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Pelagianismo

El pelagianismo fue una doctrina cristiana de comienzos del siglo V que exageró la capacidad de la libertad humana para alcanzar la justicia y la salvación, hasta reducir la necesidad de la gracia divina. La Iglesia católica lo rechazó porque niega, en la práctica, la transmisión del pecado original, la necesidad de la gracia interior y la absoluta iniciativa de Dios en la conversión y en toda obra sobrenatural.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePelagianismo
CategoríaTérmino
DescripciónDoctrina cristiana del siglo V que exagera la capacidad humana para la justicia y minimiza la necesidad de la gracia divina y la transmisión del pecado original
Contexto HistóricoNació en el cristianismo occidental a comienzos del siglo V, después del saqueo de Roma (410), y se difundió en Roma, el norte de África y Palestina.
Doctrinas RelacionadasPecado original; gracia preveniente y cooperante; salvación; doctrina católica sobre la gracia
Eventos RelacionadosConcilio de Cartago (418); Concilio de Mileve; Concilio de Éfeso (431); Concilio de Orange (529)
Lugar de OrigenOccidente (Roma)
Personas relacionadasPelagio
Personas RelacionadasPelagio; San Agustín de Hipona; Celestio; Juliano de Eclana; Papa Zósimo
TipoHerejía, V, Doctrina cristiana, Herejía cristiana

Tabla de contenido

Origen del término y contexto histórico

El pelagianismo nació en el ámbito del cristianismo occidental a comienzos del siglo V. Su principal inspirador fue Pelagio, asceta de origen britano que vivió durante largos periodos en Roma. Su pensamiento llegó a través de sus escritos y, sobre todo, de sus discípulos Celestio y Juliano de Eclana. La documentación conservada procede en buena medida de los adversarios de la doctrina, por lo que no siempre resulta sencillo distinguir las posiciones personales de Pelagio de las formulaciones posteriores de sus seguidores.1

Pelagio pretendía promover una vida cristiana exigente en un contexto en el que muchos bautizados vivían su fe de manera superficial. Su insistencia en la ascesis, la responsabilidad moral y la imitación de Cristo contenía elementos legítimos. El problema apareció cuando esa exhortación moral quedó vinculada a una concepción de la naturaleza humana que minimizaba la herida del pecado y convertía la voluntad en principio prácticamente autosuficiente de santificación.1

La controversia se intensificó después del saqueo de Roma por Alarico en el año 410. Pelagio marchó con Celestio al norte de África, donde las ideas de este último fueron examinadas por un sínodo de Cartago. Más tarde, Pelagio se dirigió a Palestina, mientras la controversia llegaba a Roma y a las autoridades episcopales de Oriente y Occidente.2,1

Doctrina pelagiana

La naturaleza humana y el pecado original

El pelagianismo estricto sostenía que el pecado de Adán perjudicó únicamente a Adán y no transmitió una culpa o una condición pecaminosa al conjunto de la humanidad. Los recién nacidos, según esta perspectiva, se encontrarían en una situación semejante a la de Adán antes de la caída. La muerte humana tampoco dependería del pecado original, pues habría pertenecido desde el principio a la condición natural del ser humano.2

Esta doctrina chocaba con la comprensión cristiana de la solidaridad de la humanidad en Adán y de la necesidad de la redención realizada por Cristo. Si el pecado original no afecta realmente a la naturaleza humana, la salvación deja de aparecer como liberación y recreación del hombre herido por el pecado. Cristo queda reducido principalmente a maestro, legislador y ejemplo moral de una capacidad humana que ya sería esencialmente sana.3,1

La libertad y la posibilidad de no pecar

Pelagio concedía gran importancia a la libertad humana. Su sistema distinguía tres facultades:

  • La posibilidad, es decir, la capacidad de obrar rectamente.
  • La voluntad, mediante la cual la persona quiere el bien.
  • La acción, por la que realiza efectivamente lo que ha querido.

Pelagio atribuía la primera facultad a Dios, como Creador de la naturaleza, pero consideraba que la voluntad y la acción dependían fundamentalmente del ser humano. De este modo, la persona podría evitar el pecado y cumplir los mandamientos sin una ayuda interior de Dios que acompañara cada acto moral.4

La consecuencia era la posibilidad de alcanzar una impecabilidad prácticamente plena mediante el ejercicio perseverante de la voluntad. El ideal pelagiano tendía hacia una perfección moral conseguida por el esfuerzo humano, la disciplina ascética y la observancia de los preceptos. La gracia quedaba subordinada a la capacidad natural, en lugar de sanar, elevar y transformar esa capacidad.5

La gracia según el pelagianismo

Pelagio no siempre negaba verbalmente la gracia. Admitía que Dios había creado al ser humano con libertad, había dado la ley, había enviado a Cristo y había ofrecido el perdón de los pecados. Sin embargo, entendía la gracia principalmente como una ayuda exterior: la enseñanza de la verdad, los mandamientos, el ejemplo de Cristo y la posibilidad natural de elegir el bien.6,7

La doctrina católica exige algo más. La gracia no consiste solamente en mostrar al hombre lo que debe hacer, sino también en iluminar interiormente su inteligencia, mover su voluntad y comunicarle la fuerza necesaria para realizar el bien sobrenatural. San Agustín reprochó precisamente al pelagianismo que reconociera la revelación de la norma moral, pero rechazara la inspiración interior del amor por la que Dios capacita al creyente para cumplirla.7

La salvación como don sobrenatural

El pelagianismo convertía la salvación en el resultado de una conducta moral correctamente dirigida. La persona podría elevarse desde la condición natural hasta la vida eterna gracias a sus decisiones y a la observancia de los mandamientos. La gracia facilitaría el camino, pero no constituiría su fundamento indispensable.5

La doctrina católica sostiene, por el contrario, que la justificación y la vida eterna superan las fuerzas de la naturaleza humana. El hombre necesita que Dios tome la iniciativa, le conceda la gracia y lo haga capaz de cooperar libremente con ella. La cooperación humana es real, pero ella misma constituye un don recibido de Dios.

La refutación de san Agustín

San Agustín de Hipona fue el principal adversario teológico del pelagianismo. Para él, la controversia no era una discusión secundaria sobre el grado de esfuerzo moral, sino una cuestión central sobre la naturaleza de la salvación. Si el hombre pudiera salvarse mediante su propia voluntad, Cristo dejaría de ser el Salvador necesario y pasaría a ser únicamente un ejemplo externo de perfección.3,1

Agustín defendió tres verdades estrechamente relacionadas:

  1. La humanidad necesita la redención de Cristo.
  2. El pecado original afecta realmente a la condición humana.
  3. La gracia interior resulta necesaria para todo acto conducente a la salvación.

La libertad no desaparece bajo la acción de la gracia. Dios libera la voluntad de la esclavitud del pecado y la capacita para amar el bien. La gracia no reemplaza la libertad, sino que la sana y la conduce a su plenitud.

Gracia preveniente y gracia cooperante

La distinción agustiniana entre gracia preveniente y gracia cooperante resulta fundamental para comprender la refutación del pelagianismo.

La gracia preveniente es la acción divina que precede a toda iniciativa humana meritoria. Dios ilumina la inteligencia, despierta el deseo de conversión y mueve interiormente la voluntad antes de que la persona pueda presentar una obra propia como fundamento de su salvación. La fe inicial y el comienzo de la conversión no nacen de una voluntad autónoma que se eleva por sí misma hacia Dios.8,9

La gracia cooperante actúa después de esa iniciativa divina y hace posible que la persona responda libremente, persevere en el bien y crezca en la santidad. La cooperación humana es auténtica, pero no independiente: incluso la respuesta fiel depende de una gracia recibida.9

Esta distinción evita dos errores opuestos:

  • El pelagianismo, que atribuye a la voluntad humana el comienzo y la eficacia decisiva de la salvación.
  • El fatalismo, que elimina la libertad y convierte al hombre en un instrumento pasivo.

La enseñanza católica mantiene simultáneamente la primacía absoluta de la gracia y la responsabilidad real de la libertad humana. La persona puede resistirse a la gracia, pero no puede iniciar por sus propias fuerzas la vida sobrenatural ni merecerla como si fuera una conquista natural.9

Condenas eclesiales

Cartago y Mileve

La controversia llegó a varios sínodos africanos. El Concilio de Cartago del año 418 afirmó la necesidad absoluta de la gracia para conocer y realizar el bien salvador, así como la imposibilidad de una impecabilidad perfecta durante la vida terrena, incluso en quienes han sido justificados.8

Los sínodos de Mileve y Cartago rechazaron las posiciones pelagianas y defendieron la doctrina del pecado original, el bautismo de los niños y la necesidad de la gracia interior. Las decisiones africanas recibieron posteriormente la confirmación del papa Zósimo.5

El Concilio de Éfeso

El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, condenó el pelagianismo. Para la Iglesia, la doctrina pelagiana afectaba a la estructura misma de la fe cristiana porque debilitaba la relación entre Adán, el pecado, Cristo y la redención.1

El Concilio de Orange

El segundo Concilio de Orange, celebrado en el año 529, confirmó la iniciativa soberana de Dios en la gracia y rechazó la idea de que el comienzo de la fe proceda de la naturaleza humana sin una ayuda divina previa. El concilio recibió una forma moderada de la tradición agustiniana, pero no aceptó todas las formulaciones agustinianas sobre la predestinación.1,5

Orange afirmó así la necesidad de la gracia preveniente sin convertir la doctrina católica en un determinismo. Dios inicia la salvación, pero la libertad humana coopera realmente con la gracia recibida.

Pelagianismo estricto y semipelagianismo

Diferencia fundamental

El pelagianismo estricto sostiene que la naturaleza humana posee capacidad suficiente para iniciar y realizar el camino de la justicia sin una gracia interior necesaria. En sus formulaciones más coherentes, niega el pecado original transmitido, reduce la redención de Cristo a una función ejemplar y atribuye a la voluntad humana el poder de alcanzar la perfección moral.

El semipelagianismo, en cambio, surgió como una reacción contra ciertos aspectos de la interpretación agustiniana de la gracia. Los monjes del sur de la Galia, especialmente en torno a Marsella, aceptaban la necesidad de la gracia para el crecimiento espiritual y la perseverancia, pero defendían que el primer movimiento hacia la fe podía proceder de la voluntad natural.8

La diferencia puede formularse así:

  • El pelagianismo afirma que el hombre puede salvarse sin una gracia interior decisiva.
  • El semipelagianismo admite la gracia, pero atribuye a la iniciativa humana el comienzo de la conversión.
  • La doctrina católica enseña que la gracia preveniente precede incluso al primer acto de fe, mientras la libertad coopera después con esa gracia.

La controversia de los monjes de Marsella

Los monjes de la Galia meridional temían que una interpretación extrema de la gracia hiciera inútiles la ascesis, la oración, la disciplina monástica y el esfuerzo moral. Su preocupación pastoral contenía un elemento legítimo: la gracia no elimina la responsabilidad ni dispensa de la lucha espiritual.

Sin embargo, algunas de sus formulaciones situaban el inicio de la fe en la voluntad humana. Vital de Cartago, por ejemplo, consideraba que la gracia preveniente consistía principalmente en la predicación de la doctrina cristiana. San Agustín respondió que la predicación, aunque necesaria, no produce por sí sola la fe salvadora: Dios debe iluminar y fortalecer interiormente a la persona.8

El término semipelagianismo no perteneció al vocabulario de la Antigüedad cristiana ni de la Edad Media. Los autores antiguos hablaban más bien de los «restos de los pelagianos». La palabra apareció en los ambientes teológicos de los siglos XVI y XVII y quedó posteriormente como designación histórica de las posiciones defendidas por ciertos monjes de la Galia meridional.8

Por este motivo, conviene utilizar el término con precisión. No todo autor que defendió la libertad, la cooperación humana o la importancia de las obras debe recibir el calificativo de semipelagiano. La acusación solo resulta adecuada cuando una doctrina atribuye a la naturaleza humana el primer paso hacia la fe sin la gracia preveniente de Dios.

Consecuencias teológicas

Para la doctrina de Cristo

El pelagianismo altera la comprensión de la misión de Cristo. Si el ser humano posee por naturaleza la capacidad de alcanzar la justicia, Cristo no necesita salvarlo interiormente. Su papel queda limitado al de maestro, legislador o modelo moral.

La fe católica confiesa, en cambio, que Cristo no solo enseña el camino: Él mismo es el Salvador, comunica la vida divina y realiza en el hombre una transformación que la naturaleza no puede producir por sí sola.

Para el bautismo de los niños

La negación del pecado original llevó a los pelagianos a cuestionar la finalidad del bautismo de los niños. Si el recién nacido no necesita ser liberado de una condición pecaminosa heredada, el bautismo infantil pierde su relación con la remisión del pecado original y queda reducido a una incorporación externa a la comunidad cristiana. Las controversias sobre la inutilidad del bautismo de los niños formaron parte de los motivos que provocaron la reacción episcopal contra el pelagianismo.1

La Iglesia bautiza a los niños porque la gracia bautismal no depende de una decisión moral previa del individuo. El sacramento comunica gratuitamente la vida de Cristo y muestra que la salvación comienza en la iniciativa de Dios.

Para la oración

La oración cristiana presupone que el hombre necesita recibir de Dios la fuerza para perseverar y vencer la tentación. La autosuficiencia pelagiana convierte la oración de petición en algo secundario, casi innecesario. Si la voluntad pudiera evitar el pecado mediante sus propios recursos, pedir la ayuda divina perdería su sentido esencial.5

La oración cristiana expresa, por el contrario, la dependencia filial respecto de Dios. Pedir la gracia no significa renunciar a la responsabilidad, sino reconocer la verdad sobre la condición humana y abrirse a la acción divina.

Recepción histórica posterior

El pelagianismo desapareció como movimiento organizado después de las condenas del siglo V, pero sus problemas doctrinales reaparecieron bajo formas diversas. La Iglesia continuó examinando las relaciones entre naturaleza y gracia, libertad y predestinación, mérito humano y don divino.

Durante la Edad Media, la teología católica elaboró distinciones cada vez más precisas sobre la gracia actual, la gracia habitual, la justificación y la cooperación humana. La tradición escolástica mantuvo la iniciativa de Dios sin negar el valor real de los actos libres realizados bajo la acción de la gracia.

La controversia volvió a adquirir importancia durante la Reforma protestante, el Concilio de Trento y las disputas católicas posteriores sobre la gracia y la libertad. El lenguaje de semipelagianismo también empezó a utilizarse en debates posteriores con una amplitud que a veces desdibujaba su significado histórico original. Por eso conviene distinguir entre el movimiento de los monjes de Marsella y cualquier teoría moderna que conceda una importancia excesiva a la iniciativa humana.

Pelagianismo y teología moderna

La idea moderna de la autosuficiencia humana

La teología contemporánea utiliza a veces «pelagianismo» en un sentido analógico para describir concepciones que presentan al individuo como radicalmente autónomo y capaz de salvarse mediante su voluntad, su disciplina o sus propias construcciones sociales. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha advertido que ciertas tendencias actuales reproducen rasgos generales del antiguo error, aunque reconoce la gran diferencia entre la sociedad secularizada moderna y el contexto de la Iglesia primitiva.10

Esta aplicación moderna no identifica automáticamente toda confianza en la razón, la libertad, la educación o la acción política con el pelagianismo. La Iglesia valora la responsabilidad humana y reconoce la importancia de transformar las estructuras injustas. La analogía aparece cuando esas realidades se convierten en sustitutos de la gracia y prometen una salvación completa mediante recursos exclusivamente humanos.

Humanismo secular

El humanismo secular reúne corrientes muy diversas. No toda forma de humanismo secular coincide con el pelagianismo histórico, pues algunas defienden únicamente la autonomía ética, la dignidad humana o la organización racional de la sociedad sin formular una doctrina explícita sobre la salvación.

Desde la perspectiva católica, surge una afinidad pelagiana cuando el humanismo secular interpreta al ser humano como plenamente autosuficiente, niega toda dependencia originaria respecto de Dios y concibe el progreso histórico como una redención producida por la voluntad colectiva. En esa visión, la humanidad intenta alcanzar por sí misma la plenitud que el cristianismo atribuye a la gracia y a la consumación escatológica.

La comparación exige prudencia. La Iglesia no considera equivalentes la doctrina pelagiana antigua y todas las corrientes modernas de autonomía humana. La analogía afecta a una estructura de pensamiento: la pretensión de alcanzar la salvación mediante el esfuerzo humano, sin reconocer la iniciativa creadora y redentora de Dios.10

Ideologías de redención inmanente

Algunas filosofías modernas han presentado el progreso político, científico o económico como una forma de liberación definitiva. Cuando una ideología atribuye a la humanidad la capacidad de instaurar por sus propias fuerzas una plenitud total, puede reproducir una lógica semejante a la del pelagianismo: la salvación queda encerrada en la historia y depende de la construcción humana.

Diversos autores católicos han relacionado esta estructura con ciertos proyectos modernos de perfeccionamiento histórico, aunque tales comparaciones requieren distinguir cuidadosamente entre el pelagianismo doctrinal y las ideologías seculares. La crítica católica se dirige sobre todo a la transformación de un bien temporal -la justicia social, el progreso o la educación- en una promesa absoluta de salvación.

Pelagianismo contemporáneo en la vida espiritual

El papa Francisco ha aplicado el término a una tentación espiritual presente en la Iglesia: atribuir la santidad al esfuerzo personal, al cumplimiento externo de normas o a la disciplina individual, olvidando que la vida cristiana nace de la misericordia de Dios. Según esta crítica, la voluntad y el esfuerzo ocupan el lugar que corresponde al misterio de la gracia.11

Esta forma contemporánea puede manifestarse en varios ámbitos:

  • Confianza excesiva en la fuerza de voluntad.
  • Reducción de la santidad al cumplimiento exterior.
  • Desprecio de la necesidad de la oración.
  • Concepción de la Iglesia como una organización que produce resultados mediante técnicas.
  • Juicio severo sobre quienes no alcanzan determinados ideales espirituales.
  • Olvido de que el amor de Dios precede a toda respuesta humana.

La crítica no pretende desacreditar la disciplina cristiana. La oración, la penitencia, las obras de misericordia y la fidelidad a los mandamientos son necesarias. Pero ninguna de ellas compra la gracia ni convierte la salvación en un salario debido a la autosuficiencia humana.

Valoración católica

La Iglesia católica rechaza el pelagianismo porque:

  1. Niega o minimiza el pecado original.
  2. Atribuye a la naturaleza humana una capacidad sobrenatural que no posee.
  3. Reduce la gracia a una ayuda exterior.
  4. Hace depender el comienzo de la fe de la iniciativa autónoma de la voluntad.
  5. Transforma la salvación en una conquista moral.
  6. Disminuye la necesidad de Cristo y de su redención.
  7. Oscurece la gratuidad de la vida eterna.

La respuesta católica no consiste en negar la libertad ni el esfuerzo moral. Dios crea al ser humano libre, lo llama a cooperar con la gracia y valora sus obras realizadas en la caridad. La diferencia decisiva reside en el fundamento: la persona no se salva por sus propias fuerzas, sino por la gracia de Dios recibida libremente y cooperada mediante la fe y el amor.

Véase la doctrina central

El pelagianismo representa la reducción de la salvación a la capacidad moral del ser humano. La fe católica mantiene una síntesis distinta: la gracia de Dios precede, sana y eleva; la libertad humana responde y coopera; Cristo realiza la redención; y la vida eterna permanece siempre como don gratuito. Esta doctrina protege al mismo tiempo la soberanía de Dios, la necesidad de la gracia y la dignidad real de la libertad humana.

Citas y referencias

  1. Pelagianismo, semi-pelagianismo y Oriente, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Pelagianismo, semi-pelagianismo y Oriente (2015). 2 3 4 5 6 7 8
  2. Pelagio y pelagianismo. Catholic Encyclopedia, Pelagio y pelagianismo (1913). 2
  3. Stephen M. Fields, S.J. Sobre la naturaleza y la gracia en Deus Caritas Est, 8 (2017). 2
  4. Capítulo 4.- Sistema de facultades de Pelagio, Agustín de Hipona. Sobre la gracia de Cristo y el pecado original - Libro I, 4.
  5. Gracia actual. Catholic Encyclopedia, Gracia actual (1913). 2 3 4 5
  6. Historia de la herejía pelagiana. La herejía pelagiana fue levantada por diversas personas que afectaron el estado monástico, Agustín de Hipona. Sobre los procedimientos de Pelagio, Capítulo 61 (417).
  7. Capítulo 3 [III.]- gracia según los pelagianos, Agustín de Hipona. Sobre la gracia de Cristo y el pecado original - Libro I, 3. 2
  8. Semipelagianismo. Catholic Encyclopedia, Semipelagianismo (1913). 2 3 4 5
  9. Thomas Joseph White, O.P. La mediación universal de Cristo y las religiones no cristianas, 15 (2016). 2 3
  10. II. El efecto de los cambios culturales actuales en el significado de la salvación cristiana, Congregación para la Doctrina de la Fe. Placuit Deo, 3 (2018). 2
  11. Capítulo dos - Pelagianismo contemporáneo, Papa Francisco. Gaudete et exsultate, 48 (2018).
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