La solemnidad de Pentecostés, también conocida como Domingo de Pentecostés o Whitsunday en algunas tradiciones, celebra la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Virgen María reunidos en Jerusalén1. Este evento ocurrió cincuenta días después de la Pascua de Resurrección, cumpliendo así la promesa de Jesús de enviar al Espíritu Santo2,3.
Originalmente, Pentecostés era una fiesta judía conocida como la «fiesta de las semanas» o «fiesta de las primicias», que celebraba la cosecha y, posteriormente, la entrega de la Ley en el Monte Sinaí1. Sin embargo, en el cristianismo, esta fiesta adquirió un nuevo y trascendental significado. Se convirtió en la festividad por excelencia del Espíritu Santo, donde el fuego real del Espíritu fue derramado sobre la tierra por Cristo, quien lo obtuvo para nosotros a través de su acto supremo de amor en la Cruz2.
El día de Pentecostés, el Misterio Pascual de Cristo se completa con la efusión del Espíritu Santo, quien se manifiesta, es dado y comunicado como una Persona divina4,5. En este día, la Santísima Trinidad se revela plenamente6. La Iglesia se manifestó al mundo en Pentecostés por la efusión del Espíritu Santo, inaugurando una nueva era en la «dispensación del misterio»: la era de la Iglesia, en la que Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación7.
La plenitud del Espíritu no estaba destinada a permanecer únicamente en el Mesías, sino a ser comunicada a todo el pueblo mesiánico3. Los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, comenzaron a proclamar las «maravillas de Dios», y Pedro declaró que esta efusión del Espíritu era la señal de la era mesiánica3. Aquellos que creyeron en la predicación apostólica y fueron bautizados recibieron a su vez el don del Espíritu Santo3.

