El Nuevo Testamento presenta a Pedro con un énfasis particular en su primacía dentro del grupo de los Doce Apóstoles. Las listas de los apóstoles siempre comienzan con su nombre, lo que subraya su lugar preeminente. Jesús le confió las llaves del Reino de los Cielos, otorgándole la autoridad para «atar y desatar». Este poder de interpretar auténticamente la ley de Dios y de tomar decisiones vinculantes tanto en la tierra como en el cielo, es un aspecto fundamental de su ministerio,.
A pesar de sus debilidades humanas, como su negación de Jesús en tres ocasiones,,, Jesús reafirmó la posición de Pedro como cabeza de los Apóstoles después de su Resurrección. En el lago de Genesaret, Jesús le preguntó tres veces a Pedro si lo amaba, y cada vez le encargó: «Apacienta mis corderos», «Pastorea mis ovejas»,,. Este triple encargo no solo restauró a Pedro, sino que también lo constituyó como el Pastor principal de toda la comunidad de discípulos del Señor.
La Continuidad del Primado
La Iglesia ha entendido desde sus inicios que el ministerio de unidad confiado a Pedro es una estructura permanente de la Iglesia de Cristo. Así como existe una sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los obispos, el ministerio de Pedro se perpetúa en sus sucesores, los obispos de la Sede de Roma,. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que el obispo de Roma, sucesor de San Pedro, es la «cabeza del colegio de los obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra».
Diversos Padres de la Iglesia y Papas a lo largo de la historia han testificado esta continuidad. San León Magno, por ejemplo, afirmó que Pedro «no ha abandonado el timón de la Iglesia que emprendió» y que su poder y autoridad prevalecen en su Sede. San Gregorio Magno también reconoció que Pedro «vive y preside y ejerce juicio en sus sucesores, los obispos de la santa Sede de Roma»,.