El Catecismo enseña una definición clara y exigente: «El escándalo es una falta grave cuando, por obra u omisión, conduce deliberadamente a los demás a pecar». En esta formulación se subrayan tres elementos: (1) la conducta concreta (hacer o dejar de hacer), (2) el efecto sobre otros (llevar a pecar) y (3) la deliberación (intencionalidad en esa conducción).1
Desde la teología moral, el escándalo se comprende como una realidad espiritual con repercusión práctica. Santo Tomás de Aquino explica que el escándalo puede darse de dos maneras: escándalo pasivo (en quien sufre el tropiezo espiritual) y escándalo activo (en quien ocasiona el tropiezo). En el fondo, se trata de una caída en el camino espiritual provocada por la conducta de otro.5,6
Escándalo como «tropiezo» espiritual
Santo Tomás ofrece una imagen: como un obstáculo en el camino hace caer al caminante, así también una palabra o una obra puede disponer a otra persona a una caída espiritual, moviéndola a pecar mediante invitación, empuje o ejemplo. Por eso define el escándalo, en sentido propio, como algo «dicho o hecho menos rectamente» que ocasiona una caída espiritual del otro.6
Este marco ilumina el núcleo del problema: el escándalo no es solo que exista una conducta moralmente desordenada; es que esa conducta se vuelve ocasión de que otro se desvíe, especialmente en quienes son más vulnerables o están necesitados de un testimonio confiable.7


