La naturaleza humana y el pecado original
El pelagianismo estricto sostenía que el pecado de Adán perjudicó únicamente a Adán y no transmitió una culpa o una condición pecaminosa al conjunto de la humanidad. Los recién nacidos, según esta perspectiva, se encontrarían en una situación semejante a la de Adán antes de la caída. La muerte humana tampoco dependería del pecado original, pues habría pertenecido desde el principio a la condición natural del ser humano.
Esta doctrina chocaba con la comprensión cristiana de la solidaridad de la humanidad en Adán y de la necesidad de la redención realizada por Cristo. Si el pecado original no afecta realmente a la naturaleza humana, la salvación deja de aparecer como liberación y recreación del hombre herido por el pecado. Cristo queda reducido principalmente a maestro, legislador y ejemplo moral de una capacidad humana que ya sería esencialmente sana.,
La libertad y la posibilidad de no pecar
Pelagio concedía gran importancia a la libertad humana. Su sistema distinguía tres facultades:
- La posibilidad, es decir, la capacidad de obrar rectamente.
- La voluntad, mediante la cual la persona quiere el bien.
- La acción, por la que realiza efectivamente lo que ha querido.
Pelagio atribuía la primera facultad a Dios, como Creador de la naturaleza, pero consideraba que la voluntad y la acción dependían fundamentalmente del ser humano. De este modo, la persona podría evitar el pecado y cumplir los mandamientos sin una ayuda interior de Dios que acompañara cada acto moral.
La consecuencia era la posibilidad de alcanzar una impecabilidad prácticamente plena mediante el ejercicio perseverante de la voluntad. El ideal pelagiano tendía hacia una perfección moral conseguida por el esfuerzo humano, la disciplina ascética y la observancia de los preceptos. La gracia quedaba subordinada a la capacidad natural, en lugar de sanar, elevar y transformar esa capacidad.
La gracia según el pelagianismo
Pelagio no siempre negaba verbalmente la gracia. Admitía que Dios había creado al ser humano con libertad, había dado la ley, había enviado a Cristo y había ofrecido el perdón de los pecados. Sin embargo, entendía la gracia principalmente como una ayuda exterior: la enseñanza de la verdad, los mandamientos, el ejemplo de Cristo y la posibilidad natural de elegir el bien.,
La doctrina católica exige algo más. La gracia no consiste solamente en mostrar al hombre lo que debe hacer, sino también en iluminar interiormente su inteligencia, mover su voluntad y comunicarle la fuerza necesaria para realizar el bien sobrenatural. San Agustín reprochó precisamente al pelagianismo que reconociera la revelación de la norma moral, pero rechazara la inspiración interior del amor por la que Dios capacita al creyente para cumplirla.
La salvación como don sobrenatural
El pelagianismo convertía la salvación en el resultado de una conducta moral correctamente dirigida. La persona podría elevarse desde la condición natural hasta la vida eterna gracias a sus decisiones y a la observancia de los mandamientos. La gracia facilitaría el camino, pero no constituiría su fundamento indispensable.
La doctrina católica sostiene, por el contrario, que la justificación y la vida eterna superan las fuerzas de la naturaleza humana. El hombre necesita que Dios tome la iniciativa, le conceda la gracia y lo haga capaz de cooperar libremente con ella. La cooperación humana es real, pero ella misma constituye un don recibido de Dios.