en una iniciativa histórica y objetiva de Dios para depender de la vivencia religiosa del sujeto.
San Pío X considera insuficiente esta concepción porque elimina la revelación externa y los signos que permiten reconocerla. La fe católica no descansa sólo en una experiencia privada, sino también en acontecimientos históricos, en la predicación apostólica, en los milagros, en la persona de Jesucristo y en la continuidad visible de la Iglesia.
El modernista como creyente
Para el modernismo descrito por la encíclica, el sentimiento religioso constituye la raíz de la fe. El entendimiento interviene posteriormente para interpretar esa experiencia y expresarla mediante conceptos, fórmulas y símbolos.
Esta perspectiva invierte el orden católico. La Iglesia reconoce que la experiencia espiritual tiene un lugar real en la vida cristiana, pero no la convierte en criterio autónomo de la verdad revelada. La experiencia necesita ser iluminada por la doctrina, la Escritura, la tradición apostólica y el magisterio.
El modernista como teólogo
Los dogmas como fórmulas cambiantes
La encíclica atribuye al modernismo una concepción evolutiva de los dogmas. Las fórmulas dogmáticas ya no expresarían verdades objetivas e inmutables, sino elaboraciones históricas destinadas a expresar los sentimientos religiosos de una comunidad en un momento determinado.
Desde esta perspectiva, el dogma podría cambiar de significado según las necesidades de cada época. La Iglesia conservaría las palabras tradicionales, pero podría atribuirles contenidos diferentes.
San Pío X rechaza esta posición porque separa la fórmula dogmática de la verdad que la Iglesia pretende transmitir. La comprensión de la fe puede crecer, pero ese crecimiento debe conservar la identidad sustancial de la doctrina apostólica.
El simbolismo
El modernismo interpreta muchas afirmaciones religiosas como símbolos. El lenguaje sobre Dios, Cristo, la gracia o los sacramentos no describiría necesariamente realidades objetivas, sino que expresaría sentimientos y necesidades religiosas.
La Iglesia utiliza ciertamente símbolos en su liturgia y en su lenguaje teológico. Sin embargo, el símbolo cristiano no significa una mera proyección subjetiva. Remite a una realidad verdadera: Dios existe, Cristo ha resucitado, la gracia santifica y los sacramentos comunican eficazmente la vida divina.